¿Puede una pseudociencia acabar siendo ciencia? La diferencia que casi nadie entiende

No todo lo que desafía a la ciencia es pseudociencia. Pero tampoco todo lo que desafía a la ciencia es una revolución científica.

¿Podría una idea pseudocientífica acabar siendo reconocida por la ciencia? En otras palabras, ¿podría una idea como la de los astronautas del pasado o como la de la Tierra plana acabar siendo científicamente aprobada?

Thomas S. Kuhn en su obra La estructura de las revoluciones científicas nos muestra que la ciencia no ha avanzado siempre como una acumulación lineal de verdades, sino que ha atravesado periodos en los que algunas ideas consideradas correctas terminaron siendo abandonadas.

Por tanto, ¿podríamos dejar la puerta abierta a las “teorías” pseudocientíficas?


Antes de abordar el tema concreto de la pseudociencia vamos a ver, de forma muy resumida, qué es la Historia y cómo debemos ver a la ciencia.

Solemos pensar en la historia como una sucesión de eventos que se suceden unos a otros de forma lineal, es decir, que un rey sucedió a otro, que un imperio sucedió a otro o que una guerra vino después de otra. Incluso dibujamos líneas del tiempo para colocar en nuestra mente los hechos históricos. Se diría que la mayoría de nosotros piensa en los acontecimientos históricos como en el celuloide de una película en la que cada fotograma es un acontecimiento distinto. Pero la sucesión de eventos históricos se parece más a las bolas de billar, y las bolas no van rodando empujadas por la que va detrás, sino que se dispersan, chocan entre sí, rebotan y vuelven a dispersarse mientras otras se acercan. Y así es, precisamente, como advienen los acontecimientos históricos. No se trata de una trayectoria lineal, sino de una distribución en forma de ramas de arbusto.

Con la ciencia ocurre exactamente lo mismo. Una ley científica no vino detrás de otra anterior, como quien coloca un peldaño encima de otro para hacer una escalera hacia el conocimiento. Hubo épocas, y algunas muy largas, de muchos siglos, en las que varias teorías científicas se mantenían al mismo tiempo por diferentes escuelas, teorías que, en muchos casos, se invalidaban unas a otras. Incluso se han dado casos de teorías científicas que resultaron ser erróneas o directamente falsas.

Por tanto, comprender que toda la sucesión de eventos del pasado describe una historia arbustiva tiene implicaciones importantes que afectarán a la visión que tengamos de la historia, y, por tanto, a la hora de desarrollar teorías o hipótesis.

Dicho esto, el error de quienes buscan alienígenas o civilizaciones avanzadas en la Antigüedad es que tienen una visión simplista de la Historia y, en general, de la ciencia. Su error es el de mirar en conjunto a los diferentes yacimientos arqueológicos (pirámides, megalitos, líneas de Nazca, etc.) pero aplicando un razonamiento lineal, en el que la explicación ha de ser lineal. Es como quien camina hacia atrás por la orilla del mar y contempla sus propias pisadas. El arqueólogo, en cambio, intenta leer también aquello que ya no está. Busca las marcas que sobrevivieron al tiempo, las capas que se superpusieron, los objetos desplazados, las estructuras alteradas y las pequeñas señales que permiten reconstruir las huellas que ya no están; y no se queda ahí, sino que, trabajando de manera arbustiva y no lineal, recurriendo a la multidisciplinariedad, busca lo que borró las huellas para determinar si fue el mar, el tiempo, el clima, el abandono, la destrucción o una combinación de varios o todos ellos. Pero el pseudocientífico se queda en su planteamiento lineal.

Ahora bien, no se trata de decir ¿lo acepta la arqueología?, y punto. Criticar a la pseudociencia significa hacerse un montón de preguntas como:

¿Quién propone la hipótesis?

¿Dónde la ha publicado?

¿Ha pasado revisión por pares?

¿Qué métodos utiliza?

¿Qué datos presenta?

¿Los datos permiten realmente la conclusión que extrae?

¿Otros investigadores han reproducido los resultados?

¿Existen explicaciones alternativas?

¿Qué evidencias predice cada hipótesis?

¿Qué evidencia podría falsarla?

¿Cómo ha respondido la comunidad científica?

Así pues, no se trata de afirmar que algo es falso porque los expertos dicen que es falso. Se trata de ver si realmente es falso. A eso llegamos descubriendo si una afirmación es correcta, parcialmente correcta, una hipótesis plausible pero no demostrada, una interpretación minoritaria, o sencillamente una afirmación sin fundamento. Sí, porque la ciencia no consiste en creer lo que dice la mayoría de los científicos. Consiste en someter las explicaciones a la evidencia, incluso cuando esa evidencia nos obliga a revisar lo que creíamos saber.

Vayamos a un ejemplo concreto, Puma Punku. Este es uno de los yacimientos predilectos de los sensacionalistas y pseudocientíficos. Éstos se han pasado largas horas documentando la exactitud de los bloques, el peso de cada uno, así como la manera en la que encajan unos con otros. Sin contar con la falsedad de sus mediciones, que exagera la precisión de los bloques, se han olvidado de mirar más allá de las propias estructuras; se han olvidado de incluir el factor humano en sus estudios, cosa que han hecho deliberadamente, puesto que necesitan llegar a convencernos de que no lo hay, puesto que buscan al alienígena. Pero, cuando ampliamos la mirada y dejamos de contemplar únicamente los bloques monumentales, encontramos las canteras y las zonas de extracción de las materias primas utilizadas por los constructores de Tiwanaku. Los estudios arqueológicos y geológicos han identificado fuentes de la arenisca empleada en Puma Punku en la cordillera de Kimsachata, y en lugares como Kaliri se han encontrado incluso bloques parcialmente trabajados que ayudan a reconstruir el proceso de producción.

Pero ¿resuelve esto el enigma de cómo se pudo construir Puma Punku? No del todo. Pero sí cambia por completo la pregunta. Ya no necesitamos imaginar una tecnología desconocida capaz de fabricar bloques imposibles. Tenemos que preguntarnos cómo una sociedad humana consiguió extraer, transportar, trabajar y ensamblar enormes piezas de piedra con las herramientas y los conocimientos que tenía a su disposición. Y eso es precisamente lo que hace la arqueología: no se limita a contemplar el resultado final.

Entonces, de nuevo, ¿significa esto que no es verdaderamente inverosímil la arquitectura de Puma Punku? ¿Realmente debemos descartar la hipótesis de que no fue realizada por seres humanos?

El sentido puramente científico nos dice que no, que no debemos descartar a priori nada, ni siquiera la construcción alienígena. Pero, nuevamente, lo que ha de cambiar es el enfoque. No podemos decir “no sabemos cómo lo hicieron, entonces es obvio que lo hicieron los alienígenas”. En primer lugar, no hay evidencias de presencia alienígena -y el que diga que las hay que simplemente las aporte. En segundo lugar, quedarnos simplemente en que fueron los alienígenas no es resolver el problema, puesto que eso simplemente abriría muchísimas más preguntas sin resolver:

¿Dónde se asentaron esos alienígenas?

¿Por qué vinieron?

¿De dónde vinieron?

¿Hay más como ellos?

¿Siguen vivos?

¿Siguen viniendo?

¿Para qué levantaron Puma Punku?

¿Qué objetivo tenían?

¿Para qué les serviría?

¿Por qué no encontramos ningún resto residual de su existencia a parte de su obra constructiva?

Y a todas esas preguntas la respuesta sería siempre la misma: no lo sabemos.

El que compra teorías sensacionalistas y creen en pseudociencia se queda más que satisfecho con eso. Para ellos el no saber eso se debe a otro gran misterio, el de los extraterrestres en sí, pero que no es asunto de ellos resolverlo, lo mismo que ocurre con la creencia en Dios o con el terraplanismo.

Ahora que, lo que debemos preguntarnos es ¿qué buscan realmente los que plantean este tipo de soluciones o explicaciones? La respuesta es oscura y maliciosa: lo que buscan en realidad es transmitir la sensación de que la ciencia no tiene ni idea y no lo quiere reconocer, o de que la ciencia nos oculta la verdad, y en cualquiera de los dos casos el fin último es el de ir en contra de los establecido. Es una necesidad de rebelarse contra todo tipo de control y de autoridad, y, desde su punto de vista, la ciencia supone un control de la población y ejerce una fuerte autoridad.

Por eso, para salir de esa conspiranoia es importante recordar que la ciencia se equivoca, se ha equivocado en el pasado y se seguirá equivocando. La ciencia no consiste en creer lo que dice la mayoría de los científicos. Consiste en someter las explicaciones a la evidencia, incluso cuando esa evidencia nos obliga a revisar lo que creíamos saber. Y es aquí donde entra en juego la propuesta que hice al principio: No todo lo que desafía a la ciencia es pseudociencia. Pero tampoco todo lo que desafía a la ciencia es una revolución científica. Ahora bien, Kuhn tampoco debería convertirse en una especie de comodín para legitimar cualquier teoría marginal. Una revolución científica no se produce simplemente porque alguien presente una explicación contraria al paradigma dominante. Hace falta un problema real, evidencia, capacidad explicativa, trabajo acumulativo y, finalmente, una comunidad científica que encuentre razones para abandonar el marco anterior.

Volvamos a Puma Punku. Allí, efectivamente, encontramos una arquitectura extraordinariamente sofisticada. Pero sofisticación no significa tecnología imposible. Significa conocimiento. Significa planificación. Significa una enorme capacidad de organización y de trabajo. Y significa, sobre todo, algo que los sensacionalistas suelen olvidar cuando buscan una explicación extraordinaria: que los seres humanos del pasado eran capaces de hacer cosas extraordinarias. De hecho, existe una hipótesis mucho más interesante de lo que normalmente cuentan los divulgadores. En 2019, Joseph Davidovits y Luis Huaman publicaron en Materials Letters un estudio científico en el que propusieron que determinadas piedras de Puma Punku podían ser un antiguo geopolímero artificial. Proponen que las grandes losas de arenisca contienen granos de arenisca cementados por una matriz amorfa ferro-sialato que habría sido producida mediante intervención humana, un geopolímero de arenisca moldeado in situ. No estamos hablando de un blog de antiguos astronautas. Es un trabajo científico publicado y con resultados analíticos que merecen ser examinados.  Su propuesta es que los antiguos habitantes tihuanakos inventaron un tipo de hormigón que vertían en moldes de madera y que, al solidificarse se convertía en los bloques que hoy vemos.

Pero una hipótesis científica publicada no se convierte automáticamente en un hecho demostrado. La propuesta necesita ser reproducida, contrastada con otras muestras y reconciliada con la evidencia arqueológica de canteras, materiales y técnicas de talla. En palabras del propio Thomas S. Kuhn: “La historia sugiere que el camino hacia un firme consenso en la investigación es extraordinariamente arduo”. La arqueología no está simplemente diciendo «sabemos de dónde salió todo». El propio artículo de Davidovits revisa trabajos anteriores sobre las fuentes de arenisca y propone una identificación diferente —Kallamarka— basándose en sus análisis. Es decir: hay una discusión científica real sobre la procedencia de los materiales. Aquí tenemos científicos que no están de acuerdo entre sí. ¿Qué hacemos? ¿Elegimos al que nos gusta? No. Comparamos los métodos y la evidencia.

Y precisamente aquí está la diferencia entre ciencia y pseudociencia: la ciencia no necesita esconder una hipótesis incómoda porque todavía no esté aceptada. La pone sobre la mesa y pregunta: ¿qué evidencia permitiría demostrarla o refutarla?

Sin embargo, cada vez que a un pseudocientífico o investigador de los astronautas del pasado o a un terraplanista se le ha propuesto poner sobre la mesa la pregunta para refutar o demostrar sus ideas, éstos hábilmente han escurrido el bulto.


La diferencia, en fin, está en que los científicos deben exponerse a la contrastación de sus hipótesis y aceptarlo cuando resultan estar equivocadas. Los otros, no.

La arqueología no necesita extraterrestres para explicar el pasado. Hay preguntas abiertas, sí. Hay hipótesis diferentes. Algunas están mejor respaldadas que otras. Y alguna, como la propuesta de los geopolímeros de Davidovits, merece ser examinada precisamente porque ha intentado responder al problema mediante análisis científicos publicados.

Pero ahí está la diferencia fundamental: una hipótesis no se convierte en verdad o en falsa porque desafíe al consenso. Lo que importa es qué evidencia aporta, qué predicciones hace, si otros pueden reproducir sus resultados y qué explicación resiste mejor cuando ponemos todas las pruebas sobre la mesa.

Porque, recuerda, la historia no es lo que crees, es lo que puedes demostrar.

 

 

 

 

 

 

Macrohistoria analítica y física social

Si siempre has pensado que la historia se repite, que todo es cíclico, entonces no te equivocabas –al menos, no del todo.

Resulta que las matemáticas han encontrado la fórmula que lo explica. Es una fórmula muy elegante –de las que tanto les gusta a los físicos teóricos y a los matemáticos para demostrarlo. Esa ciclicidad tiene su propia fórmula. La ciclicidad o la repetición de esos ciclos se estructura en torno a la idea de Laplace y Gauss, descrita perfectamente en otra bellísima y elegante fórmula, esta:


Esta fórmula, que describe una curva, la famosa campana de Gauss, no implica por sí misma ciclicidad. Una campana de Gauss es un fenómeno de ida y vuelta única (un nacimiento, un cénit y un declive que empieza en cero y vuelve a cero). Lo que ocurre es que cada fenómeno aislado está, en realidad, conectado a tantos otros, cada uno de ellos con su propia campana de Gauss.

La explicación de por qué surge la campana nos la da el Teorema del Límite Central. Este teorema nos dice que si agitas una cantidad monumental de pequeñas causas independientes (átomos chocando, errores de medición, variaciones genéticas, decisiones económicas de millones de ciudadanos), el resultado inevitable —por simple matemática— será siempre esa campana de Gauss.

Así que, cuando los historiadores cuantitativos analizan civilizaciones milenarias (como el Imperio Romano o las dinastías chinas), no ven una sola campana gigante que abarque toda su existencia, sino una sucesión encadenada de ondas o pulsos. Cada pulso es un ciclo secular (que dura entre 150 y 300 años): una fase de crecimiento demográfico y expansión económica seguida de una crisis de sobrepoblación, revueltas y colapso parcial.

Gráficamente, el devenir histórico de una gran civilización a lo largo de milenios se parece más a una sierra de dientes o a una secuencia de ondas superpuestas (múltiples pequeñas campanas enlazadas) que a una única parábola aislada. Estos sistemas matemáticos generan de forma natural oscilaciones periódicas o ciclos. El sistema sube porque hay abundancia de recursos; al escasear los recursos, la tensión sube (la crisis); el sistema colapsa o se contrae, la población disminuye, los recursos se regeneran, y el sistema vuelve a arrancar en un nuevo ciclo.

La forma exacta de la campana de Gauss aparece en el estudio formal del pasado a través de varios enfoques y disciplinas. De entre todas, la Cliodinámica y los Ciclos Seculares son las más interesantes.

Fundada formalmente por el ecologista y matemático Peter Turchin, la cliodinámica trata la historia como una ciencia empírica y cuantitativa. Utilizando bases de datos masivas (como el proyecto Seshat), los investigadores modelan el auge y la caída de los imperios, la integración sociopolítica y las crisis demográficas mediante ecuaciones diferenciales. Y también hay una fórmula para representarlo. Es esta:


Esta integral muestra o sirve para describir que, por muchos altibajos, guerras, crisis o épocas doradas que atraviese una sociedad, todo lo que ocurre a lo largo de su existencia forma parte de un ciclo cerrado que tarde o temprano cumple con las reglas del sistema.

Con sus estudios, la cliodinámica demuestra que las sociedades agrarias e industriales operan como sistemas complejos adaptativos que experimentan "ciclos seculares" regulares de expansión, sobrepoblación, colapso y reorganización.

Es así que, las investigaciones de Laplace y Gauss son perfectamente aplicables a la historia, ideal para ilustrar el "pulso" de un ciclo secular: el ascenso, el cénit y el colapso gradual de una civilización o estructura social. Permite asociar la altura de la curva con la concentración de poder, población o tensión sociopolítica en un momento dado del devenir histórico.

La cliodinámica explica el devenir interno y regular de las sociedades (el "pulso" o latido del sistema): cómo la demografía, la producción agrícola, la fiscalidad y la sobreproducción de élites interactúan de forma previsible a lo largo de los siglos. Son procesos acotados y recurrentes que generan fluctuaciones de auge y crisis moderada.

Por otro lado, las leyes de potencia (power laws) y la teoría de la criticidad autoorganizada no analizan el ciclo ordinario, sino la distribución estadística de los eventos extremos, las catástrofes y los colapsos sistémicos de gran magnitud (como una guerra devastadora o el colapso de la Edad del Bronce).

Para entender cómo coexisten ambos enfoques, resulta útil pensar en la tectónica de placas. Los ciclos seculares actúan como la acumulación lenta y constante de tensión mecánica a lo largo de las fallas geológicas (un proceso estructural, acumulativo y rítmico). Sin embargo, cuando se mide la magnitud y frecuencia de los terremotos resultantes, estos no siguen una distribución normal ni un ciclo periódico simple, sino una ley de potencia (la ley de Gutenberg-Richter): hay muchos sismos pequeños y una escasez extrema pero desproporcionada de sismos catastróficos.

En la historia civilizatoria ocurre un fenómeno análogo. Las tensiones estructurales que estudia Turchin van "cargando el sistema" de forma cíclica y predecible; sin embargo, el punto exacto de rotura, la velocidad de propagación de un conflicto o la profundidad del colapso se comportan como un sistema crítico donde un evento minúsculo puede desencadenar una reacción en cadena desproporcionada.

Los ciclos marcan el compás temporal de la vulnerabilidad institucional y el agotamiento de los recursos, mientras que las leyes de potencia explican la severidad y la escala de las fracturas cuando esa vulnerabilidad colapsa. Ambas perspectivas demuestran que el devenir histórico no es un caos absoluto ni un reloj mecánico puramente determinista, sino una danza entre bucles de retroalimentación interna y puntos de inflexión no lineales.

Ambos enfoques describen dimensiones complementarias de los sistemas sociohistóricos complejos, operando a escalas diferentes y enfocándose en fenómenos distintos dentro de la misma macroestructura.

Ahora bien, después de todo esto, no podemos concluir que la historia se repite, que todo es cíclico, en el sentido más estricto de la frase. Aunque su aplicabilidad es universal en los dominios de la gran escala y la agregación, no todo el universo cabe en la campana de Gauss. Si bien la distribución normal rige los procesos donde intervienen múltiples variables independientes aditivas (como el Teorema del Límite Central), el estudio de eventos históricos extremos —como la duración de las guerras, la magnitud de las revoluciones o el colapso de las civilizaciones— tiende a revelar distribuciones de Pareto o leyes de potencia. Esto significa que los cambios civilizatorios profundos o las catástrofes no se distribuyen de forma "normal" o moderada, sino que obedecen a dinámicas de sistemas críticos auto-organizados, donde un pequeño evento puede desencadenar una disrupción masiva.

El propio universo físico y los sistemas humanos también producen fenómenos donde la campana fracasa estrepitosamente: son los sistemas caóticos extremos, los terremotos masivos, la distribución de la riqueza (leyes de Pareto) o las catástrofes históricas (como una pandemia global o una guerra mundial). En esos casos el universo deja de promediar las cosas de forma suave y se vuelve imprevisible y extremo.

En Secular Cycles, de Peter Turchin & Sergey Nefedov (Princeton University Press), o Introduction to Social Macrodynamics, de Andrey Korotayev et al., encontraremos el estudio detallado de todo esto.

 

Nuevo paradigma antropológico: La encrucijada evolutiva que plantea la IA

A la luz de los recientes resultados del Informe PISA (OCDE, 2026), es común presenciar una reacción generalizada de alarma social que interpreta las cifras como el síntoma ineludible de un colapso cultural. Sin embargo, analizando los datos desde una perspectiva menos negativa y más amplia, es posible desarrollar una conclusión diferente. Me estoy planteando la posibilidad de que tal vez el desastroso resultado no sea un indicativo de que las cosas van a peor, sino de que las cosas hayan cambiado radicalmente en lo que a evolución humana se refiere. Me estoy planteando que, tal vez, lejos de constituir un mero indicador de decadencia, este escenario pueda estar reflejando una mutación profunda en la propia evolución humana. Esta lectura conecta directamente con la visión del progreso optimista defendida por autores como Steven Pinker, quien en sus análisis sobre la trayectoria de la humanidad demuestra cómo nuestras capacidades de adaptación cultural superan constantemente las visiones catastrofistas del declive intelectual. Y es que, frente a la tentación de contraponer los paradigmas educativos tradicionales a los actuales –evidenciando la pérdida de la disciplina del silencio, la tolerancia al aburrimiento, la atención sostenida y la comprensión lectora frente al auge de la baja tolerancia a la frustración y la hiperestimulación audiovisual–, atribuir la caída del rendimiento exclusivamente a un deterioro cultural entraña el riesgo de incurrir en un reduccionismo simplista.

Sería más fácil, desde luego, revisar los hábitos y costumbres educativos del pasado y compararlos con los de hoy en día, y contrastar un paradigma educativo de siglos con el de las últimas décadas. Siguiendo las premisas de la psicología conductivista y del aprendizaje –en la línea de los estudios sobre modificación de conducta y adquisición de hábitos iniciados por figuras como Bloom–, veríamos que han desaparecido la disciplina del silencio (que reportaba pingües beneficios a la capacidad de concentración), el entrenamiento en el arte de aburrirse (que desarrollaba destrezas de autoconocimiento), la capacidad de atención pasiva y, por supuesto, la comprensión lectora y resolución de problemas (ya sea matemáticos, físicos o de conceptos éticos y filosóficos). Veríamos que, en contraste, existe la cultura de la tolerancia cero a la frustración, la sobreestimulación supersónica, la demanda constante de estímulos altamente estimulantes (valga la redundancia), tanto visualmente como desde el punto de vista auditivo (imágenes y músicas altamente atractivas) y una oferta infinita de dichos estímulos que se adapta a todos los gustos habidos.

Caer, por tanto, en la observación de que eso va en detrimento de los resultados académicos corre el riesgo, como apuntaba antes, de convertirse en un reduccionismo simplista del análisis de la humanidad. Como bien enseñan los grandes referentes de la antropología cultural, desde los trabajos estructuralistas de Claude Lévi-Strauss hasta las aportaciones sobre la funcionalidad social de Bronislaw Malinowski, las estructuras cognitivas y normativas de una sociedad no son absolutas ni universales, sino respuestas adaptativas a un determinado contexto material y tecnológico. Pretender juzgar las competencias de un ecosistema digital hiperconectado con los parámetros de la escuela industrial decimonónica es un error epistemológico de primer orden.

Ahora bien, cuidado aquí, no niego que haya una pérdida de asimilación de conocimiento. Lo que discuto es la verdadera necesidad de ese conocimiento a la luz de las nuevas tecnologías. Si, hasta ahora, el conocimiento ha sido en gran medida la herramienta desarrollada por el ser humano para sobrevivir en la naturaleza y desarrollar todo lo necesario para que esa supervivencia se transformara en convivencia cómoda, cívica y de mayor esperanza de vida, no quiere decir que siga siendo necesaria una vez se haya desarrollado por completo el uso y control de la IA.

Cuestionemos entonces el prisma analítico: ¿y si el paradigma ha cambiado por completo? Si hoy es posible condensar el saber de un volumen de cuatrocientas páginas en un resumen de pocos minutos mediante la inteligencia artificial, y profundizar en él a través del debate crítico con la máquina, el beneficio académico se optimiza en una fracción infinitesimal de tiempo. Esto supera con creces el método convencional de la lectura prolongada y la revisión en el aula.

Hace más de veinte años, en otro artículo de opinión, me pregunté si el cine podría reemplazar a los libros debido a su mayor capacidad de absorción narrativa anual, es decir, si el cine no podría sustituir a la lectura por cuanto se podían ver miles de películas en un año, pero solo se podían leer decenas (a lo sumo centenares) de libros en un año, y mi respuesta se inclinó hacia las ventajas neuronales del proceso lector. Hoy, la cuestión resurge con la IA: ¿no nos aportará un beneficio superior, transformando cualitativamente el pensamiento, el razonamiento y la creatividad?

Desde los marcos de la filosofía de la ciencia, este fenómeno encaja perfectamente en lo que Thomas Kuhn denominó un cambio de paradigma: cuando las herramientas conceptuales y operativas de una época entran en crisis porque surge un modelo explicativo y operativo infinitamente más eficaz, el viejo sistema no se repara, se reemplaza. Del mismo modo, en el terreno de la teoría del conocimiento, la propuesta de Karl Popper sobre la falsabilidad y el crecimiento del conocimiento objetivo encuentra en la inteligencia artificial un acelerador sin precedentes; ya no dependemos exclusivamente de la lenta acumulación inductiva individual, sino de un procesamiento algorítmicamente asistido que expande la frontera de lo cognoscible a una velocidad geológica.

Quizá estemos asistiendo al alumbramiento de un nuevo tipo de ser humano, comparable a la transformación antropológica que supuso la Revolución Neolítica. El Neolítico no solo transformó la técnica, la estructura social, la demografía y la economía, sino que –como sostengo en mi obra Nueva Teodicea. El origen de dios– supuso una profunda revolución de la cognición simbólica, el nacimiento del homo cereris. La IA podría estar haciendo lo mismo, pero a escala acelerada. No nos hallamos ante una humanidad superior ni inferior, sino distinta; sencillamente más adaptada al nuevo entorno tecnológico que hemos forjado, un ser humano cuya capacidad intelectual se destinará al control, entendido como dominio y posesión para no ser dominado y poseído por la IA. Ya hemos presenciado como la IA ha resuelto problemas matemáticos que la comunidad científica llevaba décadas tratando de descifrar. No es descabellado inferir que el futuro de los conocimientos en materia de astrofísica, cosmología, mecánica cuántica, genética, etc., deriven del mismo agente. La humanidad, entonces, tendría que centrar su actividad neuronal, su energía pensante, exclusivamente en la dirección y control de ese misma agente, como un director de orquesta con sus músicos.

Con todo, un análisis riguroso impulsado por el rigor científico nos obliga a detenernos en una seria advertencia teórica: la posibilidad real de la atrofia funcional. Así como en la evolución biológica y en las teorías antropológicas del desarrollo material –recordando las tesis históricas sobre la evolución cultural de autores como los analizados en la tradición etnológica de etnógrafos como los sintetizados por la escuela de antropología cultural y estudios de cultura material–, la pérdida de fricción y de esfuerzo adaptativo puede comportar riesgos. Si delegamos por completo la decodificación, el análisis y la estructuración del pensamiento en un agente exógeno como la IA, corremos el riesgo de atrofiar las facultades cognitivas orgánicas que han sustentado la autonomía intelectual del ser humano. Al igual que el músculo que no se ejercita o las especies cavernícolas que pierden la visión por desuso, la desaparición de la necesidad de procesar la complejidad de forma interna podría desencadenar no una superación, sino una dependencia regresiva.

La prudencia de esos tiempos verbales –‘corremos el riesgo de’ y ‘podría desencadenar’– responde precisamente a que estamos ante un territorio evolutivo inédito. A diferencia de la Revolución Neolítica o de la invención de la imprenta, donde el ser humano seguía siendo el motor exclusivo del procesamiento cognitivo, la inteligencia artificial introduce por primera vez una discontinuidad radical: un agente exógeno que piensa por y para nosotros. Al no existir precedentes históricos de una externalización cognitiva de esta magnitud, la relación de causa-efecto no puede determinarse de forma determinista. Mi uso del condicional no necesariamente niega la hipótesis; lo único que señala es el abismo de incertidumbre sobre lo que ocurrirá con ese nuevo ser humano. Si la evolución biológica y cultural requiere fricción, resistencia y resolución de problemas para generar adaptaciones complejas, la eliminación total de esa fricción mediante la tutela de la IA podría generar el camino del estancamiento o atrofia funcional, un escenario en el que, al no haber demanda de procesamiento interno, el sistema cognitivo humano simplemente se replegaría (como el músculo que no se usa). En la evolución biológica, la pérdida de una función no garantiza en absoluto la aparición de otra milagrosa; a menudo, la naturaleza simplemente simplifica los organismos que dejan de necesitar órganos complejos (pensemos en los animales cavernarios que pierden la vista). Pero, y he aquí mí propuesta más atrevida, también podría conducir a una mutación hacia nuevas formas de sensibilidad, creatividad pura o capacidades superiores de integración emocional y social, desprovistas del lastre memorístico y analítico. El ser humano podrá embarcarse en una nueva aventura evolutiva desarrollando quién sabe qué otras destrezas cerebrales o habilidades emocionales (¿telepatía, telequinesis, percepción extrasensorial…).

Mi planteamiento nos sitúa ante una disyuntiva filosófica colosal: ¿es la inteligencia artificial la herramienta que nos permitirá eclosionar hacia un estadio superior de la conciencia humana, o es el principio de una simbiosis donde el ser humano renuncia al esfuerzo del pensamiento a cambio de confort, arriesgándose a devenir un eslabón pasivo de su propia creación? En mi opinión, la visión del optimismo ilustrado nos invita a mirar más allá de los temores apocalípticos. ¿No estaremos viviendo el principio de un nuevo tipo de ser humano, del mismo modo que los seres humanos prehistóricos vivieron el nacimiento de un nuevo tipo humano durante el largo y lento proceso de la Revolución Neolítica? Como bien argumentan pensadores contemporáneos de la lingüística y la cognición como Noam Chomsky, la arquitectura mental humana posee una plasticidad extraordinaria; los cambios en los inputs ambientales y tecnológicos reconfiguran nuestras redes neuronales sin destruir la esencia de la creatividad o el razonamiento, sino dotándolos de nuevas formas de expresión.

En conclusión, sostengo que podríamos estar viviendo un nuevo cambio de mundo, un nuevo paradigma de humanidad, una humanidad más adaptada al nuevo entorno que hemos creado, del mismo modo que ocurrió con el desarrollo de la agricultura, la ganadería y las ciudades durante el cambio de mundo de la Prehistoria al Neolítico. Si históricamente el conocimiento acumulativo y la lectura intensiva fueron las prótesis cognitivas necesarias para dominar la naturaleza y construir la civilización industrial, hoy la inteligencia artificial se alza como la nueva frontera evolutiva. El ser humano se libera de la pesada carga del almacenamiento y procesamiento bruto de datos para embarcarse en una aventura inédita, donde las destrezas cerebrales y las dimensiones emocionales o intuitivas del porvenir redefinirán por completo nuestra condición en el cosmos.

La verdadera pandemia actual: la conspiranoia.

Los cinco problemas que derivan de los planteamientos de conspiraciones

Una élite secreta y poderosa (Iluminati o Bilderberg) está controlando a los gobiernos del mundo, el calentamiento global es una patraña, la Agenda 2030 es una maquinación para controlarnos, la tierra es plana, el hombre no pisó la Luna en 1969 –si es que la ha pisado nunca–, la pandemia de la Covid-19 fue un experimento social, las vacunas producen autismo, la tecnología de red móvil 5G está causando el cáncer, una raza de reptiles humanoides extraterrestres disfrazados se ha infiltrado en puestos de poder global… son las teorías más populares hoy en día.


Menos difundidas, pero igualmente aceptadas, son las de carácter más político como que la Comisión Europea y la burocracia de Bruselas son entidades no democráticas que imponen leyes y normativas abusivas, o el rechazo a aceptar hechos históricos establecidos, como el Holocausto o las masacres de las Guerras Yugoslavas, o que las medidas de austeridad fueron diseñadas no para salvar las economías, sino para transferir riqueza de los ciudadanos a la banca privada y las instituciones financieras del Norte de Europa, o la teoría de extrema derecha que sostiene que existe una sustitución demográfica deliberada de la población blanca y cristiana europea por inmigrantes no europeos, orquestada por élites globalistas… eso por no hablar de las ideas en materia de salud y medicina, como, por ejemplo, la desconfianza profunda y extendida en la medicina convencional (alopática) en favor de terapias naturales o alternativas (homeopatía, por ejemplo), bajo la creencia de que la industria farmacéutica (Farmamafia) suprime curas y tratamientos efectivos para maximizar sus beneficios.

Por último, hay otro gran grupo, más heterogéneo, que engloba las teorías de carácter místico que, aunque sean ideas desprovistas del matiz negativo de todas las anteriores, padecen los mismos síntomas. En este grupo se encuentran planteamientos como que la era de acuario está a punto de cambiar el orden mundial pues está a punto de aparecer un nuevo tipo de humano, o la idea de que la Tierra (y la humanidad) está elevando su frecuencia vibratoria hacia una dimensión superior (a menudo la 5D), dejando atrás la densidad y el conflicto de la 3D, o la creencia de que los pensamientos son energías capaces de alterar directamente la realidad material como la pobreza, la enfermedad o la falta de éxito, o la creencia de que existe una "biblioteca cósmica" (los Registros Akáshicos) que contiene todo el conocimiento de todas las almas y vidas pasadas, o la convicción de que los cristales, la imposición de manos (Reiki) o la geometría sagrada pueden reequilibrar los "chacras" y los campos energéticos del cuerpo, sustituyendo o complementando el diagnóstico médico científico con la lectura de energías, o la tesis de que la humanidad no fue la constructora de las pirámides y los megalitos, sino que existieron civilizaciones anteriores a las nuestras, extraterrestres, que habitaron la Tierra.

Aunque podrá ser más discutido, yo añadiría un cuarto grupo y que sería el de las creencias religiosas monoteístas (principalmente islam, judaísmo y cristianismo) y el comunismo, y aunque las religiones y la ideología cumplen funciones sociales fundamentales (moralidad, consuelo, identidad comunitaria) que las teorías de conspiración y místicas no alcanzan –al menos no en la misma escala–, comparten esa certeza inquebrantable, esa identidad colectiva fuerte y la narrativa inmune a la evidencia contraria.

Los teóricos de estos fenómenos sociales (teorías de la conspiración, religiones monoteístas, ideologías políticas…) tienen orígenes muy diferentes y objetivos igualmente alejados unos de otros, y, sin embargo, padecen los mismos cinco problemas:

Uno, ignoran o descartan selectivamente la inmensa mayoría de la evidencia que refuta su narrativa, enfocándose solo en las anomalías o interpretaciones ambiguas que confirman su creencia preexistente. Es el mecanismo psicológico más documentado. Las personas buscan y recuerdan información que apoya lo que ya creen. Para una teoría de la conspiración, esto significa que cualquier evento que no encaje es ignorado, o bien, se considera otra prueba más de lo "profundo" del engaño.

Dos, siempre eligen la explicación con más suposiciones, actores y pasos complejos, en lugar de la explicación más simple y directa que es sostenida por la evidencia pública. El principio lógico y científico de la Navaja de Ockham establece que, entre múltiples hipótesis que explican un fenómeno, se debe preferir la que requiere la menor cantidad de suposiciones. Las teorías de la conspiración a menudo necesitan una red compleja e inverosímil de silencio, coordinación global e infalibilidad de los conspiradores, haciéndolas lógicamente débiles.

Tres, han construido un marco mental que es inherentemente infalsable; es decir, no existe ninguna evidencia que pueda convencerlos de que están equivocados, ya que cualquier refutación es interpretada inmediatamente como parte de la conspiración. El concepto de falsabilidad (de Karl Popper) es crucial para la ciencia y el razonamiento sólido. Si una creencia no puede ser refutada en principio por ninguna prueba empírica, no es un argumento basado en la evidencia, sino un dogma. Las teorías conspirativas son a menudo cerradas y autorreferenciales, donde la falta de prueba es prueba de la sofisticación de la conspiración.

Cuatro, se vuelven ineficaces a la hora de abordar los problemas sociales, económicos o políticos reales, ya que su foco se desvía de las causas sistémicas o estructurales hacia la identificación y la lucha contra enemigos ocultos e invisibles. El pensamiento conspirativo tiende a personificar los problemas (es culpa de "ellos", el grupo secreto), en lugar de analizar factores complejos como la mala gestión, las fallas del mercado, o los errores humanos sistémicos. Esto dificulta la búsqueda de soluciones prácticas y basadas en políticas públicas.

Cinco, terminan erosionando la confianza en las instituciones y el conocimiento experto (ciencia, periodismo, gobierno, medicina), una confianza que es fundamental para el funcionamiento coordinado y la seguridad de la sociedad moderna. El impacto social de las teorías conspirativas es que no solo desconfían de la explicación oficial, sino que activamente deslegitiman todas las fuentes de información consensuadas y validadas, lo que tiene consecuencias directas en la salud pública (vacunas), la democracia (elecciones), y la acción colectiva.

En conclusión, el problema de los que se pasan la vida teorizando para describir el mundo bajo la lente de su única interpretación es que han construido un marco mental que es inherentemente infalsable. Quienes adoptan un marco infalsable viven en lo que el sociólogo Robert K. Merton llamó una profecía autocumplida o un círculo vicioso epistemológico. Su sistema de creencias es autorreferencial y no requiere la validación del mundo exterior.

Por lo tanto, la infalsabilidad no es solo un síntoma, sino el mecanismo de supervivencia que permite a estas interpretaciones pasar por alto los hechos y perdurar indefinidamente por contagio social.

En contra, el método científico se basa en la hipótesis de la falsación: una teoría científica solo es útil si hace predicciones específicas que pueden ser probadas y potencialmente desmentidas. Si la observación o la experimentación contradicen la hipótesis, esta debe ser corregida o descartada. La ciencia progresa precisamente al encontrar que sus teorías son incompletas o erróneas, obligando a los investigadores a buscar mejores explicaciones. Es un sistema abierto a la corrección. Por eso, en mi opinión, el verdadero camino, la única vía saludable, tanto para la mente individual como para la sociedad como colectivo, es la ciencia. Y, por ello, me atrevo a decir que el tao de la modernidad es el método científico.

Alienígenas y OVNIs, ¿qué opinas?

¿Existen los alienígenas? ¿De verdad hay extraterrestres visitándonos? ¿Son los OVNIs naves espaciales de otros planetas?

La pregunta, en mi opinión, está mal formulada. Como diría Cicerón, “cuando dudes, define”, por lo que lo primero sería aclarar qué entendemos por “alienígenas”:

¿Nos referimos a seres de otros planetas con forma humanoide, dotados de inteligencia superior, que viajan en naves espaciales y visitan la Tierra? ¿O simplemente a la posibilidad de vida extraterrestre en cualquier forma, incluso microbiana?

 1.  La idea del alíen

La idea de seres inteligentes en otros planetas es mucho más antigua de lo que cabría esperar. Es ya en el siglo II cuando Luciano de Samosata, en su obra Historia verdadera narra un viaje a la Luna donde los protagonistas encuentran seres humanoides en guerra con habitantes del Sol por la colonización de Venus.

En 1634, Johannes Kepler, en su obra Somnium, relata un viaje a la Luna habitada por seres sublunares, criaturas que han evolucionado en condiciones extremas. Se dividen en dos grandes grupos: los que viven en la cara visible y los que habitan la cara oculta. Los que viven en el lado iluminado por el Sol son pequeños, ágiles y resistentes al calor, mientras que los del lado oscuro son más grandes, con piel gruesa para soportar el frío.

Cuatro años después de la novela de Kepler, en 1638, Francis Godwin publica The Man in the Moone, en la que un español viaja a la Luna en una máquina voladora y encuentra una sociedad de gigantes.

Posteriormente, será Cyrano de Bergerac, en su libro Los Estados e imperios de la Luna, quien, en 1657, volverá a hablar de seres alienígenas. Se trata de una sátira filosófica que describe a los habitantes de la Luna como seres que someten a procesos inquisitoriales a quienes afirman que la Tierra está habitada.

Después será otro francés, J.-H. Rosny aîné quien, en 1887, escribió la obra Les Xipéhuz, en la que encontramos la primera forma alienígena que no tiene rasgos humanos, sino que se trata de seres cristalinos capaces de cambiar de forma describiendo formas geométricas, con lenguaje propio y comportamiento incomprensible para los humanos, que se comunican mediante patrones de luz.

Llegará entonces la archi famosa obra de H. G. Wells, La guerra de los mundos, en 1898. Wells introduce a los marcianos como invasores tecnológicamente superiores, con tentáculos y armas destructivas.

Ya en el siglo XX, en 1933, Gustav Sandgren describe a los extraterrestres como seres de baja estatura, piel gris, cabezas grandes y ojos oscuros, anticipando la imagen popular de los "grises".

2. La evolución de la imagen del alienígena

Durante gran parte del siglo XX, los alienígenas eran imaginados de muchas formas diferentes, pero casi siempre con aspectos monstruosos y rasgos grotescos, muchas veces procedentes de Marte, la Luna o Venus. Estas imágenes fueron popularizadas por revistas pulp y seriales de ciencia ficción.

Será a partir de los años 80 cuando se consolida la figura “oficial” del alienígena:

  • Cuerpo delgado y alto
  • Cabeza desproporcionadamente grande
  • Ojos almendrados y negros
  • Piel gris o verde y brillante
  • Ausencia de vello y rasgos faciales mínimos

Esta estandarización coincide con la consolidación de la imagen del “Grey alien” en cine y televisión, con películas como Encuentros en la tercera fase (1977) y Communion (1989).

3. Una proyección de la teoría de la evolución

¿Tiene sentido pensar que esta imagen es una proyección cultural de la evolución darwiniana? Sí. Desde mediados del siglo XX, especialmente tras el auge del darwinismo y su divulgación en la cultura popular, se desarrolló la idea del humano del futuro (post-human evolution). Según esta hipótesis:

El cerebro seguiría creciendo, produciendo un cráneo más grande.

El cuerpo perdería rasgos considerados “innecesarios”, por lo que sería sin vello, sin orejas externas prominentes, sin puente nasal.

La boca se reduciría, debido a una alimentación no masticada y a la menos comunicación oral.

La piel se volvería uniforme, sin pigmentación ni imperfecciones, proporcionándole un aspecto liso y pálido o grisáceo.

El cuerpo se volvería más frágil, adaptado a un entorno tecnológico y sin esfuerzo físico, por lo que presentaría extremidades delgadas y un aspecto casi andrógino.

Esta idea aparece, por ejemplo, en 1930, en la obra de Olaf Stapledon, Last and First Men, donde se describe la evolución de la humanidad hacia formas cada vez más cerebrales y etéreas.

Como explica Pascal Boyer en Religion Explained, el ser humano tiende a aplicar esquemas conocidos a lo desconocido. La idea de que un ser más avanzado debe tener más cabeza, menos cuerpo, menos necesidad de comunicación verbal, ausencia de pelo y órganos prescindibles… es coherente con una extrapolación de nuestra evolución.

La hipótesis tiene fundamento psicológico y antropológico: imaginamos lo desconocido a partir de lo que conocemos. Como dice Steven Pinker, la evolución no tiene una dirección predeterminada, pero la mente humana sí tiende a buscar patrones teleológicos y explica que nuestras expectativas de inteligencia avanzada suelen estar ligadas a la expansión cerebral y la gracilidad física (menos fuerza bruta, más cerebro).

4. El antecedente histórico: los demonios

Pero el ser humano ya ha pasado por esto antes. Pensemos en la figura del demonio. Hasta llegar a la figura que más se pinta a finales de la Edad Media y se convierte en el símbolo del mal en la Edad Moderna y Contemporánea, el demonio ha pasado por una enorme transformación. El imaginario colectivo lo representaba de formas muy distintas: En los primeros siglos del cristianismo, el demonio era representado como un ángel caído, manteniendo su belleza original, pero con un aire de tristeza o desafío. Esta imagen enfatizaba su origen celestial y su rebelión contra Dios. La representación grotesca y aterradora del demonio comenzó a consolidarse en la Edad Media, cuando la Iglesia utilizó el arte como un medio para infundir miedo. Tertuliano, un teólogo del siglo III, describió al diablo como el "mono de Dios", una imitación grotesca de la divinidad. Esta idea influyó en los artistas medievales, quienes lo representaban con rasgos exagerados para contrastarlo con la imagen de Cristo. Con la llegada de los musulmanes a la Península Ibérica, en el siglo VIII, la imagen del demonio empezó a copiar características de la monstruosidad con la que se presenta en el Corán. Y ya en el siglo XII, las representaciones del Juicio Final mostraban a Satanás y los ángeles caídos transformándose en seres monstruosos mientras descendían al infierno. Sus alas angelicales se convertían en alas de murciélago, sus rostros se deformaban y adquirían garras y colas, hasta llegar a la figura tan común del demonio de hoy en día:

  • Pezuñas de cabra
  • Cuerpo cubierto pelo
  • Alas de murciélago
  • Cuernos
  • Mirada maliciosa

La imagen del demonio, como la del alienígena, se fue codificando según la época, sus temores, su moral y sus límites culturales. Sabemos que la mente humana tiende a antropomorfizar lo desconocido, aplicando categorías conocidas a lo que no comprende, incluso al concebir inteligencias no humanas.

Así, la imagen del alíen como humanoide superior es, en cierto modo, un reflejo evolucionista secular del “ángel cristiano” y lo opuesto al demonio: una figura sin imperfecciones físicas, superior en intelecto, y ajena a las pasiones terrenales. Es decir, un reflejo de la culminación del proceso evolutivo imaginado por nosotros mismos.

5. ¿Qué dice la ciencia?

Carl Sagan y Stephen Hawking mencionaron que, si existiera vida inteligente extraterrestre, no tendría por qué parecerse en absoluto a los humanos, y que la imagen del “gris” no responde a la lógica biológica universal.

Por otro lado, Neil deGrasse Tyson ha hablado en varias ocasiones sobre la posibilidad de vida extraterrestre. Uno de sus planteamientos más llamativos es la idea de que los humanos podrían ser parte de una simulación alienígena. Según Tyson, si existieran civilizaciones mucho más avanzadas que la nuestra, podrían haber creado un mundo simulado en el que vivimos sin darnos cuenta, alegando que su inteligencia podría ser tan superior que nuestros científicos más brillantes serían comparables a sus niños pequeños.

Por último, Stephen Hawking pensaba que si una forma de vida extraterrestre viajaba hasta nuestro planeta, no sería con buenas intenciones.

6. Conclusión: ¿creencia o evidencia?

La idea de alienígenas que nos visitan, en un mundo lleno de cámaras, me resulta más una cuestión de ciencia ficción que de realidad. Tal vez sea una nueva creencia, una nueva religión para la era científica. Y como toda religión, es inmune a la razón.

Podemos imaginar alienígenas, podemos desear que existan… Pero pruebas claras de su existencia, de momento no hay, y hasta entonces, lo más honesto es reconocerlo. Porque como diría Sagan: “La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia… pero sí es motivo para la duda.”

Y ¿qué decir de los OVNIs o UAPs? Mi opinión personal me la reservo. Lo que importa aquí no es lo que yo crea, sino lo que dicen los hechos. Así que, vamos a repasar datos, historia y lógica.

7. Breve historia del fenómeno OVNI

La idea de alienígenas está íntimamente relacionada con el fenómeno OVNI, y las evidencias de lo que hoy llamamos OVNIs, Objetos Voladores No Identificados, aparecen de forma sistemática en la prensa a partir de 1947, cuando el piloto Kenneth Arnold reportó haber visto nueve objetos volando a gran velocidad cerca del Monte Rainier, en el estado de Washington. Fue él quien comparó su movimiento con “platillos saltando sobre el agua”, lo que dio origen al término “platillo volante”. Ese mismo año, apenas unas semanas después, ocurrió el famoso incidente de Roswell, en Nuevo México. Se reportó la caída de un objeto no identificado, que las autoridades militares primero describieron como un “platillo volante”, para luego corregir diciendo que se trataba de un globo meteorológico. Este giro alimentó las primeras teorías de encubrimiento oficial por parte del gobierno estadounidense.

8. ¿Y antes de 1947?

Aunque el fenómeno OVNI moderno empieza ahí, hay descripciones anteriores que podrían considerarse proto avistamientos:

En 1561, se documentó un extraño evento celeste sobre Núremberg, Alemania, con formas cilíndricas y esferas descritas en grabados.

En 1897, varios periódicos estadounidenses reportaron un “dirigible misterioso” cruzando los cielos.

También está el célebre caso del “Airship” de Aurora (Texas), en el que incluso se decía que un humanoide murió en el impacto y fue enterrado.

Pero estos relatos, más que pruebas, son reflejo de los temores y fantasías tecnológicas de su tiempo.

9. ¿Por qué no hay pruebas claras?

Y así llegamos a la gran pregunta: si existen, ¿por qué no hay pruebas inequívocas? Veamos qué nos dicen las evidencias.

Por el momento, no hay evidencias claras de que hayan visitado nuestro planeta; todas las evidencias que hay son siempre borrosas, confusas, desenfocadas. Esto, hace 50 años, no sería nada extraño, pero hoy en día, con más de 7.000 millones de móviles, con cámaras HD, satélites, telescopios, cámaras de vigilancia y drones, sin contar con los aficionados a la astronomía, los especialistas en ufología, los observatorios astronómicos, los meteorológicos y los satélites... ya no se explica por qué no hay ni una sola evidencia clara, diáfana, incuestionable y que no suscite dudas ni resulte ambigua.

Bastaría solo una. Piénsenlo. Solo una foto o video que mostrara una imagen nítida, irrefutable, sería suficiente para demostrar que los alienígenas existen y nos visitan. Una bastaría. Una sola prueba clara bastaría. Una imagen nítida, no ambigua, que no dé lugar a dudas. Pero no la hay. Todas son confusas, pixeladas o dudosas. Como decía Carl Sagan: “Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias”.

Un estudio independiente de la NASA concluyó que no hay evidencia que indique que los fenómenos aéreos no identificados (UAPs, por sus siglas en inglés) sean de origen extraterrestre. El informe destaca la necesidad de datos de mayor calidad y mejor calibración para avanzar en la comprensión de estos fenómenos. Un informe exhaustivo del Pentágono, de la Oficina de Resolución de Anomalías en Todos los Dominios – AARO, analizó avistamientos de OVNIs desde 1945 y concluyó que la mayoría de ellos eran malinterpretaciones de objetos o fenómenos comunes. No se encontró evidencia de visitas extraterrestres ni de tecnología alienígena.

10. ¿Y si el gobierno lo oculta?

Algunos creen que la NASA o el Pentágono están ocultando la verdad.

Es cierto que en años recientes el Departamento de Defensa de EE. UU. ha desclasificado vídeos que muestran fenómenos aéreos no identificados. En 2020 y 2021, el UAP Task Force reconoció que hay objetos que no pueden explicar… pero también dijeron claramente que no hay evidencia de que se trate de tecnología extraterrestre.

Además, como explican expertos como Mick West, muchas de estas imágenes tienen explicaciones ópticas o tecnológicas (parallax, aberración, etc.).

La falta de transparencia no implica automáticamente la existencia de alienígenas. A veces lo que se oculta es simplemente tecnología militar experimental. Piensen que el Black Bird, antes de ser reemplazado por los satélityes espía y los aviones de la siguiente generaci´çon es un avión que nos parece totalmente futurista hoy en día, pero que se diseñó en los años 60; y no se dio a conocer al púiblico hasta los años 80!

De hecho, mientras grababa este vídeo me llegó la noticia de que China mostraba públicamente su nuevo avión de combate, el J-36, un prototipo de avión de combate de sexta generación que presenta un diseño sin cola y una configuración de ala en delta doble, lo que mejora su capacidad furtiva al reducir la firma de radar. Además, cuenta con tres motores, lo que le proporciona mayor empuje y autonomía para misiones de largo alcance.

11. Conclusión: ¿creencia o evidencia?

Creer en alienígenas que nos visitan, en estas condiciones, es una creencia. Una nueva religión para la era científica. Y como toda religión, es inmune a la razón.

Podemos imaginar alienígenas, podemos desear que existan… Pero hasta que no tengamos una sola prueba clara, no hay evidencia de que estén aquí. Lo más honesto es reconocerlo. Porque como diría Sagan: “La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia… pero sí es motivo para la duda.”

Los bulos y las pirámides de Giza

Cuando vi este video me quedé sorprendido y me intrigó desde el principio. En el video se comparte "el descubrimiento" de que las sombras de las tres pirámides subsidiarias de la Gran Pirámide de Keops se proyectan sobre su fachada este al amanecer, y lo hacen de tal manera que servirían para mostrar cuándo se está en cada una de las estaciones; así, a modo de calendario solar, en el solsticio de invierno solo se proyectaría una sombra; en el de verano las tres; y en los equinoccios solo dos de las pirámides subsidiarias. Esto me fascinó. Lo que pasa es que, y a pesar de que quien presenta el vídeo no es una persona de la que pueda dudar en absoluto de su divulgación científica, estoy tan acostumbrado a que se le atribuyan prodigios de todo tipo a las pirámides de Giza, que no pude confiar al 100% directamente. Por eso, decidí llevar a cabo un experimento a escala.



Empecé por trazar el plano del complejo de Keops sobre un papel, respetando las dimensiones reales de las pirámides y su relación geométrica con el amanecer en los equinoccios y solsticios. Esto no es nada difícil hoy en día, puesto que se puede descargar de internet sin problema. Yo elegí un plano que representaba las pirámides subsidiarias con una base de 30 mm, la primera, y 33mm las otras dos, para que me fuera fácil de manejar.

En la maqueta proporcional, representé la fachada este de la Gran Pirámide con su inclinación exacta de 51°, asegurándome de que la escala fuera precisa. Modelé en arcilla las tres pirámides subsidiarias de manera rudimentaria, pero ajusté sus dimensiones de base y altura fielmente a escala, que es lo importante. Calculé la línea de salida del sol en el horizonte, estableciendo una distancia angular de 40°, lo que equivale a 6 cm en la maqueta. Para la prueba, coloqué una fuente de luz simulando la salida del sol en los solsticios y equinoccios. Pero los resultados fueron decepcionantes para mí.

Los resultados revelaron que la tercera pirámide, ubicada más al sur, no proyecta su sombra sobre la cara este de Keops en ningún escenario realista. Incluso ajustando la posición del sol dentro de los límites astronómicos posibles en Giza, su sombra nunca alcanza la Gran Pirámide. Para que lo hiciera, tendríamos que desplazar la salida del sol mucho más allá del solsticio de invierno, invalidando la hipótesis del vídeo. Las sombras de las dos primeras pirámides sí alcanzan la Gran Pirámide en determinadas configuraciones, pero la tercera queda fuera del alcance proyectado.

En conclusión, mi pequeño experimento demuestra que la hipótesis viral sobre las sombras de las pirámides de Giza no se cumple en la realidad. Este hallazgo refuerza la importancia de validar las afirmaciones antes de aceptarlas como hechos históricos. La arquitectura de Giza sigue siendo un misterio fascinante, pero no todas las teorías populares resisten la prueba de la evidencia.

A esto me respondió un seguidor, con buen criterio, que con una app como ShadeMap, él veía dos sombras el 22 de septiembre y tres el 21 de diciembre, añadiendo que “tocan poco, pero es que hoy tienen la mitad de altura”. Me pareció un excelente apunte. Además, en mi experimento inicial utilicé una maqueta con luz de una linterna con lupa, y otro seguidor sugirió una duda importante: ¿y si la linterna no generaba luz paralela como la del Sol? Esa diferencia podría alterar completamente las proyecciones de las sombras. Y como NO me interesa “tener razón”, sino acercarme lo máximo posible a los hechos, decidí seguir investigando. Así que decidí realizar un nuevo experimento casero, esta vez usando una fuente de luz diferente y lo más colimada posible para acercarme más a la obtención de rayos paralelos, como los del Sol, simulando condiciones más fieles.

El truco casero para simular luz solar paralela que usé fue el de colocar un foco de luz LED sin lámpara a una distancia de 3 metros y puse un cartón negro con un pequeño orificio de 1 mm delante de la linterna. Eso redujo el haz de luz e hizo que los rayos que pasaban fueran más paralelos. El resultado fue el mismo. 

Aún así y con todo, no me quedé satisfecho al 100%, por lo que decidí apelar a la iA. Chat GPT y Gemini 2.5 pro coincidieron en sus valoraciones. Al repasar mi experimento frente a lo que planteó mi interlocutor, que usó ShadeMap, una app de simulación digital de sombras, cabe destacar que las pirámides subsidiarias han perdido prácticamente toda su altura, lo que afecta la longitud de sombra. Pero en mi primera maqueta les di el doble de la altura original, y en esta segunda simulación les di la altura más realista y originales. Por tanto, si con más altura aún no proyecta sombra, menos lo hará en la realidad actual.

Además, incluso yendo a mayores extremos de los ángulos de salida solar, la sombra de la pirámide subsidiaria más al sur no se llega a proyectar sobre la cara este de Keops. Según Chat GPT, mis conclusiones son sólidas, porque:

a) se basan en una reconstrucción proporcional con los datos originales,

b) aplico principios geométricos claros, y

c) el margen de error está limitado por mi fidelidad a escala y ángulos astronómicos.

Por último, decidí probar con cálculos sobre el papel, y para eso también recurrí a la iA, en este caso a Gemini 2.5 Pro., y sus resultados me fueron favorables.

Por supuesto estoy dispuesto a que mis resultados se pongan a prueba o sean refutados por mejores datos o métodos. Gracias a los usuarios que comentaron, sus aportes me llevaron a investigar aún más. Sigo abierto a correcciones, datos y nuevas pruebas. Porque lo apasionante de la historia y la ciencia es que no se trata de creer, sino de verificar. Ahora bien, esto sirve como recordatorio de que sobre la arquitectura de Giza se pueden realizar tantas especulaciones geométricas, matemáticas y astronómicas como el ingenio y la imaginación humana sea capaz, pero no quiere decir que sean ciertas. Y para prueba un botón -o dos.

A finales de los años 1990, Gilbert y Bauval presentaron una hipótesis que fascinó al mundo entero. Sus libros se vendieron en todos los idiomas y sus reportajes los hicieron famosos. Esta hipótesis pretendía que las pirámides están representando en la Tierra la constelación de Orión.  Cuando yo leí la hipótesis, inmediatamente algo me chirrió; no sabía qué era, pero algo no me cuadraba, y tal vez se debiera al hecho de que estaba acostumbrado a hablar de astronomía con mi hermano mayor, que es astrofísico, y con mi padre, que era químico, y los conceptos más básicos los conocía bien.

En aquellos días solía acudir a un descampado enorme que se hallaba cerca de donde vivíamos para contemplar el cielo estrellado, y me imaginaba que era un gigante y que podía contemplar desde lo alto el emplazamiento de las pirámides de la IV dinastía. Incluso tracé un surco amplio y relativamente profundo para que me sirviese de Nilo. Hice con un poco de cartulina las diferentes pirámides, todas ellas guardando sus proporciones en relación a una escala que yo le había dado, y las colocaba cada noche cerca del surco—Nilo, en el lugar donde deberían estar en la realidad. De este modo, podía desplazarme con pasos de gigante y observar a vista de pájaro desde la pirámide de Zawyet el-Aryan, hasta las de Dahshur, pasando por encima de Giza, al tiempo que contemplaba sobre mi cabeza la gran constelación de Orión. Pronto descubrí qué era lo que me hacía dudar de la teoría de Bauval.

La constelación de Orión es una de las más bellas y fáciles de reconocer de firmamento del hemisferio Norte. Imponente, se extiende en el cielo desplegando con claridad su cuerpo etéreo, conformado por más de cuarenta estrellas que dibujan una silueta robusta de un hombre con cinturón caído en un lado, por el peso de la espada que lleva colgada, y que con un brazo extendido sostiene un arco que está tensando. Si bien está compuesta por más de cuarenta estrellas, a ojo desnudo el hombre puede reconocer fácilmente unas catorce.

Pero Bauval reduce la constelación a siete estrellas, para que le cuadre con su hipótesis de hacerlas coincidir con las pirámides de la Dinastía IV. El problema es que las pirámides de la Dinastía IV son más de siete, y encima, de todas ellas, Bauval se queda solo con cinco. Y para más consternación mía, en su hipótesis les asigna a algunas pirámides la correspondencia con la constelación de Orión y a otras con las Híades, en la constelación de Tauro, una constelación que nada tiene que ver con Orión. Pero, así y todo, decidí jugar a su juego y ver si cuadraba realmente.



La constelación de Orión tomada por Bauval está formada por las estrellas Betelgeuse, Bellatrix, Mintaka, Alnilam, Alnitak, Saif y Rigel; las pirámides que conformarían dicha constelación en la Tierra serían Zawyet el-Aryan, Keops, Quefrén, Mikerinos y Abu Rawash, correspondiendo del siguiente modo:

Keops — Alnitak

Quefrén — Alnilam

Mikerinos — Mintaka

Abu Rawash — Saif

Zawyet el-Aryan — Bellatrix

Dejando a un lado, por el momento, el juego tramposo de escoger las pirámides que le vienen mejor, si nos centramos solo en la relación entre las tres pirámides de Giza y el cinturón de Orión, que es lo que supuso el punto de partida de la hipótesis, veremos que la correlación también está forzada. Bauval dice que el tamaño de las pirámides corresponde al tamaño aparente de las estrellas, y no, no es cierto: las pirámides de Giza van de menor a mayor tamaño en línea recta, siendo la de Keops la mayor, la de Mikerinos la menor, y la del centro, Quefrén, la de tamaño mediano (pero muy parecida en tamaño a la de Keops). Sin embargo, en el cinturón de Orión, la estrella de mayor magnitud aparente es precisamente la que ocupa la posición central, es decir, la que correspondería a Quefrén.

La magnitud aparente de Alnilam es de 1.70, frente a los 2.23 de Mintaka y los 2.05 de Alnitak. Estas magnitudes son medidas astronómicas, y cuanto mayor el número, menor el brillo de la estrella. Esto, además, pone de manifiesto que la relación de tamaños entre sí no corresponde tampoco, porque en Giza hay dos pirámides grandes y muy parecidas entre sí, y una mucho más pequeña, mientras que en el cinturón hay dos estrellas pequeñas y una más grande.

La relación del cinturón de Orión con sus cuatro “extremidades” esto es, las estrellas que conforman los hombros izquierdo y derecho, y las que conforman las rodillas izquierda y derecha (o bien los talones) no corresponde a la relación que hay entre las pirámides de Giza y la de Abu Rawash y la de Zawyet el-Aryan, como nos quiere hacer creer Bauval, porque si pasamos un mapa estelar a una escala que muestre la extremidad inferior de Orión, la estrella Saif, a una distancia de 55 milímetros de la estrella más baja del cinturón, Alnitak, y lo comparamos con un mapa que separe también a 55 milímetros las correspondientes pirámides, es decir, Abu Rawash y Keops, veremos que, mientras en el mapa estelar el Cinturón se inclina hacia arriba, en el mapa de las pirámides se inclina hacia abajo, y con una notable diferencia; en segundo lugar, en el mapa estelar la distancia entre la extremidad superior y el Cinturón, es decir, entre Bellatrix y Mintaka, es de 50 milímetros, mientras que en el plano de las pirámides, la distancia entre las correspondientes Zawyet el-Aryan y Mikerinos, es de 31 milímetros. Esto quiere decir que, si la proporción entre ambos mapas se mantiene entre el Cinturón y una de las extremidades, no se mantiene entre éste y cualquier otra de ellas. Es decir, que el parecido entre la constelación de Orión y el plano de las pirámides de la Dinastía IV no llega a ser más que eso un simple parecido. No es algo tan matemático como lo pretende mostrar Bauval. 

En definitiva, la relación entre el cinturón de Orión y las pirámides de Giza no es otra que la de ser tres estrellas y tres grandes pirámides a la vista. Bauval escoge las estrellas que le cuadran más para correlacionarlas con pirámides, pero su juego es completamente arbitrario, pues a tres de las pirámides más grandes, como son las de Snefru, en Dahshur, las relaciona con estrellas de otra constelación y de magnitud aparente mucho menor de lo que le correspondería si estamos a lo que ocurre con las de Giza y el cinturón de Orión. La Pirámide Roja tiene una base de 185 m2, y la correlaciona con la estrella Ain, que tan solo tiene una magnitud aparente de 3.53, lo que quiere decir que es prácticamente imperceptible al ojo humano, y dentro de las Híades hay estrellas mucho más brillantes. ¿Por qué los egipcios representarían, precisamente, una de las menos visibles? Y, además, empleando para ello una pirámide mucho más grande que la que han empleado para representar una estrella mucho más brillante como es Alnitak en el cinturón de Orión.

En definitiva, comprobé rápidamente, a con tan solo 23 años de edad y sin medios a mi alcance, que Bauval había forzado las relaciones para que cuadrara su hipótesis. Pero para entonces, este ingeniero y escritor, ya se había convertido en best seller. Basar una teoría sobre meras coincidencias es lo que ha llevado a cientos de investigadores, y de esotéricos, a cometer grandes errores. Como ya he dicho antes, esto sirve como recordatorio de que sobre la arquitectura de Giza se pueden realizar tantas especulaciones geométricas, matemáticas y astronómicas como el ingenio y la imaginación humana sea capaz, pero no quiere decir que sean ciertas.

Y para demostrarlo, he desarrollado una teoría basada, precisamente, en correlaciones astronómicas y astrofísicas. La he denominado 

LA TEORÍA DE LA MAQUETA PLANETARIA

¿Y si los antiguos egipcios conocían los secretos del cosmos mucho antes que nosotros? Lo que estás a punto de descubrir cambiará todo lo que creías saber.

Las Pirámides de Giza… ¿una maqueta a escala del Sistema Solar?

Durante siglos, los arqueólogos han estudiado estos colosales monumentos, pero nadie había notado una conexión inquietante con los planetas rocosos… hasta ahora.

LAS PRUEBAS SON IRREFUTABLES

Mercurio, Venus y la Tierra: tres planetas cuya relación matemática y proporción coincide exactamente con la disposición de Keops, Quefrén y Mikerinos.

Los tres primeros planetas del sistema solar son Mercurio, Venus, y la Tierra.  Sus tamaños van de menor a mayor, siendo el radio de la Tierra de 6.378 kilómetros, el radio de Venus de 6.051 kilómetros, y el radio de Mercurio de 2.442 kilómetros. Siendo la Tierra el mayor planeta de los tres, podemos decir que, Venus es 0,9 veces el tamaño de la Tierra, y Mercurio es 0,4 veces este tamaño. Expresado de modo matemático:

r Tierra = 6.378 Km factor 1;

r Venus = 6.051 Km f 0,9;

r Mercurio = 2.442 Km f 0,4.

Pues bien, las tres pirámides de Giza guardan entre sí la misma proporción: la pirámide de Keops tiene una base de 230 metros cuadrados, la de Quefrén tiene una base de 214,5 metros cuadrados, y la de Mikerinos de 105 metros cuadrados. Si tomamos la pirámide más grande como factor de escala uno, como hemos hecho con la Tierra y los otros dos planetas, resulta que Quefrén es 0,9 veces el tamaño de Keops y Mikerinos es 0,4 veces Keops.

Expuesto en modo matemático, es así:

Keops = 230 m2 factor 1;

Quefrén = 214,5 m2 f 0,9;

Mikerinos = 105 m2 f 0,4.

Las cifras hablan por sí solas: Sus bases guardan las mismas proporciones que los diámetros de los planetas. Como vemos, entonces, Keops guarda la misma proporción con Quefrén que la Tierra con Venus, y la misma proporción con Mikerinos que la Tierra con Mercurio.

Esto podría indicar que los egipcios representaron las medidas de la Tierra con la pirámide de Keops; las de Venus con la de Quefrén; y las de Mercurio, con la de Mikerinos.

 

En otras palabras:

La pirámide de Keops representa a la Tierra. La pirámide de Quefrén refleja las proporciones de Venus. La pirámide de Mikerinos se alinea perfectamente con Mercurio.

A esto hay que sumarle el no menos despreciable factor de que las pirámides están dispuestas en el mismo orden. Y esta evidencia me hizo preguntarme si los egipcios no habrían representado también las distancias entre los planetas. Y, para mi mayor asombro, resulta que sí, que las tres pirámides están, proporcionalmente, a la misma distancia entre sí que los tres planetas. Veámoslo:

Sus distancias entre sí reflejan las distancias orbitales al Sol.

Si trazamos un punto arbitrario en el desierto—lo llamaremos P—y medimos las posiciones de las pirámides, obtenemos algo inexplicable:

 ¡Las distancias entre ellas son EXACTAMENTE proporcionales a las distancias de los planetas al Sol!

La distancia de la Tierra al Sol es de 152 millones de kilómetros; la distancia de Venus al Sol es de 106 millones de kilómetros; y la distancia de Mercurio al Sol es de 56 millones de kilómetros.

Como para el caso de las pirámides no disponemos de un punto inicial de dónde medir la distancia, como es el Sol en el caso de los planetas, para trazar nuestra línea, fijemos un punto, que llamaremos P, de un modo totalmente arbitrario. Si, con centro en P trazamos circunferencias concéntricas, a modo de órbitas, que pasen por el centro de la base de las tres pirámides o su cúspide, resulta que los radios de estas circunferencias, que denominaremos rK, rQ, y rM, mantienen la misma proporción entre sí que la proporción entre las distancias de los tres planetas (Tierra, Venus, Mercurio) al Sol, distancias que denominaremos DT, DV, y DM. Expresado en términos matemáticos:

rQ / rK = DV / DT ; y rM / rK = DM / DT .


Si cogemos un plano de las pirámides de Giza a escala y sobre él trazamos la línea antes citada, en dirección Suroeste, y sobre ésta colocamos el punto P a una distancia de 152 milímetros (desde la cúspide, o centro de la base de la pirámide de Keops), para que en términos numéricos la comparación resulte igual a la distancia real que hay desde la Tierra al Sol (152 millones de kilómetros), veremos que, la pirámide de Quefrén quedará a una distancia de 101 milímetros del punto P, y la de Mikerinos a una distancia de 56 milímetros de P.

Por tanto, como vemos, resulta que las distancias son proporcionalmente iguales a las de las pirámides.

Puesto de un modo más sencillo, vemos que:

Tierra-Sol=152 M Km; Keops-P=152 mm

Venus-Sol=106 M Km; Quefrén-P=101 mm

Mercurio-Sol=56 M Km; Mikerinos-P=56 mm.

Las distancias son exactas.

Y si esto te parece sorprendente… ¡prepárate para el siguiente dato!

Resulta que los egipcios también respetaron las masas de cada planeta, reproduciéndola en las pirámides correspondientes. Así, vemos que la pirámide de Keops tiene una masa de 6,18 millones de toneladas; Quefrén de 5,28 millones de toneladas; y Mikerinos tiene una masa de 0,57 millones de toneladas. Esto quiere decir que, tomando otra vez la pirámide de Keops, por ser la mayor, como punto de comparación, Quefrén es 0,8 veces Keops en tonelaje, y Mikerinos es 0,09 veces Keops en tonelaje. Otra vez vemos que los planetas guardan la misma relación y proporción entre sí que las pirámides, ya que, la masa de la Tierra es de 5,9733x1024 Kg, y Venus es 0,8 veces la masa de la Tierra, y Mercurio es 0,06 veces la masa de la Tierra. Vemos, pues, que la masa de la Tierra viene representada por la masa de la pirámide de Keops; la masa de Venus viene representada por la de Quefrén; y la de Mercurio por la de Mikerinos.

LAS MASAS DE LAS PIRÁMIDES REPRODUCEN LAS MASAS DE LOS PLANETAS

Keops, Quefrén y Mikerinos tienen la misma relación de masa entre sí que la Tierra, Venus y Mercurio. ¿Casualidad? ¿O conocimiento oculto que la historia ha ignorado?

¿Qué sabían los egipcios sobre el Sistema Solar? ¿Quién les transmitió este conocimiento? ¿Y qué más podrían haber dejado oculto en sus construcciones?

Lo que hemos descubierto aquí desafía todo lo que nos han enseñado. La historia oficial puede estar equivocada…

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Te he mostrado un análisis sorprendente, basado en números reales y proporciones exactas.

Pero aquí está la verdad: nada de esto prueba que los egipcios tuvieran conocimientos avanzados sobre el Sistema Solar. ¿Cómo es posible?

Porque cuando buscamos patrones, nuestra mente juega un papel fundamental. Los seres humanos estamos programados para encontrar conexiones donde, en realidad, no las hay.

Sí, las cifras son correctas. Pero no, las proporciones no coinciden, o no lo hacen necesariamente. Por ejemplo, para las distancias de los planetas las medidas que uso no son mentira, son las cifras reales; la mentira está en el hecho de que los planetas en sus órbitas excéntricas no están siempre a la misma distancia. Además, escogí la distancia que las pirámides guardan entre sí de cúspide a cúspide, pero no de lado a lado. Es un truco hábil que resulta convincente porque propone datos reales, aunque la propuesta sea falsa.

De hecho, con suficientes números y creatividad, podemos hacer que casi cualquier conjunto de estructuras encaje en una teoría sorprendente. Si quisiéramos, podríamos encontrar patrones entre los rascacielos de Nueva York y los átomos de un cristal de hielo.

Este experimento demuestra lo fácil que es fabricar una historia aparentemente irrefutable. Para este mokumentary, he utilizado las estrategias propias de los reportajes sensacionalistas de alienígenas y civilizaciones super desarrolladas del pasado. Estos programas sensacionalistas suelen utilizar estrategias lingüísticas y psicológicas diseñadas para captar la atención, mantener el interés y reforzar la sensación de credibilidad, aunque los argumentos sean más especulativos que científicos.

Entre sus tácticas, es común ver:

1.       Repetición de frases clave. Frases como: "Esto podría cambiar la historia tal y como la conocemos" o "Los expertos no pueden explicarlo... pero aquí está la prueba" son un buen ejemplo.

2.       Uso de términos misteriosos o impactantes: Expresiones como "prueba irrefutable", "descubrimiento que lo cambia todo" o "lo que la ciencia no quiere que sepas" generan curiosidad y emoción. 

3.       Interrogación retórica: Preguntas como "¿Y si todo lo que sabemos fuera una mentira?" o "¿Es posible que nos hayan estado engañando todo este tiempo?"

4.       Apelación a la autoridad: Se presentan testimonios de "expertos" cuya credibilidad puede ser discutible, pero que aportan una apariencia de legitimidad. "Los estudios demuestran que..." o "Según cálculos precisos, esto es irrefutable" o "La evidencia sugiere que estamos ante un hallazgo sin precedentes."

5.       Narrativa envolvente: La historia se cuenta de forma intrigante y con un ritmo que mantiene la atención constante, como en un thriller.

Todo esto es parecido a técnicas de marketing, publicidad y propaganda, porque busca generar un impacto emocional antes que una reflexión racional. La clave está en que nuestro cerebro tiende a recordar mejor lo que nos genera emoción, más que lo que nos exige análisis crítico.

Esas frases son clave en el lenguaje sensacionalista. Frases impactantes y llamativas como:

"Los análisis detallados han comprobado que..."

"Los investigadores han quedado atónitos ante esta revelación."

Preguntas retóricas para sembrar duda

"¿Y si todo lo que sabemos fuera una mentira?"

"¿Podría esto ser la clave para entender nuestro pasado oculto?"

"¿Es posible que las civilizaciones antiguas tuvieran conocimientos que aún hoy no comprendemos?"

"¿Por qué nadie habla de esto?"

Refuerzo de misterio y emoción

"Un enigma que ha desconcertado a los científicos durante décadas."

"Las pruebas son claras, pero ¿por qué nadie lo ha investigado antes?"

"Esto desafía todo lo que creíamos saber."

En el caso de la Teoría de la maqueta planetaria, hay que empezar por decir que el primer error sería el de llamarla “teoría” en lugar de “hipótesis”, pero “teoría” vende más.

En segundo lugar, la hipótesis es falsa por que, simplemente, lo que hago es falsear, sin mentir, los números que uso; es decir, decido escoger los números que me sirven para mi propuesta y desecho los que no me sirven. De este modo, todo cuadra de manera que lo hace parecer realista y sensacional.

Por eso, programas como estos pueden ser entretenidos, pero siempre es bueno verlos con una dosis de escepticismo. Ahora que lo sabes, ¿qué otras "verdades" podrían ser solo una ilusión?

Moraleja: No todo lo que suena convincente es cierto. La próxima vez que veas una teoría impactante en Internet… pregúntate: ¿Hay pruebas reales, o solo conexiones circunstanciales? ¿Estamos viendo un patrón legítimo, o nuestra mente nos está engañando?

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