A la luz de los recientes resultados del Informe PISA (OCDE, 2026), es común presenciar una reacción generalizada de alarma social que interpreta las cifras como el síntoma ineludible de un colapso cultural. Sin embargo, analizando los datos desde una perspectiva menos negativa y más amplia, es posible desarrollar una conclusión diferente. Me estoy planteando la posibilidad de que tal vez el desastroso resultado no sea un indicativo de que las cosas van a peor, sino de que las cosas hayan cambiado radicalmente en lo que a evolución humana se refiere. Me estoy planteando que, tal vez, lejos de constituir un mero indicador de decadencia, este escenario pueda estar reflejando una mutación profunda en la propia evolución humana. Esta lectura conecta directamente con la visión del progreso optimista defendida por autores como Steven Pinker, quien en sus análisis sobre la trayectoria de la humanidad demuestra cómo nuestras capacidades de adaptación cultural superan constantemente las visiones catastrofistas del declive intelectual. Y es que, frente a la tentación de contraponer los paradigmas educativos tradicionales a los actuales –evidenciando la pérdida de la disciplina del silencio, la tolerancia al aburrimiento, la atención sostenida y la comprensión lectora frente al auge de la baja tolerancia a la frustración y la hiperestimulación audiovisual–, atribuir la caída del rendimiento exclusivamente a un deterioro cultural entraña el riesgo de incurrir en un reduccionismo simplista.
Sería más fácil, desde luego, revisar los hábitos y
costumbres educativos del pasado y compararlos con los de hoy en día, y
contrastar un paradigma educativo de siglos con el de las últimas décadas.
Siguiendo las premisas de la psicología conductivista y del aprendizaje –en la
línea de los estudios sobre modificación de conducta y adquisición de hábitos
iniciados por figuras como Bloom–, veríamos que han desaparecido la disciplina
del silencio (que reportaba pingües beneficios a la capacidad de
concentración), el entrenamiento en el arte de aburrirse (que desarrollaba
destrezas de autoconocimiento), la capacidad de atención pasiva y, por
supuesto, la comprensión lectora y resolución de problemas (ya sea matemáticos,
físicos o de conceptos éticos y filosóficos). Veríamos que, en contraste,
existe la cultura de la tolerancia cero a la frustración, la sobreestimulación
supersónica, la demanda constante de estímulos altamente estimulantes (valga la
redundancia), tanto visualmente como desde el punto de vista auditivo (imágenes
y músicas altamente atractivas) y una oferta infinita de dichos estímulos que
se adapta a todos los gustos habidos.
Caer, por tanto, en la observación de que eso va en
detrimento de los resultados académicos corre el riesgo, como apuntaba antes,
de convertirse en un reduccionismo simplista del análisis de la humanidad. Como
bien enseñan los grandes referentes de la antropología cultural, desde los
trabajos estructuralistas de Claude Lévi-Strauss hasta las aportaciones sobre
la funcionalidad social de Bronislaw Malinowski, las estructuras cognitivas y
normativas de una sociedad no son absolutas ni universales, sino respuestas
adaptativas a un determinado contexto material y tecnológico. Pretender juzgar
las competencias de un ecosistema digital hiperconectado con los parámetros de
la escuela industrial decimonónica es un error epistemológico de primer orden.
Ahora bien, cuidado aquí, no niego que haya una
pérdida de asimilación de conocimiento. Lo que discuto es la verdadera
necesidad de ese conocimiento a la luz de las nuevas tecnologías. Si, hasta
ahora, el conocimiento ha sido en gran medida la herramienta desarrollada por
el ser humano para sobrevivir en la naturaleza y desarrollar todo lo necesario
para que esa supervivencia se transformara en convivencia cómoda, cívica y de
mayor esperanza de vida, no quiere decir que siga siendo necesaria una vez se
haya desarrollado por completo el uso y control de la IA.
Cuestionemos entonces el prisma analítico: ¿y si el
paradigma ha cambiado por completo? Si hoy es posible condensar el saber de un
volumen de cuatrocientas páginas en un resumen de pocos minutos mediante la
inteligencia artificial, y profundizar en él a través del debate crítico con la
máquina, el beneficio académico se optimiza en una fracción infinitesimal de
tiempo. Esto supera con creces el método convencional de la lectura prolongada
y la revisión en el aula.
Hace más de veinte años, en otro artículo de
opinión, me pregunté si el cine podría reemplazar a los libros debido a su
mayor capacidad de absorción narrativa anual, es decir, si el cine no podría
sustituir a la lectura por cuanto se podían ver miles de películas en un año,
pero solo se podían leer decenas (a lo sumo centenares) de libros en un año, y
mi respuesta se inclinó hacia las ventajas neuronales del proceso lector. Hoy,
la cuestión resurge con la IA: ¿no nos aportará un beneficio superior,
transformando cualitativamente el pensamiento, el razonamiento y la
creatividad?
Desde los marcos de la filosofía de la ciencia,
este fenómeno encaja perfectamente en lo que Thomas Kuhn denominó un cambio de
paradigma: cuando las herramientas conceptuales y operativas de una época
entran en crisis porque surge un modelo explicativo y operativo infinitamente
más eficaz, el viejo sistema no se repara, se reemplaza. Del mismo modo, en el
terreno de la teoría del conocimiento, la propuesta de Karl Popper sobre la
falsabilidad y el crecimiento del conocimiento objetivo encuentra en la inteligencia
artificial un acelerador sin precedentes; ya no dependemos exclusivamente de la
lenta acumulación inductiva individual, sino de un procesamiento
algorítmicamente asistido que expande la frontera de lo cognoscible a una
velocidad geológica.
Quizá estemos asistiendo al alumbramiento de un
nuevo tipo de ser humano, comparable a la transformación antropológica que
supuso la Revolución Neolítica. El Neolítico no solo transformó la técnica, la
estructura social, la demografía y la economía, sino que –como sostengo en mi
obra Nueva Teodicea. El origen de dios– supuso una profunda revolución
de la cognición simbólica, el nacimiento del homo cereris. La IA podría
estar haciendo lo mismo, pero a escala acelerada. No nos hallamos ante una
humanidad superior ni inferior, sino distinta; sencillamente más adaptada al
nuevo entorno tecnológico que hemos forjado, un ser humano cuya capacidad
intelectual se destinará al control, entendido como dominio y posesión para no
ser dominado y poseído por la IA. Ya hemos presenciado como la IA ha resuelto
problemas matemáticos que la comunidad científica llevaba décadas tratando de
descifrar. No es descabellado inferir que el futuro de los conocimientos en
materia de astrofísica, cosmología, mecánica cuántica, genética, etc., deriven
del mismo agente. La humanidad, entonces, tendría que centrar su actividad
neuronal, su energía pensante, exclusivamente en la dirección y control de ese
misma agente, como un director de orquesta con sus músicos.
Con todo, un análisis riguroso impulsado por el
rigor científico nos obliga a detenernos en una seria advertencia teórica: la
posibilidad real de la atrofia funcional. Así como en la evolución biológica y
en las teorías antropológicas del desarrollo material –recordando las tesis
históricas sobre la evolución cultural de autores como los analizados en la
tradición etnológica de etnógrafos como los sintetizados por la escuela de
antropología cultural y estudios de cultura material–, la pérdida de fricción y
de esfuerzo adaptativo puede comportar riesgos. Si delegamos por completo la
decodificación, el análisis y la estructuración del pensamiento en un agente
exógeno como la IA, corremos el riesgo de atrofiar las facultades
cognitivas orgánicas que han sustentado la autonomía intelectual del ser
humano. Al igual que el músculo que no se ejercita o las especies cavernícolas
que pierden la visión por desuso, la desaparición de la necesidad de procesar
la complejidad de forma interna podría desencadenar no una superación,
sino una dependencia regresiva.
La prudencia de esos tiempos verbales –‘corremos
el riesgo de’ y ‘podría desencadenar’– responde precisamente a que
estamos ante un territorio evolutivo inédito. A diferencia de la Revolución
Neolítica o de la invención de la imprenta, donde el ser humano seguía siendo
el motor exclusivo del procesamiento cognitivo, la inteligencia artificial
introduce por primera vez una discontinuidad radical: un agente exógeno que
piensa por y para nosotros. Al no existir precedentes históricos de una
externalización cognitiva de esta magnitud, la relación de causa-efecto no
puede determinarse de forma determinista. Mi uso del condicional no necesariamente
niega la hipótesis; lo único que señala es el abismo de incertidumbre sobre lo
que ocurrirá con ese nuevo ser humano. Si la evolución biológica y
cultural requiere fricción, resistencia y resolución de problemas para generar
adaptaciones complejas, la eliminación total de esa fricción mediante la tutela
de la IA podría generar el camino del estancamiento o atrofia funcional, un
escenario en el que, al no haber demanda de procesamiento interno, el sistema
cognitivo humano simplemente se replegaría (como el músculo que no se usa). En
la evolución biológica, la pérdida de una función no garantiza en absoluto la
aparición de otra milagrosa; a menudo, la naturaleza simplemente simplifica los
organismos que dejan de necesitar órganos complejos (pensemos en los animales
cavernarios que pierden la vista). Pero, y he aquí mí propuesta más atrevida, también
podría conducir a una mutación hacia nuevas formas de sensibilidad, creatividad
pura o capacidades superiores de integración emocional y social, desprovistas
del lastre memorístico y analítico. El ser humano podrá embarcarse en una nueva
aventura evolutiva desarrollando quién sabe qué otras destrezas cerebrales o
habilidades emocionales (¿telepatía, telequinesis, percepción extrasensorial…).
Mi planteamiento nos sitúa ante una disyuntiva
filosófica colosal: ¿es la inteligencia artificial la herramienta que nos
permitirá eclosionar hacia un estadio superior de la conciencia humana, o es el
principio de una simbiosis donde el ser humano renuncia al esfuerzo del
pensamiento a cambio de confort, arriesgándose a devenir un eslabón pasivo de
su propia creación? En mi opinión, la visión del optimismo ilustrado nos invita
a mirar más allá de los temores apocalípticos. ¿No estaremos viviendo el
principio de un nuevo tipo de ser humano, del mismo modo que los seres humanos
prehistóricos vivieron el nacimiento de un nuevo tipo humano durante el largo y
lento proceso de la Revolución Neolítica? Como bien argumentan pensadores
contemporáneos de la lingüística y la cognición como Noam Chomsky, la
arquitectura mental humana posee una plasticidad extraordinaria; los cambios en
los inputs ambientales y tecnológicos reconfiguran nuestras redes neuronales
sin destruir la esencia de la creatividad o el razonamiento, sino dotándolos de
nuevas formas de expresión.
En conclusión, sostengo que podríamos estar viviendo
un nuevo cambio de mundo, un nuevo paradigma de humanidad, una humanidad más adaptada
al nuevo entorno que hemos creado, del mismo modo que ocurrió con el desarrollo
de la agricultura, la ganadería y las ciudades durante el cambio de mundo de la
Prehistoria al Neolítico. Si históricamente el conocimiento acumulativo y la
lectura intensiva fueron las prótesis cognitivas necesarias para dominar la
naturaleza y construir la civilización industrial, hoy la inteligencia
artificial se alza como la nueva frontera evolutiva. El ser humano se libera de
la pesada carga del almacenamiento y procesamiento bruto de datos para
embarcarse en una aventura inédita, donde las destrezas cerebrales y las
dimensiones emocionales o intuitivas del porvenir redefinirán por completo
nuestra condición en el cosmos.

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