¿Puede una pseudociencia acabar siendo ciencia? La diferencia que casi nadie entiende

No todo lo que desafía a la ciencia es pseudociencia. Pero tampoco todo lo que desafía a la ciencia es una revolución científica.

¿Podría una idea pseudocientífica acabar siendo reconocida por la ciencia? En otras palabras, ¿podría una idea como la de los astronautas del pasado o como la de la Tierra plana acabar siendo científicamente aprobada?

Thomas S. Kuhn en su obra La estructura de las revoluciones científicas nos muestra que la ciencia no ha avanzado siempre como una acumulación lineal de verdades, sino que ha atravesado periodos en los que algunas ideas consideradas correctas terminaron siendo abandonadas.

Por tanto, ¿podríamos dejar la puerta abierta a las “teorías” pseudocientíficas?


Antes de abordar el tema concreto de la pseudociencia vamos a ver, de forma muy resumida, qué es la Historia y cómo debemos ver a la ciencia.

Solemos pensar en la historia como una sucesión de eventos que se suceden unos a otros de forma lineal, es decir, que un rey sucedió a otro, que un imperio sucedió a otro o que una guerra vino después de otra. Incluso dibujamos líneas del tiempo para colocar en nuestra mente los hechos históricos. Se diría que la mayoría de nosotros piensa en los acontecimientos históricos como en el celuloide de una película en la que cada fotograma es un acontecimiento distinto. Pero la sucesión de eventos históricos se parece más a las bolas de billar, y las bolas no van rodando empujadas por la que va detrás, sino que se dispersan, chocan entre sí, rebotan y vuelven a dispersarse mientras otras se acercan. Y así es, precisamente, como advienen los acontecimientos históricos. No se trata de una trayectoria lineal, sino de una distribución en forma de ramas de arbusto.

Con la ciencia ocurre exactamente lo mismo. Una ley científica no vino detrás de otra anterior, como quien coloca un peldaño encima de otro para hacer una escalera hacia el conocimiento. Hubo épocas, y algunas muy largas, de muchos siglos, en las que varias teorías científicas se mantenían al mismo tiempo por diferentes escuelas, teorías que, en muchos casos, se invalidaban unas a otras. Incluso se han dado casos de teorías científicas que resultaron ser erróneas o directamente falsas.

Por tanto, comprender que toda la sucesión de eventos del pasado describe una historia arbustiva tiene implicaciones importantes que afectarán a la visión que tengamos de la historia, y, por tanto, a la hora de desarrollar teorías o hipótesis.

Dicho esto, el error de quienes buscan alienígenas o civilizaciones avanzadas en la Antigüedad es que tienen una visión simplista de la Historia y, en general, de la ciencia. Su error es el de mirar en conjunto a los diferentes yacimientos arqueológicos (pirámides, megalitos, líneas de Nazca, etc.) pero aplicando un razonamiento lineal, en el que la explicación ha de ser lineal. Es como quien camina hacia atrás por la orilla del mar y contempla sus propias pisadas. El arqueólogo, en cambio, intenta leer también aquello que ya no está. Busca las marcas que sobrevivieron al tiempo, las capas que se superpusieron, los objetos desplazados, las estructuras alteradas y las pequeñas señales que permiten reconstruir las huellas que ya no están; y no se queda ahí, sino que, trabajando de manera arbustiva y no lineal, recurriendo a la multidisciplinariedad, busca lo que borró las huellas para determinar si fue el mar, el tiempo, el clima, el abandono, la destrucción o una combinación de varios o todos ellos. Pero el pseudocientífico se queda en su planteamiento lineal.

Ahora bien, no se trata de decir ¿lo acepta la arqueología?, y punto. Criticar a la pseudociencia significa hacerse un montón de preguntas como:

¿Quién propone la hipótesis?

¿Dónde la ha publicado?

¿Ha pasado revisión por pares?

¿Qué métodos utiliza?

¿Qué datos presenta?

¿Los datos permiten realmente la conclusión que extrae?

¿Otros investigadores han reproducido los resultados?

¿Existen explicaciones alternativas?

¿Qué evidencias predice cada hipótesis?

¿Qué evidencia podría falsarla?

¿Cómo ha respondido la comunidad científica?

Así pues, no se trata de afirmar que algo es falso porque los expertos dicen que es falso. Se trata de ver si realmente es falso. A eso llegamos descubriendo si una afirmación es correcta, parcialmente correcta, una hipótesis plausible pero no demostrada, una interpretación minoritaria, o sencillamente una afirmación sin fundamento. Sí, porque la ciencia no consiste en creer lo que dice la mayoría de los científicos. Consiste en someter las explicaciones a la evidencia, incluso cuando esa evidencia nos obliga a revisar lo que creíamos saber.

Vayamos a un ejemplo concreto, Puma Punku. Este es uno de los yacimientos predilectos de los sensacionalistas y pseudocientíficos. Éstos se han pasado largas horas documentando la exactitud de los bloques, el peso de cada uno, así como la manera en la que encajan unos con otros. Sin contar con la falsedad de sus mediciones, que exagera la precisión de los bloques, se han olvidado de mirar más allá de las propias estructuras; se han olvidado de incluir el factor humano en sus estudios, cosa que han hecho deliberadamente, puesto que necesitan llegar a convencernos de que no lo hay, puesto que buscan al alienígena. Pero, cuando ampliamos la mirada y dejamos de contemplar únicamente los bloques monumentales, encontramos las canteras y las zonas de extracción de las materias primas utilizadas por los constructores de Tiwanaku. Los estudios arqueológicos y geológicos han identificado fuentes de la arenisca empleada en Puma Punku en la cordillera de Kimsachata, y en lugares como Kaliri se han encontrado incluso bloques parcialmente trabajados que ayudan a reconstruir el proceso de producción.

Pero ¿resuelve esto el enigma de cómo se pudo construir Puma Punku? No del todo. Pero sí cambia por completo la pregunta. Ya no necesitamos imaginar una tecnología desconocida capaz de fabricar bloques imposibles. Tenemos que preguntarnos cómo una sociedad humana consiguió extraer, transportar, trabajar y ensamblar enormes piezas de piedra con las herramientas y los conocimientos que tenía a su disposición. Y eso es precisamente lo que hace la arqueología: no se limita a contemplar el resultado final.

Entonces, de nuevo, ¿significa esto que no es verdaderamente inverosímil la arquitectura de Puma Punku? ¿Realmente debemos descartar la hipótesis de que no fue realizada por seres humanos?

El sentido puramente científico nos dice que no, que no debemos descartar a priori nada, ni siquiera la construcción alienígena. Pero, nuevamente, lo que ha de cambiar es el enfoque. No podemos decir “no sabemos cómo lo hicieron, entonces es obvio que lo hicieron los alienígenas”. En primer lugar, no hay evidencias de presencia alienígena -y el que diga que las hay que simplemente las aporte. En segundo lugar, quedarnos simplemente en que fueron los alienígenas no es resolver el problema, puesto que eso simplemente abriría muchísimas más preguntas sin resolver:

¿Dónde se asentaron esos alienígenas?

¿Por qué vinieron?

¿De dónde vinieron?

¿Hay más como ellos?

¿Siguen vivos?

¿Siguen viniendo?

¿Para qué levantaron Puma Punku?

¿Qué objetivo tenían?

¿Para qué les serviría?

¿Por qué no encontramos ningún resto residual de su existencia a parte de su obra constructiva?

Y a todas esas preguntas la respuesta sería siempre la misma: no lo sabemos.

El que compra teorías sensacionalistas y creen en pseudociencia se queda más que satisfecho con eso. Para ellos el no saber eso se debe a otro gran misterio, el de los extraterrestres en sí, pero que no es asunto de ellos resolverlo, lo mismo que ocurre con la creencia en Dios o con el terraplanismo.

Ahora que, lo que debemos preguntarnos es ¿qué buscan realmente los que plantean este tipo de soluciones o explicaciones? La respuesta es oscura y maliciosa: lo que buscan en realidad es transmitir la sensación de que la ciencia no tiene ni idea y no lo quiere reconocer, o de que la ciencia nos oculta la verdad, y en cualquiera de los dos casos el fin último es el de ir en contra de los establecido. Es una necesidad de rebelarse contra todo tipo de control y de autoridad, y, desde su punto de vista, la ciencia supone un control de la población y ejerce una fuerte autoridad.

Por eso, para salir de esa conspiranoia es importante recordar que la ciencia se equivoca, se ha equivocado en el pasado y se seguirá equivocando. La ciencia no consiste en creer lo que dice la mayoría de los científicos. Consiste en someter las explicaciones a la evidencia, incluso cuando esa evidencia nos obliga a revisar lo que creíamos saber. Y es aquí donde entra en juego la propuesta que hice al principio: No todo lo que desafía a la ciencia es pseudociencia. Pero tampoco todo lo que desafía a la ciencia es una revolución científica. Ahora bien, Kuhn tampoco debería convertirse en una especie de comodín para legitimar cualquier teoría marginal. Una revolución científica no se produce simplemente porque alguien presente una explicación contraria al paradigma dominante. Hace falta un problema real, evidencia, capacidad explicativa, trabajo acumulativo y, finalmente, una comunidad científica que encuentre razones para abandonar el marco anterior.

Volvamos a Puma Punku. Allí, efectivamente, encontramos una arquitectura extraordinariamente sofisticada. Pero sofisticación no significa tecnología imposible. Significa conocimiento. Significa planificación. Significa una enorme capacidad de organización y de trabajo. Y significa, sobre todo, algo que los sensacionalistas suelen olvidar cuando buscan una explicación extraordinaria: que los seres humanos del pasado eran capaces de hacer cosas extraordinarias. De hecho, existe una hipótesis mucho más interesante de lo que normalmente cuentan los divulgadores. En 2019, Joseph Davidovits y Luis Huaman publicaron en Materials Letters un estudio científico en el que propusieron que determinadas piedras de Puma Punku podían ser un antiguo geopolímero artificial. Proponen que las grandes losas de arenisca contienen granos de arenisca cementados por una matriz amorfa ferro-sialato que habría sido producida mediante intervención humana, un geopolímero de arenisca moldeado in situ. No estamos hablando de un blog de antiguos astronautas. Es un trabajo científico publicado y con resultados analíticos que merecen ser examinados.  Su propuesta es que los antiguos habitantes tihuanakos inventaron un tipo de hormigón que vertían en moldes de madera y que, al solidificarse se convertía en los bloques que hoy vemos.

Pero una hipótesis científica publicada no se convierte automáticamente en un hecho demostrado. La propuesta necesita ser reproducida, contrastada con otras muestras y reconciliada con la evidencia arqueológica de canteras, materiales y técnicas de talla. En palabras del propio Thomas S. Kuhn: “La historia sugiere que el camino hacia un firme consenso en la investigación es extraordinariamente arduo”. La arqueología no está simplemente diciendo «sabemos de dónde salió todo». El propio artículo de Davidovits revisa trabajos anteriores sobre las fuentes de arenisca y propone una identificación diferente —Kallamarka— basándose en sus análisis. Es decir: hay una discusión científica real sobre la procedencia de los materiales. Aquí tenemos científicos que no están de acuerdo entre sí. ¿Qué hacemos? ¿Elegimos al que nos gusta? No. Comparamos los métodos y la evidencia.

Y precisamente aquí está la diferencia entre ciencia y pseudociencia: la ciencia no necesita esconder una hipótesis incómoda porque todavía no esté aceptada. La pone sobre la mesa y pregunta: ¿qué evidencia permitiría demostrarla o refutarla?

Sin embargo, cada vez que a un pseudocientífico o investigador de los astronautas del pasado o a un terraplanista se le ha propuesto poner sobre la mesa la pregunta para refutar o demostrar sus ideas, éstos hábilmente han escurrido el bulto.


La diferencia, en fin, está en que los científicos deben exponerse a la contrastación de sus hipótesis y aceptarlo cuando resultan estar equivocadas. Los otros, no.

La arqueología no necesita extraterrestres para explicar el pasado. Hay preguntas abiertas, sí. Hay hipótesis diferentes. Algunas están mejor respaldadas que otras. Y alguna, como la propuesta de los geopolímeros de Davidovits, merece ser examinada precisamente porque ha intentado responder al problema mediante análisis científicos publicados.

Pero ahí está la diferencia fundamental: una hipótesis no se convierte en verdad o en falsa porque desafíe al consenso. Lo que importa es qué evidencia aporta, qué predicciones hace, si otros pueden reproducir sus resultados y qué explicación resiste mejor cuando ponemos todas las pruebas sobre la mesa.

Porque, recuerda, la historia no es lo que crees, es lo que puedes demostrar.

 

 

 

 

 

 

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