¿Puede una pseudociencia acabar siendo ciencia? La diferencia que casi nadie entiende

No todo lo que desafía a la ciencia es pseudociencia. Pero tampoco todo lo que desafía a la ciencia es una revolución científica.

¿Podría una idea pseudocientífica acabar siendo reconocida por la ciencia? En otras palabras, ¿podría una idea como la de los astronautas del pasado o como la de la Tierra plana acabar siendo científicamente aprobada?

Thomas S. Kuhn en su obra La estructura de las revoluciones científicas nos muestra que la ciencia no ha avanzado siempre como una acumulación lineal de verdades, sino que ha atravesado periodos en los que algunas ideas consideradas correctas terminaron siendo abandonadas.

Por tanto, ¿podríamos dejar la puerta abierta a las “teorías” pseudocientíficas?


Antes de abordar el tema concreto de la pseudociencia vamos a ver, de forma muy resumida, qué es la Historia y cómo debemos ver a la ciencia.

Solemos pensar en la historia como una sucesión de eventos que se suceden unos a otros de forma lineal, es decir, que un rey sucedió a otro, que un imperio sucedió a otro o que una guerra vino después de otra. Incluso dibujamos líneas del tiempo para colocar en nuestra mente los hechos históricos. Se diría que la mayoría de nosotros piensa en los acontecimientos históricos como en el celuloide de una película en la que cada fotograma es un acontecimiento distinto. Pero la sucesión de eventos históricos se parece más a las bolas de billar, y las bolas no van rodando empujadas por la que va detrás, sino que se dispersan, chocan entre sí, rebotan y vuelven a dispersarse mientras otras se acercan. Y así es, precisamente, como advienen los acontecimientos históricos. No se trata de una trayectoria lineal, sino de una distribución en forma de ramas de arbusto.

Con la ciencia ocurre exactamente lo mismo. Una ley científica no vino detrás de otra anterior, como quien coloca un peldaño encima de otro para hacer una escalera hacia el conocimiento. Hubo épocas, y algunas muy largas, de muchos siglos, en las que varias teorías científicas se mantenían al mismo tiempo por diferentes escuelas, teorías que, en muchos casos, se invalidaban unas a otras. Incluso se han dado casos de teorías científicas que resultaron ser erróneas o directamente falsas.

Por tanto, comprender que toda la sucesión de eventos del pasado describe una historia arbustiva tiene implicaciones importantes que afectarán a la visión que tengamos de la historia, y, por tanto, a la hora de desarrollar teorías o hipótesis.

Dicho esto, el error de quienes buscan alienígenas o civilizaciones avanzadas en la Antigüedad es que tienen una visión simplista de la Historia y, en general, de la ciencia. Su error es el de mirar en conjunto a los diferentes yacimientos arqueológicos (pirámides, megalitos, líneas de Nazca, etc.) pero aplicando un razonamiento lineal, en el que la explicación ha de ser lineal. Es como quien camina hacia atrás por la orilla del mar y contempla sus propias pisadas. El arqueólogo, en cambio, intenta leer también aquello que ya no está. Busca las marcas que sobrevivieron al tiempo, las capas que se superpusieron, los objetos desplazados, las estructuras alteradas y las pequeñas señales que permiten reconstruir las huellas que ya no están; y no se queda ahí, sino que, trabajando de manera arbustiva y no lineal, recurriendo a la multidisciplinariedad, busca lo que borró las huellas para determinar si fue el mar, el tiempo, el clima, el abandono, la destrucción o una combinación de varios o todos ellos. Pero el pseudocientífico se queda en su planteamiento lineal.

Ahora bien, no se trata de decir ¿lo acepta la arqueología?, y punto. Criticar a la pseudociencia significa hacerse un montón de preguntas como:

¿Quién propone la hipótesis?

¿Dónde la ha publicado?

¿Ha pasado revisión por pares?

¿Qué métodos utiliza?

¿Qué datos presenta?

¿Los datos permiten realmente la conclusión que extrae?

¿Otros investigadores han reproducido los resultados?

¿Existen explicaciones alternativas?

¿Qué evidencias predice cada hipótesis?

¿Qué evidencia podría falsarla?

¿Cómo ha respondido la comunidad científica?

Así pues, no se trata de afirmar que algo es falso porque los expertos dicen que es falso. Se trata de ver si realmente es falso. A eso llegamos descubriendo si una afirmación es correcta, parcialmente correcta, una hipótesis plausible pero no demostrada, una interpretación minoritaria, o sencillamente una afirmación sin fundamento. Sí, porque la ciencia no consiste en creer lo que dice la mayoría de los científicos. Consiste en someter las explicaciones a la evidencia, incluso cuando esa evidencia nos obliga a revisar lo que creíamos saber.

Vayamos a un ejemplo concreto, Puma Punku. Este es uno de los yacimientos predilectos de los sensacionalistas y pseudocientíficos. Éstos se han pasado largas horas documentando la exactitud de los bloques, el peso de cada uno, así como la manera en la que encajan unos con otros. Sin contar con la falsedad de sus mediciones, que exagera la precisión de los bloques, se han olvidado de mirar más allá de las propias estructuras; se han olvidado de incluir el factor humano en sus estudios, cosa que han hecho deliberadamente, puesto que necesitan llegar a convencernos de que no lo hay, puesto que buscan al alienígena. Pero, cuando ampliamos la mirada y dejamos de contemplar únicamente los bloques monumentales, encontramos las canteras y las zonas de extracción de las materias primas utilizadas por los constructores de Tiwanaku. Los estudios arqueológicos y geológicos han identificado fuentes de la arenisca empleada en Puma Punku en la cordillera de Kimsachata, y en lugares como Kaliri se han encontrado incluso bloques parcialmente trabajados que ayudan a reconstruir el proceso de producción.

Pero ¿resuelve esto el enigma de cómo se pudo construir Puma Punku? No del todo. Pero sí cambia por completo la pregunta. Ya no necesitamos imaginar una tecnología desconocida capaz de fabricar bloques imposibles. Tenemos que preguntarnos cómo una sociedad humana consiguió extraer, transportar, trabajar y ensamblar enormes piezas de piedra con las herramientas y los conocimientos que tenía a su disposición. Y eso es precisamente lo que hace la arqueología: no se limita a contemplar el resultado final.

Entonces, de nuevo, ¿significa esto que no es verdaderamente inverosímil la arquitectura de Puma Punku? ¿Realmente debemos descartar la hipótesis de que no fue realizada por seres humanos?

El sentido puramente científico nos dice que no, que no debemos descartar a priori nada, ni siquiera la construcción alienígena. Pero, nuevamente, lo que ha de cambiar es el enfoque. No podemos decir “no sabemos cómo lo hicieron, entonces es obvio que lo hicieron los alienígenas”. En primer lugar, no hay evidencias de presencia alienígena -y el que diga que las hay que simplemente las aporte. En segundo lugar, quedarnos simplemente en que fueron los alienígenas no es resolver el problema, puesto que eso simplemente abriría muchísimas más preguntas sin resolver:

¿Dónde se asentaron esos alienígenas?

¿Por qué vinieron?

¿De dónde vinieron?

¿Hay más como ellos?

¿Siguen vivos?

¿Siguen viniendo?

¿Para qué levantaron Puma Punku?

¿Qué objetivo tenían?

¿Para qué les serviría?

¿Por qué no encontramos ningún resto residual de su existencia a parte de su obra constructiva?

Y a todas esas preguntas la respuesta sería siempre la misma: no lo sabemos.

El que compra teorías sensacionalistas y creen en pseudociencia se queda más que satisfecho con eso. Para ellos el no saber eso se debe a otro gran misterio, el de los extraterrestres en sí, pero que no es asunto de ellos resolverlo, lo mismo que ocurre con la creencia en Dios o con el terraplanismo.

Ahora que, lo que debemos preguntarnos es ¿qué buscan realmente los que plantean este tipo de soluciones o explicaciones? La respuesta es oscura y maliciosa: lo que buscan en realidad es transmitir la sensación de que la ciencia no tiene ni idea y no lo quiere reconocer, o de que la ciencia nos oculta la verdad, y en cualquiera de los dos casos el fin último es el de ir en contra de los establecido. Es una necesidad de rebelarse contra todo tipo de control y de autoridad, y, desde su punto de vista, la ciencia supone un control de la población y ejerce una fuerte autoridad.

Por eso, para salir de esa conspiranoia es importante recordar que la ciencia se equivoca, se ha equivocado en el pasado y se seguirá equivocando. La ciencia no consiste en creer lo que dice la mayoría de los científicos. Consiste en someter las explicaciones a la evidencia, incluso cuando esa evidencia nos obliga a revisar lo que creíamos saber. Y es aquí donde entra en juego la propuesta que hice al principio: No todo lo que desafía a la ciencia es pseudociencia. Pero tampoco todo lo que desafía a la ciencia es una revolución científica. Ahora bien, Kuhn tampoco debería convertirse en una especie de comodín para legitimar cualquier teoría marginal. Una revolución científica no se produce simplemente porque alguien presente una explicación contraria al paradigma dominante. Hace falta un problema real, evidencia, capacidad explicativa, trabajo acumulativo y, finalmente, una comunidad científica que encuentre razones para abandonar el marco anterior.

Volvamos a Puma Punku. Allí, efectivamente, encontramos una arquitectura extraordinariamente sofisticada. Pero sofisticación no significa tecnología imposible. Significa conocimiento. Significa planificación. Significa una enorme capacidad de organización y de trabajo. Y significa, sobre todo, algo que los sensacionalistas suelen olvidar cuando buscan una explicación extraordinaria: que los seres humanos del pasado eran capaces de hacer cosas extraordinarias. De hecho, existe una hipótesis mucho más interesante de lo que normalmente cuentan los divulgadores. En 2019, Joseph Davidovits y Luis Huaman publicaron en Materials Letters un estudio científico en el que propusieron que determinadas piedras de Puma Punku podían ser un antiguo geopolímero artificial. Proponen que las grandes losas de arenisca contienen granos de arenisca cementados por una matriz amorfa ferro-sialato que habría sido producida mediante intervención humana, un geopolímero de arenisca moldeado in situ. No estamos hablando de un blog de antiguos astronautas. Es un trabajo científico publicado y con resultados analíticos que merecen ser examinados.  Su propuesta es que los antiguos habitantes tihuanakos inventaron un tipo de hormigón que vertían en moldes de madera y que, al solidificarse se convertía en los bloques que hoy vemos.

Pero una hipótesis científica publicada no se convierte automáticamente en un hecho demostrado. La propuesta necesita ser reproducida, contrastada con otras muestras y reconciliada con la evidencia arqueológica de canteras, materiales y técnicas de talla. En palabras del propio Thomas S. Kuhn: “La historia sugiere que el camino hacia un firme consenso en la investigación es extraordinariamente arduo”. La arqueología no está simplemente diciendo «sabemos de dónde salió todo». El propio artículo de Davidovits revisa trabajos anteriores sobre las fuentes de arenisca y propone una identificación diferente —Kallamarka— basándose en sus análisis. Es decir: hay una discusión científica real sobre la procedencia de los materiales. Aquí tenemos científicos que no están de acuerdo entre sí. ¿Qué hacemos? ¿Elegimos al que nos gusta? No. Comparamos los métodos y la evidencia.

Y precisamente aquí está la diferencia entre ciencia y pseudociencia: la ciencia no necesita esconder una hipótesis incómoda porque todavía no esté aceptada. La pone sobre la mesa y pregunta: ¿qué evidencia permitiría demostrarla o refutarla?

Sin embargo, cada vez que a un pseudocientífico o investigador de los astronautas del pasado o a un terraplanista se le ha propuesto poner sobre la mesa la pregunta para refutar o demostrar sus ideas, éstos hábilmente han escurrido el bulto.


La diferencia, en fin, está en que los científicos deben exponerse a la contrastación de sus hipótesis y aceptarlo cuando resultan estar equivocadas. Los otros, no.

La arqueología no necesita extraterrestres para explicar el pasado. Hay preguntas abiertas, sí. Hay hipótesis diferentes. Algunas están mejor respaldadas que otras. Y alguna, como la propuesta de los geopolímeros de Davidovits, merece ser examinada precisamente porque ha intentado responder al problema mediante análisis científicos publicados.

Pero ahí está la diferencia fundamental: una hipótesis no se convierte en verdad o en falsa porque desafíe al consenso. Lo que importa es qué evidencia aporta, qué predicciones hace, si otros pueden reproducir sus resultados y qué explicación resiste mejor cuando ponemos todas las pruebas sobre la mesa.

Porque, recuerda, la historia no es lo que crees, es lo que puedes demostrar.

 

 

 

 

 

 

Macrohistoria analítica y física social

Si siempre has pensado que la historia se repite, que todo es cíclico, entonces no te equivocabas –al menos, no del todo.

Resulta que las matemáticas han encontrado la fórmula que lo explica. Es una fórmula muy elegante –de las que tanto les gusta a los físicos teóricos y a los matemáticos para demostrarlo. Esa ciclicidad tiene su propia fórmula. La ciclicidad o la repetición de esos ciclos se estructura en torno a la idea de Laplace y Gauss, descrita perfectamente en otra bellísima y elegante fórmula, esta:


Esta fórmula, que describe una curva, la famosa campana de Gauss, no implica por sí misma ciclicidad. Una campana de Gauss es un fenómeno de ida y vuelta única (un nacimiento, un cénit y un declive que empieza en cero y vuelve a cero). Lo que ocurre es que cada fenómeno aislado está, en realidad, conectado a tantos otros, cada uno de ellos con su propia campana de Gauss.

La explicación de por qué surge la campana nos la da el Teorema del Límite Central. Este teorema nos dice que si agitas una cantidad monumental de pequeñas causas independientes (átomos chocando, errores de medición, variaciones genéticas, decisiones económicas de millones de ciudadanos), el resultado inevitable —por simple matemática— será siempre esa campana de Gauss.

Así que, cuando los historiadores cuantitativos analizan civilizaciones milenarias (como el Imperio Romano o las dinastías chinas), no ven una sola campana gigante que abarque toda su existencia, sino una sucesión encadenada de ondas o pulsos. Cada pulso es un ciclo secular (que dura entre 150 y 300 años): una fase de crecimiento demográfico y expansión económica seguida de una crisis de sobrepoblación, revueltas y colapso parcial.

Gráficamente, el devenir histórico de una gran civilización a lo largo de milenios se parece más a una sierra de dientes o a una secuencia de ondas superpuestas (múltiples pequeñas campanas enlazadas) que a una única parábola aislada. Estos sistemas matemáticos generan de forma natural oscilaciones periódicas o ciclos. El sistema sube porque hay abundancia de recursos; al escasear los recursos, la tensión sube (la crisis); el sistema colapsa o se contrae, la población disminuye, los recursos se regeneran, y el sistema vuelve a arrancar en un nuevo ciclo.

La forma exacta de la campana de Gauss aparece en el estudio formal del pasado a través de varios enfoques y disciplinas. De entre todas, la Cliodinámica y los Ciclos Seculares son las más interesantes.

Fundada formalmente por el ecologista y matemático Peter Turchin, la cliodinámica trata la historia como una ciencia empírica y cuantitativa. Utilizando bases de datos masivas (como el proyecto Seshat), los investigadores modelan el auge y la caída de los imperios, la integración sociopolítica y las crisis demográficas mediante ecuaciones diferenciales. Y también hay una fórmula para representarlo. Es esta:


Esta integral muestra o sirve para describir que, por muchos altibajos, guerras, crisis o épocas doradas que atraviese una sociedad, todo lo que ocurre a lo largo de su existencia forma parte de un ciclo cerrado que tarde o temprano cumple con las reglas del sistema.

Con sus estudios, la cliodinámica demuestra que las sociedades agrarias e industriales operan como sistemas complejos adaptativos que experimentan "ciclos seculares" regulares de expansión, sobrepoblación, colapso y reorganización.

Es así que, las investigaciones de Laplace y Gauss son perfectamente aplicables a la historia, ideal para ilustrar el "pulso" de un ciclo secular: el ascenso, el cénit y el colapso gradual de una civilización o estructura social. Permite asociar la altura de la curva con la concentración de poder, población o tensión sociopolítica en un momento dado del devenir histórico.

La cliodinámica explica el devenir interno y regular de las sociedades (el "pulso" o latido del sistema): cómo la demografía, la producción agrícola, la fiscalidad y la sobreproducción de élites interactúan de forma previsible a lo largo de los siglos. Son procesos acotados y recurrentes que generan fluctuaciones de auge y crisis moderada.

Por otro lado, las leyes de potencia (power laws) y la teoría de la criticidad autoorganizada no analizan el ciclo ordinario, sino la distribución estadística de los eventos extremos, las catástrofes y los colapsos sistémicos de gran magnitud (como una guerra devastadora o el colapso de la Edad del Bronce).

Para entender cómo coexisten ambos enfoques, resulta útil pensar en la tectónica de placas. Los ciclos seculares actúan como la acumulación lenta y constante de tensión mecánica a lo largo de las fallas geológicas (un proceso estructural, acumulativo y rítmico). Sin embargo, cuando se mide la magnitud y frecuencia de los terremotos resultantes, estos no siguen una distribución normal ni un ciclo periódico simple, sino una ley de potencia (la ley de Gutenberg-Richter): hay muchos sismos pequeños y una escasez extrema pero desproporcionada de sismos catastróficos.

En la historia civilizatoria ocurre un fenómeno análogo. Las tensiones estructurales que estudia Turchin van "cargando el sistema" de forma cíclica y predecible; sin embargo, el punto exacto de rotura, la velocidad de propagación de un conflicto o la profundidad del colapso se comportan como un sistema crítico donde un evento minúsculo puede desencadenar una reacción en cadena desproporcionada.

Los ciclos marcan el compás temporal de la vulnerabilidad institucional y el agotamiento de los recursos, mientras que las leyes de potencia explican la severidad y la escala de las fracturas cuando esa vulnerabilidad colapsa. Ambas perspectivas demuestran que el devenir histórico no es un caos absoluto ni un reloj mecánico puramente determinista, sino una danza entre bucles de retroalimentación interna y puntos de inflexión no lineales.

Ambos enfoques describen dimensiones complementarias de los sistemas sociohistóricos complejos, operando a escalas diferentes y enfocándose en fenómenos distintos dentro de la misma macroestructura.

Ahora bien, después de todo esto, no podemos concluir que la historia se repite, que todo es cíclico, en el sentido más estricto de la frase. Aunque su aplicabilidad es universal en los dominios de la gran escala y la agregación, no todo el universo cabe en la campana de Gauss. Si bien la distribución normal rige los procesos donde intervienen múltiples variables independientes aditivas (como el Teorema del Límite Central), el estudio de eventos históricos extremos —como la duración de las guerras, la magnitud de las revoluciones o el colapso de las civilizaciones— tiende a revelar distribuciones de Pareto o leyes de potencia. Esto significa que los cambios civilizatorios profundos o las catástrofes no se distribuyen de forma "normal" o moderada, sino que obedecen a dinámicas de sistemas críticos auto-organizados, donde un pequeño evento puede desencadenar una disrupción masiva.

El propio universo físico y los sistemas humanos también producen fenómenos donde la campana fracasa estrepitosamente: son los sistemas caóticos extremos, los terremotos masivos, la distribución de la riqueza (leyes de Pareto) o las catástrofes históricas (como una pandemia global o una guerra mundial). En esos casos el universo deja de promediar las cosas de forma suave y se vuelve imprevisible y extremo.

En Secular Cycles, de Peter Turchin & Sergey Nefedov (Princeton University Press), o Introduction to Social Macrodynamics, de Andrey Korotayev et al., encontraremos el estudio detallado de todo esto.

 

Nuevo paradigma antropológico: La encrucijada evolutiva que plantea la IA

A la luz de los recientes resultados del Informe PISA (OCDE, 2026), es común presenciar una reacción generalizada de alarma social que interpreta las cifras como el síntoma ineludible de un colapso cultural. Sin embargo, analizando los datos desde una perspectiva menos negativa y más amplia, es posible desarrollar una conclusión diferente. Me estoy planteando la posibilidad de que tal vez el desastroso resultado no sea un indicativo de que las cosas van a peor, sino de que las cosas hayan cambiado radicalmente en lo que a evolución humana se refiere. Me estoy planteando que, tal vez, lejos de constituir un mero indicador de decadencia, este escenario pueda estar reflejando una mutación profunda en la propia evolución humana. Esta lectura conecta directamente con la visión del progreso optimista defendida por autores como Steven Pinker, quien en sus análisis sobre la trayectoria de la humanidad demuestra cómo nuestras capacidades de adaptación cultural superan constantemente las visiones catastrofistas del declive intelectual. Y es que, frente a la tentación de contraponer los paradigmas educativos tradicionales a los actuales –evidenciando la pérdida de la disciplina del silencio, la tolerancia al aburrimiento, la atención sostenida y la comprensión lectora frente al auge de la baja tolerancia a la frustración y la hiperestimulación audiovisual–, atribuir la caída del rendimiento exclusivamente a un deterioro cultural entraña el riesgo de incurrir en un reduccionismo simplista.

Sería más fácil, desde luego, revisar los hábitos y costumbres educativos del pasado y compararlos con los de hoy en día, y contrastar un paradigma educativo de siglos con el de las últimas décadas. Siguiendo las premisas de la psicología conductivista y del aprendizaje –en la línea de los estudios sobre modificación de conducta y adquisición de hábitos iniciados por figuras como Bloom–, veríamos que han desaparecido la disciplina del silencio (que reportaba pingües beneficios a la capacidad de concentración), el entrenamiento en el arte de aburrirse (que desarrollaba destrezas de autoconocimiento), la capacidad de atención pasiva y, por supuesto, la comprensión lectora y resolución de problemas (ya sea matemáticos, físicos o de conceptos éticos y filosóficos). Veríamos que, en contraste, existe la cultura de la tolerancia cero a la frustración, la sobreestimulación supersónica, la demanda constante de estímulos altamente estimulantes (valga la redundancia), tanto visualmente como desde el punto de vista auditivo (imágenes y músicas altamente atractivas) y una oferta infinita de dichos estímulos que se adapta a todos los gustos habidos.

Caer, por tanto, en la observación de que eso va en detrimento de los resultados académicos corre el riesgo, como apuntaba antes, de convertirse en un reduccionismo simplista del análisis de la humanidad. Como bien enseñan los grandes referentes de la antropología cultural, desde los trabajos estructuralistas de Claude Lévi-Strauss hasta las aportaciones sobre la funcionalidad social de Bronislaw Malinowski, las estructuras cognitivas y normativas de una sociedad no son absolutas ni universales, sino respuestas adaptativas a un determinado contexto material y tecnológico. Pretender juzgar las competencias de un ecosistema digital hiperconectado con los parámetros de la escuela industrial decimonónica es un error epistemológico de primer orden.

Ahora bien, cuidado aquí, no niego que haya una pérdida de asimilación de conocimiento. Lo que discuto es la verdadera necesidad de ese conocimiento a la luz de las nuevas tecnologías. Si, hasta ahora, el conocimiento ha sido en gran medida la herramienta desarrollada por el ser humano para sobrevivir en la naturaleza y desarrollar todo lo necesario para que esa supervivencia se transformara en convivencia cómoda, cívica y de mayor esperanza de vida, no quiere decir que siga siendo necesaria una vez se haya desarrollado por completo el uso y control de la IA.

Cuestionemos entonces el prisma analítico: ¿y si el paradigma ha cambiado por completo? Si hoy es posible condensar el saber de un volumen de cuatrocientas páginas en un resumen de pocos minutos mediante la inteligencia artificial, y profundizar en él a través del debate crítico con la máquina, el beneficio académico se optimiza en una fracción infinitesimal de tiempo. Esto supera con creces el método convencional de la lectura prolongada y la revisión en el aula.

Hace más de veinte años, en otro artículo de opinión, me pregunté si el cine podría reemplazar a los libros debido a su mayor capacidad de absorción narrativa anual, es decir, si el cine no podría sustituir a la lectura por cuanto se podían ver miles de películas en un año, pero solo se podían leer decenas (a lo sumo centenares) de libros en un año, y mi respuesta se inclinó hacia las ventajas neuronales del proceso lector. Hoy, la cuestión resurge con la IA: ¿no nos aportará un beneficio superior, transformando cualitativamente el pensamiento, el razonamiento y la creatividad?

Desde los marcos de la filosofía de la ciencia, este fenómeno encaja perfectamente en lo que Thomas Kuhn denominó un cambio de paradigma: cuando las herramientas conceptuales y operativas de una época entran en crisis porque surge un modelo explicativo y operativo infinitamente más eficaz, el viejo sistema no se repara, se reemplaza. Del mismo modo, en el terreno de la teoría del conocimiento, la propuesta de Karl Popper sobre la falsabilidad y el crecimiento del conocimiento objetivo encuentra en la inteligencia artificial un acelerador sin precedentes; ya no dependemos exclusivamente de la lenta acumulación inductiva individual, sino de un procesamiento algorítmicamente asistido que expande la frontera de lo cognoscible a una velocidad geológica.

Quizá estemos asistiendo al alumbramiento de un nuevo tipo de ser humano, comparable a la transformación antropológica que supuso la Revolución Neolítica. El Neolítico no solo transformó la técnica, la estructura social, la demografía y la economía, sino que –como sostengo en mi obra Nueva Teodicea. El origen de dios– supuso una profunda revolución de la cognición simbólica, el nacimiento del homo cereris. La IA podría estar haciendo lo mismo, pero a escala acelerada. No nos hallamos ante una humanidad superior ni inferior, sino distinta; sencillamente más adaptada al nuevo entorno tecnológico que hemos forjado, un ser humano cuya capacidad intelectual se destinará al control, entendido como dominio y posesión para no ser dominado y poseído por la IA. Ya hemos presenciado como la IA ha resuelto problemas matemáticos que la comunidad científica llevaba décadas tratando de descifrar. No es descabellado inferir que el futuro de los conocimientos en materia de astrofísica, cosmología, mecánica cuántica, genética, etc., deriven del mismo agente. La humanidad, entonces, tendría que centrar su actividad neuronal, su energía pensante, exclusivamente en la dirección y control de ese misma agente, como un director de orquesta con sus músicos.

Con todo, un análisis riguroso impulsado por el rigor científico nos obliga a detenernos en una seria advertencia teórica: la posibilidad real de la atrofia funcional. Así como en la evolución biológica y en las teorías antropológicas del desarrollo material –recordando las tesis históricas sobre la evolución cultural de autores como los analizados en la tradición etnológica de etnógrafos como los sintetizados por la escuela de antropología cultural y estudios de cultura material–, la pérdida de fricción y de esfuerzo adaptativo puede comportar riesgos. Si delegamos por completo la decodificación, el análisis y la estructuración del pensamiento en un agente exógeno como la IA, corremos el riesgo de atrofiar las facultades cognitivas orgánicas que han sustentado la autonomía intelectual del ser humano. Al igual que el músculo que no se ejercita o las especies cavernícolas que pierden la visión por desuso, la desaparición de la necesidad de procesar la complejidad de forma interna podría desencadenar no una superación, sino una dependencia regresiva.

La prudencia de esos tiempos verbales –‘corremos el riesgo de’ y ‘podría desencadenar’– responde precisamente a que estamos ante un territorio evolutivo inédito. A diferencia de la Revolución Neolítica o de la invención de la imprenta, donde el ser humano seguía siendo el motor exclusivo del procesamiento cognitivo, la inteligencia artificial introduce por primera vez una discontinuidad radical: un agente exógeno que piensa por y para nosotros. Al no existir precedentes históricos de una externalización cognitiva de esta magnitud, la relación de causa-efecto no puede determinarse de forma determinista. Mi uso del condicional no necesariamente niega la hipótesis; lo único que señala es el abismo de incertidumbre sobre lo que ocurrirá con ese nuevo ser humano. Si la evolución biológica y cultural requiere fricción, resistencia y resolución de problemas para generar adaptaciones complejas, la eliminación total de esa fricción mediante la tutela de la IA podría generar el camino del estancamiento o atrofia funcional, un escenario en el que, al no haber demanda de procesamiento interno, el sistema cognitivo humano simplemente se replegaría (como el músculo que no se usa). En la evolución biológica, la pérdida de una función no garantiza en absoluto la aparición de otra milagrosa; a menudo, la naturaleza simplemente simplifica los organismos que dejan de necesitar órganos complejos (pensemos en los animales cavernarios que pierden la vista). Pero, y he aquí mí propuesta más atrevida, también podría conducir a una mutación hacia nuevas formas de sensibilidad, creatividad pura o capacidades superiores de integración emocional y social, desprovistas del lastre memorístico y analítico. El ser humano podrá embarcarse en una nueva aventura evolutiva desarrollando quién sabe qué otras destrezas cerebrales o habilidades emocionales (¿telepatía, telequinesis, percepción extrasensorial…).

Mi planteamiento nos sitúa ante una disyuntiva filosófica colosal: ¿es la inteligencia artificial la herramienta que nos permitirá eclosionar hacia un estadio superior de la conciencia humana, o es el principio de una simbiosis donde el ser humano renuncia al esfuerzo del pensamiento a cambio de confort, arriesgándose a devenir un eslabón pasivo de su propia creación? En mi opinión, la visión del optimismo ilustrado nos invita a mirar más allá de los temores apocalípticos. ¿No estaremos viviendo el principio de un nuevo tipo de ser humano, del mismo modo que los seres humanos prehistóricos vivieron el nacimiento de un nuevo tipo humano durante el largo y lento proceso de la Revolución Neolítica? Como bien argumentan pensadores contemporáneos de la lingüística y la cognición como Noam Chomsky, la arquitectura mental humana posee una plasticidad extraordinaria; los cambios en los inputs ambientales y tecnológicos reconfiguran nuestras redes neuronales sin destruir la esencia de la creatividad o el razonamiento, sino dotándolos de nuevas formas de expresión.

En conclusión, sostengo que podríamos estar viviendo un nuevo cambio de mundo, un nuevo paradigma de humanidad, una humanidad más adaptada al nuevo entorno que hemos creado, del mismo modo que ocurrió con el desarrollo de la agricultura, la ganadería y las ciudades durante el cambio de mundo de la Prehistoria al Neolítico. Si históricamente el conocimiento acumulativo y la lectura intensiva fueron las prótesis cognitivas necesarias para dominar la naturaleza y construir la civilización industrial, hoy la inteligencia artificial se alza como la nueva frontera evolutiva. El ser humano se libera de la pesada carga del almacenamiento y procesamiento bruto de datos para embarcarse en una aventura inédita, donde las destrezas cerebrales y las dimensiones emocionales o intuitivas del porvenir redefinirán por completo nuestra condición en el cosmos.

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