Bulos, Historias y Mitos: Un Viaje por la Posverdad con Pinker y Bloch

Vamos a hablar de posverdad. La RAE la define así: f. Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. La Wikipedia le dedica un largo artículo en el que menciona su origen y desarrollo y explica que el término posverdad fue popularizado por las obras de los periodistas que escribieron libros que analizaban la situación sociopolítica del momento, especialmente tras las primeras elecciones de Donald Trump, en EE.UU., el Brexit, en el Reino Unido y tras las declaraciones falsas de G.W. Bush en relación a los atentados del 11S. Y todo ello está muy bien; pero yo, que me caracterizo por ser de los que quieren las cosas claras y el chocolate espeso, antes que posverdad prefiero hablar de bulos.

La palabra bulo, además, es muy antigua, y los bulos, lo sabemos, existen desde que los seres humanos nos establecimos en sociedades civilizadas. Tucídides, el gran historiador griego y padre de la politología, hace más de dos mil años dijo: “Los seres humanos prefieren, en vez de buscar la verdad, lo cual les es indiferente, adoptar opiniones que les vienen dadas”. Esta cita la recoge Marc Bloch en su artículo Metodología Histórica, y la acompaña del siguiente comentario: “La verificación necesita un esfuerzo, mientras que el simple hecho de creer no”.

Y aunque la posverdad puede que sea un fenómeno que haga referencia a la actualidad, la condición humana es la que es y ha sido siempre más o menos la misma. Steven Pinker, en su obra En defensa de la ilustración, nos dice al respecto: "No estamos en una era de la posverdad. La mendacidad, el ensombreciendo de la verdad, las teorías de la conspiración, los engaños populares extraordinarios y los delirios multitudinarios son tan viejos como nuestra especie, pero también lo es la convicción de que ciertas ideas son correctas y otras son incorrectas. La misma década que ha visto el ascenso del embustero Trump y sus seguidores incapaces de distinguir la realidad de la ficción, ha sido testigo del surgimiento de una nueva ética de comprobación de los hechos. Esta ética nos habría prestado un buen servicio en las décadas precedentes, cuando los falsos rumores provocaban con frecuencia pogromos, disturbios, linchamientos y guerras". 

El problema es, en mi opinión, simple y llanamente, el desconocimiento unido a la pereza que da el conocimiento. Saber, estar informados, cotejar datos, contrastar fuentes y reflexionar de forma crítica sobre las narrativas al uso suponen demasiado trabajo, demasiado esfuerzo, demasiado tiempo. El ser humano, en todas las épocas, ha tenido demasiado trabajo, ha estado demasiado cansado y no ha tenido tiempo como para vacunarse contra los bulos. Volviendo a citar a Marc Bloch, historiador que escribió a principios del siglo XX sobre esta cuestión, nos pone de manifiesto que sus contemporáneos no eran distintos a nosotros en cuanto a esto de los bulos. En su artículo Reflexiones de un historiador acerca de los bulos surgidos durante la guerra, publicado en 1921, explica ampliamente el fenómeno de creación y difusión de la mentira hecha noticia, y nos dice: “El error solo se propaga, solo se amplifica, como consecuencia de una condición: que encuentre un caldo de cultivo favorable en la sociedad por la que se difunde. A través de él, y de modo totalmente inconsciente, los hombres expresan sus prejuicios, sus odios, sus lamentos, todas sus emociones fuertes”, y más adelante nos dice: “el bulo es el espejo en que la conciencia colectiva contempla sus propios rasgos”. Es Pinker, de nuevo, en su obra citada, quien explica, sin rodeos, a qué se debe esta máxima de Bloch sobre el bulo y se debe, ni más ni menos, que a la propia naturaleza humana. “Las personas son por naturaleza analfabetas e incompetentes en el cálculo; cuantifican el mundo contando 🙶uno, dos, muchos🙷 y con burdas estimaciones. Entienden las cosas físicas como dotadas de esencias ocultas que obedecen las leyes de la magia simpática o el vudú más que de la física y la biología [...]. Creen que las palabras y los pensamientos pueden influir en el mundo físico mediante las plegarias y las maldiciones. Subestiman la prevalencia de las coincidencias. Generalizan a partir de muestras insignificantes, especialmente de su propia experiencia, y razonan mediante estereotipos proyectando las características típicas de un grupo sobre cualquier individuo perteneciente a él. Infieren la causación a partir de la correlación. Piensan holísticamente, en blanco y negro, y físicamente, tratando las redes abstractas como cosas concretas. No son tanto científicos intuitivos cuanto abogados y políticos intuitivos, que presentan las evidencias que confirman sus convicciones al tiempo que desestiman aquellas que las contradicen. Sobreestiman su propio conocimiento, entendimiento, rectitud, competencia y suerte”. 

No es de extrañar, pues, que los bulos, no solo campen a sus anchas entre nuestros entrecomillados conocimientos, sino que sean creados con tanta profusión. Marc Bloch nos explica que “todo bulo nace siempre como consecuencia de representaciones colectivas preexistentes a su propio nacimiento; el bulo solo es fortuito en apariencia o, más precisamente, todo lo que en él hay de fortuito se limita exclusivamente al incidente inicial, cualquiera que éste haya sido, que ponen en funcionamiento a la imaginación; sin embargo, esta puesta en marcha solo tiene lugar debido a que la imaginación ya había sido previamente dispuesta, de modo firme y callado, para ello”.

Nuestra naturaleza es, pues, la que se halla detrás de la creación de bulos y la fantasía es su herramienta. Cuanto más ingenioso sea su artífice, más creíble resultará el bulo y más se propagará, pero, eso sí, siempre y cuando refleje el sentir común de la comunidad, tanto en simpatía como en antipatía.

Posverdad, por tanto, es el nuevo término para definir a una sociedad que abraza los bulos, se recrea en ellos y los difunde sin contemplaciones. Pero no, no se trata de algo nuevo. Lo que sí está pintando un panorama distinto es la inmediatez y la inmensa difusión que reciben los bulos debido a las RRSS. Esta inmediatez e inmensa difusión produce desinformación masiva, o, lo que es lo mismo, infoxicación.

Imaginemos que queremos cocinar un pastel de posverdad. ¿Qué ingredientes necesitaríamos? En primer lugar, es importante señalar que sus ingredientes son de dos tipos, los de exceso y los de carencia.

Los ingredientes de exceso son:

1 cucharada de vanidad (muchos hablan de narcisismo, pero a mi me gusta más hablar de vanidad)

1 cucharada de instinto básico (o emociones a flor de piel)

1 cucharada de hiper susceptibilidad

2 cucharaditas de pereza intelectual

Una pizca de arrogancia

Una pizca de ingenuidad (la creencia en que cualquier cosa es posible, incluso la magia, es un ingrediente que le dará un toque especial)

3 cucharadas colmadas de ignorancia (de esto hay que ponerle en abundancia)

Una pizca de espíritu de crítica (que contrarrestará el ingrediente de carencia de juicio crítico) y, por último

mentiras, muchas mentiras, cuantas más le añadamos a nuestro pastel, más grande crecerá.

En cuanto a los ingredientes de carencia, son tan importantes como los de exceso, pues será esta carencia la que le dé mayor fuerza a los anteriores y permitirá que el pastel crezca y se haga esponjoso. Necesitaremos,

1 cucharada de falta de sentido común (esto es básico, pues sin esta carencia el bollo entero se nos vendrá abajo)

1 cucharadita de carencia de integridad política

Una pizca de neopositivismo (cuidado aquí, advertencia a los jóvenes, no se trata del ingrediente que hace que todo lo veamos de manera positiva, sino de destacar la importancia del análisis del lenguaje y de la metodología científica; tiene que haber una carencia total de este ingrediente o de lo contrario, de nuevo, el pastel se nos viene abajo)

3 cucharadas de falta de juicio crítico (es este ingrediente, como decía más arriba, el que contrarresta el exceso de espíritu de crítica, porque si el pastel de la posverdad crece es debido, en gran parte, a ese exceso de espíritu de enfrentamiento a lo establecido y a los hechos, a la verdad.

Se comprenderá por qué si al pastel le echásemos la levadura del juicio crítico, todo ese espíritu se desinflaría por el proceso de fermentación del propio razonamiento. Así que, a la posverdad hay que echarle mucho espíritu y poco juicio. Y con esto terminamos la lista de los ingredientes.

Ahora bien, para que un pastel se cocine adecuadamente es necesario tener un buen horno y, tal vez, el escenario de la pandemia de la COVID19 fuera uno de los mejores. Era un momento en el que mantener la mente fría y la calma era imprescindible y, sin embargo, hubo periodistas que se dedicaron a alterar los hechos, inoculando, además, el terror y la histeria colectiva. En ese horno pandémico, el pastel de la posverdad se hizo bien grande, esponjoso y apetitoso –tanto que, quien más y quien menos, todos mordimos un pedacito para nosotros.

Los que operan el horno, subiendo la temperatura para alcanzar la más adecuada para la fermentación del pastel son los periodistas y los políticos. De nuevo Pinker a este respecto nos propone una descripción precisa y perspicaz, y es que tanto la política como la prensa son ajenas al método científico, por lo que con sus mensajes dejan a la sociedad inmersa en una laguna en la que “las preguntas con consecuencias extraordinarias para la vida y la muerte se responden mediante métodos que sabemos que conducen al error, tales como las anécdotas, los titulares, la retórica y la opinión de la persona mejor pagada”.

El periodista, a diferencia del científico, no busca la verdad sino el sensacionalismo. A mí me gusta dividir el sensacionalismo en dos grandes grupos, a saber, el de cuentos de hadas y el de cuentos de brujas. El primero, el de cuentos de hadas, son las noticias que hacen referencia a las bodas –o divorcios–, nacimiento de hijos, infidelidades, etc. de los famosos y miembros de las familias reales, así como avances tecnológicos sorprendentes. Son el sensacionalismo feliz. Por otro lado, el de cuentos de brujas es el tipo de noticia tremendista. Pinker nos dice que: “Sea cierto o no que el mundo esté empeorando, la naturaleza de las noticias interactuará con la naturaleza de la cognición para hacernos pensar que lo es”. A este fenómeno se lo conoce como heurística de disponibilidad, concepto que le debemos a los psicólogos Kahneman y Tversky. Se refiere concretamente al hecho de que tenemos un sentimiento triste acerca del mundo que se manifiesta de un modo catastrofista (el gusto por la distopía es una de sus facetas). Pinker nos señala que, aunque los accidentes de coches son por cientos de miles mucho más frecuentes que los accidentes de avión, casi nadie tiene miedo al coche y millones tienen miedo a volar; aunque el asma mate a más de 4 mil personas al año solo en EE.UU. y los tornados a menos de 50, consideramos más grave el tornado que el asma. Y los periodistas se aprovechan de esto. Ellos convierten en súper noticias los accidentes de aviones, pero no a los de coches; en sensación informativa a los tornados, pero no al asma. Las noticias hablan de las cosas que van mal, y aunque la mayoría de las cosas vayan bien, mientras haya una sola que vaya mal, los noticieros llenarán sus titulares de esa información negativa. Los periodistas no trabajan para reportarle al mundo las cosas que van bien sino para todo lo contrario.

Esto nos coloca ante un dilema: ¿Qué ocurre cuando no hay suficiente cantidad de cuentos de brujas o los que hay no son lo suficientemente impactantes? Es en estos casos cuando los periodistas, al igual que los políticos, cogen los datos y los manejan a su antojo, cortando y pegando la información, descontextualizando los hechos para así crear el escenario que necesitan, el escenario que les conviene.

Vale la pena hacer un pequeño paréntesis para hablar un poco más del pesimismo colectivo, un ingrediente que no he mencionado en la lista de ingredientes porque se trata de un aromatizador y no es indispensable. Ahora que, ¡sabemos bien lo importante que es el aroma para cualquier bizcocho que se precie!

El pesimismo colectivo se podría resumir en la sentencia milenaria de que todo tiempo pasado fue mejor. Se trata del convencimiento absoluto de que todo o casi todo va peor que antes, hasta el punto de que las risotadas saltan en cuanto a alguien se lo oye decir que las cosas van a ir mejor. En la obra En defensa de la ilustración, a la que ya hemos hecho referencia, Pinker lo explica con todo lujo de detalles, datos y gráficos, y es por ello una lectura obligada para toda persona que quiera estar preparada y ser crítica ante el mundo que nos rodea. Este autor nos muestra que la psicología ha demostrado que el deseo por lo bueno no es tan grande ni tan fuerte como el miedo a lo malo. Baumeister y Bratslavsky, entre otros, son los científicos que han desarrollado estas conclusiones. Lo malo es más fuerte que lo bueno. La preocupación por las pérdidas es más grande que el deseo de las ganancias, y nos sentimos siempre mucho más tristes por las cosas malas de lo que nos sentiremos bien por las cosas buenas. Es parte de la condición humana. Vean esto: Amabile, en 1983, demostró que, entre dos críticos, uno que ponga verde a un libro y otro que lo elogie, el primero será percibido por el público como mucho más serio y veraz que el segundo. Si lo destripa, es que sabe lo que dice; si lo alaba, es que quiere vendernos algo y no merece ni que lo escuchemos. Fíjense en este dato que nos proporciona Pinker: entre el año 2003 y el 2016 se publicaron decenas de libros sobre el progreso del mundo y un esperanzador futuro, escritos por eminentes científicos y pensadores y, sin embargo, los premios Pulitzer se entregaron a 4 libros sobre genocidio, a 3 sobre el terrorismo, a 2 sobre el cáncer, a otros 2 libros sobre el racismo y a 1 sobre la extinción.

Es lo que alimenta a las noticias, es de lo que viven los periodistas, y es lo que nos hacen fagocitar a las personas, aprovechándose de que nuestra naturaleza tenderá a esto: si hay sangre, sexo o morbo, venderá.

En cuanto a los políticos, calaña de la peor clase, además de aprovecharse como carroñeros de esta naturaleza catastrofista del ser humano –uno de sus mayores defectos–, en lugar de enseñar y educar a la sociedad, se inventa las noticias para hacerlas más favorables a su campaña electoral. El sistema democrático es, sin duda, el mejor sistema que ha desarrollado el ser humano para gobernar sus sociedades, y no seré yo quien lo ponga en duda. Pero desde luego no es un sistema perfecto ni anda escaso de defectos. De todos ellos, el peor defecto de los gobiernos democráticos son sus políticos. El diseño mismo del parlamento es el que hace aguas por todas partes y necesitaría, para empezar, de un buen filtro para evitar que cualquiera pueda sentarse en un escaño, y de una válvula de escape para evitar que estalle desde dentro y así no repetir casos como el de Mussoloni, por ejemplo. Pero otro gran fracaso del sistema parlamentario es el hecho de que reúne a personas de diferentes andaduras, con diferentes gustos y muy distinta preparación para resolver situaciones que en la mayoría de los casos ni han vivido ni conocerán jamás. Y eso no sería un problema si los informes que recibiesen no estuvieran sesgados por los colores partidistas, intenciones electoralistas e intereses privados y particulares de los mismos políticos.

Volviendo a nuestro pastel de la posverdad, cuando la mezcla entra en el horno –y siempre que lo hayamos preparado todo correctamente– es cuando esos cuentos de brujas se transforman en cientos de millones de mensajes de WhatsApp, Twitter o Facebook y ya las personas no somos capaces de distinguir entre lo que es real y lo que no lo es. 

El pastel de la posverdad se presenta en múltiples sabores. Está el pastel Nopisamoslaluna, que es uno de mis favoritos, en el que el ingrediente de la expresión crítica le da gran textura y le aporta un aroma único; el pastel Vacunasautismo que, junto al Tierraplana, aunque no de mi gusto, son todo un éxito y reciben el cuerpo de pastosa esponjosidad gracias al ingrediente de la ignorancia. No hay que olvidarse de los pasteles Meofende y el Meidentifico que son, posiblemente, los que más de moda estén ahora mismo, y sus ingredientes estrella son la hiper susceptibilidad y la pereza intelectual.

Los lectores de este artículo de este mi humilde blog que hayan llegado hasta aquí se sentirán, digo yo, bastante desesperanzados ante este espectáculo del mundo que no dista mucho del que tantos y tantos autores nos han descrito en sus novelas y obras de ficción. ¿Tiene remedio esto? ¿Hay una solución? La respuesta es sí. Un sí rotundo. Saber saber y saberse ignorante son las claves. En particular, y esto lo opino desde que era un alumno de secundaria, el conocimiento de la historia, y más que el conocimiento de los datos históricos su estudio, es el antídoto contra la posverdad, contra los bulos. Vuelvo a Steven Pinker y su obra En defensa de la ilustración: “Ser conscientes de nuestro país y de su historia, de la diversidad de costumbres y creencias a lo largo y ancho del planeta y a través de las épocas, de los errores garrafales y los triunfos de las civilizaciones pasadas, de los microcosmos de las células y los átomos y los macrocosmos de los planetas y las galaxias, de la realidad etérea del número, la lógica y el patrón: todo esto nos eleva verdaderamente a un plano superior de la conciencia. Constituye un don de la pertenencia a una especie inteligente con una larga historia”. Y quiero dejar a los lectores de este mi humilde blog con esta reflexión con la que terminó Marc Bloch su discurso en la Entrega solemne de Premios del Liceo de Amiens, en el curso escolar de 1913-1914: “El individuo prevenido, que conoce la extrañeza de los testimonios exactos, está menos dispuesto que el ignorante a acusar de mentiroso al amigo que se equivoca. Y el día en que, en público, ustedes tengan que tomar parte en cualquier gran debate, ya se trate de someter a nuevo examen una causa juzgada con excesiva rapidez o debo votar por un individuo o por una idea, no olviden nunca el método histórico. Es una de las vías que conducen a la verdad”.

Nada es verdad. Todo es posible. La veracidad de la ciencia: lecciones del pasado en la era de la desinformación

El debate sobre el cambio climático me ha enseñado que también se puede desconfiar de los científicos. Para mí, la ciencia era sinónimo de verdad. Lo mismo que su religión para cualquier creyente, la ciencia era para mí incuestionable y, casi como un talibán, embestía contra todos aquellos que la pusieran en duda. Y de todas las que he peleado, la batalla contra los herejes creacionistas ha sido la más apasionada. Que se niegue la teoría de la evolución me irrita especialmente –y me produce pena al mismo tiempo y creo que no se hace lo suficiente para terminar con esa plaga mental. Supongo, no obstante, que, al igual que ha ocurrido con el fenómeno del terraplanismo –tan bochornoso para los que lo promovieron–, simplemente habrá que esperar a que se den de bruces con la realidad. No obstante, ahora comprendo mejor a los detractores de la ciencia ya que, como apuntaba al principio, el debate sobre el cambio climático ha puesto de manifiesto que efectivamente la ciencia se puede poner en duda. Esto, dicho así, me produce escalofríos. Pero los científicos son seres humanos también y, como cualquier otro ser humano, también saben mentir.

  


Si bien la ciencia como tal no miente, puede haber teorías erróneas que persistan durante mucho tiempo. El ejemplo más interesante es, en mi opinión, el del éter. Es este uno de los criterios erróneos que ha perdurado más tiempo. Fue propuesto por primera vez por Aristóteles, en el siglo IV a.e.c., como un concepto filosófico, pero fue durante el siglo XVII que se convertiría en una noción científica. Se formuló la teoría de que el éter luminífero era el medio necesario para que las ondas de luz viajaran por el espacio –de manera similar a como el sonido viaja a través del aire–, un medio infinito e invisible que permeaba el universo entero. Esto fue aceptado ampliamente hasta el siglo XX, y científicos de la talla de Newton, Maxwell, Kelvin y Lorentz lo promulgaban sin titubeos. Incluso hubo un experimento, en 1887, realizado por los científicos Michelson y Morley para demostrar su existencia. La teoría del éter no se abandonó hasta la llegada de la Teoría General de la Relatividad de Einstein, en 1915. Y si bien es cierto que la ciencia avanza mediante el cuestionamiento, la revisión de evidencias y, a veces, aprendiendo de errores, también lo es que ha habido casos de científicos que han mentido de manera deliberada y flagrante.

    En 1912, el arqueólogo Charles Dawson afirmó haber encontrado el eslabón perdido de la evolución humana. El Hombre de Piltdown, que es como se llamó a este supuesto eslabón perdido, resultó ser un engaño premeditado. ¡Eran una mandíbula de orangután y un cráneo humano modificados para parecer antiguos! Este fraude no fue expuesto hasta más de cuarenta años después, gracias a las mejores técnicas de datación.

   Con todo, uno podría pensar que se trata de cosas del pasado. Nada más lejos de la realidad. Los fraudes científicos no son cosa del pasado. En 2004 y 2005, el científico surcoreano Hwang Woo-suk afirmó haber clonado embriones humanos y extraído células madre. Tiempo después, sus estudios fueron revelados como fraudulentos y la comunidad científica lo condenó ampliamente. Este es uno de los casos más notables de las falsificaciones científicas. Pero no el único. En 1998, el médico inglés Wakefield anunció que la vacuna triple vírica producía autismo. Aunque posteriormente se descubriera que había manipulado datos y que tenía conflictos de interés y, por tanto, su estudio fuera desmentido y retirado, lo cierto es que causó un gran impacto en los movimientos antivacunas que perdura aún hoy día.

    En la lista de las falsedades científicas ocupa un lugar infame y tristemente notable el de la lobotomía. Esta práctica fue popularizada por el neurólogo portugués António Egas Moniz, en los años 1930 y 1940, como un tratamiento válido para trastornos mentales graves como la esquizofrenia o la depresión. La lobotomía consistía en introducir un escalpelo por la nariz del paciente y con un golpe firme de martillo cortar las conexiones en el lóbulo frontal del cerebro. Moniz recibió el premio Nobel en 1949 por su trabajo. Sin embargo, sus efectos resultaron ser devastadores: pérdida de funciones cognitivas, cambios de personalidad severos, incapacitación permanente… El Dr. Walter Freeman fue uno de los principales defensores de la lobotomía y realizó miles de estas operaciones, en su mayoría con resultados trágicos. Entre ellos, el caso de Rosemary Kennedy, de 23 años, la hermana del presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy, a la que sometió a una lobotomía en 1941. La intervención dejó a Rosemary con una discapacidad mental severa y pasó el resto de su vida en instituciones de cuidado. Esta práctica no fue desacreditada hasta mediados del siglo XX.

   La física también ha tenido sus casos de fraude y engaño. Entre los más notorios se encuentra el de la fusión fría. En 1989, los científicos Martín Fleischmann y Stanley Pons anunciaron que habían logrado una reacción de fusión nuclear a temperatura ambiente, algo que prometía una fuente de energía prácticamente ilimitada y limpia. Sin embargo, resultó ser un fraude. En 1903, el físico francés René Blondlot afirmó haber descubierto una nueva forma de radiación, los rayos N. Sin embargo, resultó ser un fraude. Entre 1998 y 2002, Jan Hendrik Schön publicó en revistas de prestigio como Nature y Science hallazgos aparentemente revolucionarios sobre semiconductores orgánicos y transistores moleculares. Sin embargo, resultaron ser un fraude. En 1970, Joseph Weber afirmó haber detectado ondas gravitacionales. Resultó ser un fraude.

    ¿Cómo no dudar de la ciencia, cuando sabemos de la persistencia de conceptos erróneos durante siglos, como el caso del éter, o ante casos de fraudes y mentiras, como los de los rayos N o el Hombre de Piltdown? Nuestros más antiguos antepasados nos dejaron una lección muy clara al respecto, y fue la de, simplemente, dudar de todo. Ahora bien, dudar de todo, pero sin descartar el rigor de la lógica y sabiendo identificar qué intereses creados pueden hallarse tras las cosas que nos quieren dar por verdades. Dudar de todo, sí, pero con sentido común.

    Sabemos de los intereses económicos detrás de las investigaciones farmacéuticas y de cómo las grandes compañías a menudo financian investigaciones científicas que pueden beneficiar sus productos y no necesariamente la salud. Sabemos que en el sector de la agricultura y la biotecnología las empresas agroalimentarias han financiado investigaciones sobre organismos genéticamente modificados y pesticidas, a menudo promoviendo estudios que falsean los riesgos para la salud. Sabemos que puede haber presiones políticas que nos lleven por sendas fraudulentas del conocimiento científico, como bajo el régimen de Stalin, cuando la ciencia fue manipulada para apoyar la ideología estatal. La teoría de la genética de Lysenko, que fue promovida por el gobierno, rechazó la genética mendeliana y llevó a un retroceso significativo en la investigación genética en la Unión Soviética. También sabemos que los gobiernos pueden causar el efecto contrario, esto es, forzar tanto la maquinaria como para alcanzar lo que se creía imposible en menos tiempo, como es el caso de la guerra espacial que llevó a los Estados Unidos a poner al hombre en la Luna en un tiempo récord.

    Ahora bien, a parte de los casos de presiones institucionales y de los fraudes por intereses personales de los propios científicos, hay casos que tienen más que ver con el sesgo cognitivo. El ser humano tiende a razonar siguiendo patrones sistemáticos de pensamiento. Estos patrones son el sesgo cognitivo. En la mayoría de los casos, esto nos lleva a tomar decisiones o juicios de manera irracional o errónea basados en factores emocionales, prejuicios o limitaciones en nuestra capacidad para procesar información. Por cuestiones de eficiencia –o de simple pereza–, es decir, por querer obtener los mejores resultados con el menor gasto de energía, los seres humanos empleamos atajos mentales que nuestro cerebro usa para simplificar la toma de decisiones, pero que a menudo nos llevan a conclusiones incorrectas o distorsionadas.

    De todos los tipos de sesgos cognitivos, el de confirmación es el más fuerte de todos. Nos vemos bajo la niebla del sesgo de confirmación cuando tendemos a buscar, interpretar y recordar solo la información que confirme nuestras creencias o hipótesis previas, ignorando o desestimando toda la información que las contradiga. Así pues, si alguien cree firmemente en el terraplanismo es más probable que busque estudios o testimonios que respalden esa creencia, y pasará por alto los estudios científicos que demuestran que la tierra es redonda, e incluso pasará por alto sus propias evidencias empíricas como que desde lo alto de un rascacielos en Nueva York no se pueden ver los rascacielos de otra ciudad. En definitiva, el sesgo cognitivo puede llevarnos a aceptar falacias, mantener creencias erróneas o tomar decisiones que no están basadas en un análisis racional, como es, por ejemplo, el caso de los creacionistas. Y los científicos no están exentos –o no necesariamente.

    En ciencia y medicina los sesgos pueden dificultar la aceptación de nuevas ideas o, por el contrario, pueden promover teorías no comprobadas. Veamos un ejemplo algo simplista, pero de actualidad. En un video viral de un cuervo deslizándose por un tejado nevado usando una tapa a modo de tabla de esquiar, el comentarista lo compara con el caso de una abeja que se entretiene con una pelota de su tamaño y nos explica que eso es, a todas luces y en contra de lo aceptado hasta ahora, un juego. Es decir, se trata de comportamientos que responden al placer de divertirse. Llevamos siglos observando como los animales se entretienen con juegos y, sin embargo, no ha sido hasta ahora que los hemos descrito como comportamientos lúdicos. Hasta ahora, los científicos nos han venido diciendo que esa forma de comportarse formaba parte del proceso de aprendizaje para la supervivencia del animal, un instinto para desarrollar las destrezas que necesitaría como, por ejemplo, para la caza. ¿Por qué? En mi opinión, la respuesta está en el sesgo cognitivo. Aceptar que un animal pueda jugar por el mero placer del entretenimiento –o que pueda crear obras de arte, como en los casos de gatos, pájaros jardineros, elefantes, primates, peces globos japoneses, termitas y abejas– es aceptar que el ser humano no es el único que lo hace; eso entraría en conflicto con la creencia en la superioridad humana como especie. Esa creencia de la superioridad del ser humano deriva de la cultura religiosa. Se trata, pues, de un sesgo cognitivo religioso. En otras palabras, las creencias religiosas de los científicos les impedían describir de manera objetiva lo que veían. Este ejemplo, modesto, insignificante, puede, no obstante, extrapolarse a muchos otros casos.

    A estas alturas, por tanto, ¿qué confianza puedo depositar en mi amada ciencia cuando he de abordar temas como el del cambio climático antropogénico? Sabemos que la industria del carbón y otros intereses económicos han intentado influir en esto, pero no deja de ser cierto que son científicos y no profanos los que han lanzado sus estudios para desmentir la teoría de un cambio climático antropogénico. Entre otros, Fred Singer fue un físico y climatólogo que fundó el Science and Environmental Policy Project, y argumentó que el cambio climático no era causado por actividades humanas y que las emisiones de dióxido de carbono no tenían un impacto significativo en el calentamiento global. Singer fue objeto de controversia debido a los fondos que su organización recibió de grupos con intereses en la industria de los combustibles fósiles. ¡Pero era un científico!

    Richard Lindzen, profesor emérito de meteorología del Instituto de Tecnología de Massachusetts, ha cuestionado la sensibilidad del clima al CO2 y ha criticado al consenso científico. Linsen también ha estado asociado con grupos financiados por la industria del carbón y el petróleo. ¡Pero es un científico! Willie Soon, astrofísico del Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics, ha sostenido que la variación solar juega un papel más importante en el cambio climático que las actividades humanas. Ha sido objeto de críticas y polémicas por recibir financiamiento significativo de la industria de los combustibles fósiles para sus investigaciones. ¡Pero es un científico! Patrick Michaels, climatólogo y antiguo director del Center for the Study of Science, ha minimizado el impacto del cambio climático y ha argumentado que el calentamiento global tiene efectos exagerados. También ha sido vinculado con grupos financiados por intereses de combustibles fósiles. ¡Pero es un científico! Judith Curry, exprofesora y directora del School of arts and Atmospheric Sciences, en el Georgia Institute of Technology, aunque no niega el cambio climático, ha cuestionado la magnitud del impacto humano en el calentamiento global y ha criticado la política y la certidumbre del consenso científico en torno a este tema. A ella no se la relaciona con financiaciones de la industria de los combustibles fósiles, ¡y es una científica! ¿No es, por tanto, lícito creer que tal vez, una vez más, en lo relativo al cambio climático antropogénico, la comunidad científica esté equivocada, como en el caso del éter luminífero? ¿No cabe la posibilidad de que la comunidad científica se esté dejando llevar por un sesgo de confirmación? Y más importante aún, ¿con qué argumentos puedo yo enarbolar ahora la bandera de la ciencia cuando, en mi próxima batalla contra la superstición religiosa, quiera defender la teoría de la evolución frente a los creacionistas? Más aun, ¿qué debo creer en lo relativo a la fiabilidad de las pruebas PCR realizadas durante la pandemia del COVID-19? ¿Cómo defender el uso de mascarillas o de las vacunas contra la COVID-19? Y ¿qué pensar de la pandemia en sí? O, en otro orden de cosas, pero manteniéndome en la más estricta actualidad, ¿qué debo pensar en lo referente a los vehículos eléctricos y al cambio hacia las tecnologías renovables?

    Como docente, como divulgador, y como escritor, siempre me he querido mantener fiel a la verdad, fiel a la información veraz, fiel a la divulgación científica. Pero cuando la verdad se desdibuja con la infoxicación que nubla la capacidad de diferenciar entre las fuentes fiables y las que no lo son; cuando el periodismo actual está más al servicio de los poderes de facto; cuando la divulgación científica se convierte en un arma propagandística; y, más tristemente aún, cuando (…mi madre tenía razón y…) los científicos se me han revelado como seres humanos normales y corrientes, con los mismos sesgos cognitivos, con los mismos intereses particulares y con las mismas ambiciones ególatras que podemos tener los demás, ¿dónde acudimos para buscar la verdad? Dudar de todo es el único remedio.

    Dudar de todo, pero manteniendo un pensamiento crítico. Dudar de todo, pero manteniendo un razonamiento analítico. Dudar de todo, pero manteniendo un juicio reflexivo. Dudar de todo, pero manteniendo un pensamiento lógico. Dudar de todo, pero manteniendo una evaluación crítica. Dudar de todo, pero manteniendo una capacidad de discernimiento. Dudar de todo, pero manteniendo una mentalidad escéptica. Dudar de todo, pero manteniendo una reflexión analítica. Dudar de todo, pero manteniendo un enfoque razonado. Dudar de todo, pero manteniendo un pensamiento independiente. De este modo, finalmente, se llegará a una verdad única; a una verdad particular; a una verdad personal; y si bien puede no tratarse de la verdad universal, al menos tendremos la garantía de que se aleja mucho más que cualquier otra cosa de la mentira.

    Aplicando este sistema, concluyo, pues, que sí hay cambio climático antropogénico, pero no es tanto como nos lo pintan; que sí hubo pandemia, pero no fue para tanto; que sí funcionan las vacunas, las mascarillas y las pruebas PCR, pero no siempre ni en todos los casos ni de manera tan efectiva como para depositar todas nuestras esperanzas en ellas; que si es necesario dejar de fabricar tantos coches de combustión interna, pero que no son tan necesarios ni tan favorables los coches eléctricos… que la verdad siempre se encuentra en un término medio y que nunca es lo que le hace falta a nuestros gobernantes. Ellos necesitan pintar un mundo de blancos y negros, de extremos irreconciliables, de polarización entre opuestos que se repulsan mutuamente –o estás conmigo o estás contra mí. Lo necesitan no para gobernar mejor un país ni para guiarlo hacia el bienestar, sino para vencer victorias personales, ganar campañas electorales, obtener financiaciones privadas que propicien sus proyectos y/o intereses personales y, en definitiva, para alcanzar esa posición socioeconómica que arrogante, egoísta y avariciosamente ansían. El problema, pues, no está en la ciencia; la culpa del caos no la tienen los científicos. La ciencia puede equivocarse en algunas de sus partes y los científicos pueden mentir, pero es su conjunto la ciencia se orienta en la dirección correcta. Al aplicar el método de dudar de todo manteniendo el pensamiento crítico, es cuando descubrimos que el problema no es la ciencia, sino nuestros gobernantes.

La ¿impuesta? grandeza de Shakespeare

¿Y si Shakespeare no fuese tan grande como nos han hecho creer? ¿Y si sus obras no fueran superiores a las de otros autores? ¿Y si, de hecho, fueran, en muchos casos, incluso mediocres, pero que, debido a un “lavado de cerebro” literario –una versión literaria del fenómeno que se da con las religiones más grandes del mundo frente a los cultos y ritos particulares menos importantes– se lo ha logrado posicionar por encima de los demás autores de la literatura mundial? ¿Que por qué digo que Shakespeare está en ese lugar tan selecto y privilegiado de la literatura mundial? Porque lo dicen los números y, como siempre decía mi padre, los números no mienten. Su grandeza, de hecho, se puede medir en números: la cantidad de años que sus libros llevan publicándose; la cantidad de títulos que se han traducido a múltiples lenguas; la cantidad de lenguas a las que se han traducido; la cantidad de libros vendidos a lo largo y ancho del planeta… Su influencia global, en definitiva, es impresionante. Traducciones y adaptaciones: Sus obras se representan en todo el mundo y han inspirado innumerables adaptaciones en diferentes formatos, como la música, el cine, el teatro y la literatura. Inspiraciones en diferentes culturas: los escritores de diferentes culturas se han inspirado en Shakespeare. Por ejemplo, Rabindranath Tagore en la India, Yukio Mishima en Japón y Aimé Césaire en el Caribe han incorporado elementos shakespearianos en sus obras. Movimientos literarios: la obra de Shakespeare ha influido en varios movimientos literarios, incluido el Romanticismo, que apreciaba su profundidad imaginativa y emocional, y el Modernismo, que admiraba sus innovadoras técnicas narrativas. Y ¿qué decir de su legado? El legado perdurable de Shakespeare se puede ver en la forma en que sus obras continúan siendo estudiadas, representadas y referenciadas. Su capacidad para capturar la amplitud de la experiencia humana hace que sus obras sean atemporales y cercanas a audiencias de todo el mundo. Entonces, ¿a qué viene mi propuesta? ¿Cómo me atrevo a decir que podría tratarse de un “lavado de cerebro”? Pues, porque, ¿y si no fuera el único con dichas características? ¿El emperador va desnudo?

    


La historia la escriben los vencedores. Poco o nada sabremos de los vencidos si han sido arrasados, su cultura borrada de la historia y su pueblo exterminado. Este es el caso de Cartago y la cultura cartaginesa. Con estas palabras o unas muy similares comenzó su clase el profesor de Historia prerromana de la Península Ibérica. Seguramente Cartago tuvo grandes poetas, grandes escritores, grandes arquitectos y grandes pensadores y, sí, es una pena que nunca llegaremos a conocerlos, pero ¿invalida eso la grandeza de los pensadores, escritores y arquitectos romanos? ¿Son acaso menos relevantes para la historia Séneca, Cicerón o Julio César porque nunca conoceremos a los homólogos cartagineses? Y el caso es que, desde ese día en la clase del año 1996, vengo dándole vueltas a esta cuestión. ¿Hasta qué punto el poder militar y político de una nación convertida en imperio es la responsable de que sus artistas, escritores y pensadores sean reconocidos históricamente y mundialmente frente a otros que perviven más o menos en el anonimato por pertenecer a naciones y pueblos mucho más pequeños y modestos?

    En mi opinión –modesta, humilde, pero sincera y labrada– hay dos obras que me parecen capitales y superiores a todas las demás con diferencia que son La Celestina de Fernando de Rojas y Las tres hermanas de Chéjov. Estas dos obras, cada una en su época, son, a mi entender, el mejor espejo de la sociedad de su momento que pueda la literatura darnos; ambas son una joya literaria que además representan con una didáctica lírica impecable la naturaleza humana en general y los usos y costumbres de sendas épocas en particular. Y si bien yo no me considero en absoluto un erudito en materia, siempre me sorprendió comprobar cómo rara vez se elogia a alguna de estas dos obras. Además, nunca olvidaré el sentimiento de decepción que me embargó la primera vez que decidí leer las obras del gran dramaturgo inglés. Contaba con la edad de 25 o 26 años y ya había disfrutado enormemente de las obras de Lope de Vega, Moliere y Pirandello, y habida cuenta la enorme reputación de Shakespeare, uno puede hacerse a la idea de las expectativas con las que me adentré en sus letras. Convencido entonces de que se trataba de una deficiencia mía particular o tal vez de un producto más de mi abnegada arrogancia no quise hacerle caso a mi sentimiento de decepción y preferí abrazar la opinión pública generalizada. Pero luego seguí creciendo y seguí leyendo y, lejos de cambiarla, mi opinión sobre Shakespeare solo se reafirmaba. ¿Cómo era esto posible?  ¿Romeo y Julieta? ¡Oh, claro que es una perla de la literatura universal! No seré yo quien lo ponga en duda. Pero ¿no debería ser digno de mención que Shakespeare ni inventó los personajes ni ideó la historia? Se hizo eco de una historia que se venía narrando en Italia y en España desde hacía doscientos años. Pero lo que me parece más inquietante es que se le resta valor al hecho de que Shakespeare escribiera Romeo y Julieta cien años después de que Fernando de Rojas escribiera La Celestina. En efecto, la historia de los amores imposibles de los dos adolescentes de De Rojas es del año 1499; la del dramaturgo inglés es de 1595.  No puedo decir que no me guste Shakespeare. El rey Lear y Mac Beth se hallan entre mis obras de teatro favoritas; Hamlet y Romeo y Julieta son siempre una buena inversión de dinero en una noche de teatro o en el cine. Pero creo que nada tiene que envidiarle Lope de Vega que, si Shakespeare escribió 39 obras de teatro, el Fénix de los ingenios escribió mil quinientas comedias, ¡1.500! –aunque solo se hayan conservado unas 420 comedias y unos 40 autos; que, si el inglés escribió 154 sonetos, Lope de Vega escribió más de tres mil. ¡El emperador va desnudo!

    Para ayudarme a salir de dudas acerca de si Shakespeare está sobrevalorado o no, decidí pedirle ayuda a la inteligencia artificial. Empecé por recopilar datos. ¿Quién es el autor más reconocido e importante de la historia y del mundo? Según los datos actuales, el autor más reconocido del mundo y de la historia es William Shakespeare. ¿Quién es el autor más traducido y vendido del mundo? Esa medalla es para Agatha Christie. ¿Estaremos viendo al emperador a través de los rayos X? Es que, disculpadme, pero me sorprendió que ambos autores fueran británicos y más aún que el segundo fuera alguien de tan poca calidad literaria como lo es la dama del misterio y del asesinato. ¿Dónde están los grandes nombres que yo admiro y reverencio como Poe, Quevedo, Manzoni, Flaubert…?

    Le pregunté entonces a la inteligencia artificial cuáles eran los cinco libros más vendidos de la historia –quitando los libros religiosos o de carácter político como La Biblia, El Corán y El libro rojo de Mao que, por razones evidentes, siempre ocupan los primeros lugares en número de ventas mundiales. La respuesta fue:

  • ocupando el primer lugar, Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes (SPAIN: 12 points)
  • en segundo lugar, Historia de dos ciudades, de Charles Dickens (UK: 10 points)
  • en tercer lugar, El señor de los anillos, de JRR Tolkien (UK: 9 points)
  • en cuarto lugar, El principito, de Antoine de Saint-Exupéry (FRANCE: 8 points)
  • y, en quinto lugar, Harry Potter y la piedra filosofal, de JK Rowling (UK: 7 points)

    El recuento de puntos le da una aplastante victoria al país de Shakespeare. De los cinco puestos, tres los ocupan escritores británicos. Este podio me recordó mucho al de las olimpiadas en el que en el medallero siempre predominará la bandera americana. El país que ostenta el mayor número de medallas olímpicas en la historia es Estados Unidos: han ganado un total de 2.629 medallas (1.061 de oro, 830 de plata y 738 de bronce) a lo largo de todas las ediciones de los Juegos Olímpicos de Verano. Pero a mí esto me ha parecido siempre una mera cuestión matemática que tiene más que ver con el número de atletas que puede proporcionar cada país que con otra cosa; eso sin contar con que, en realidad, no se trata de un país, sino de 50 países compitiendo bajo una misma bandera; sería más lógico si cada estado se presentase por separado y con su propia bandera, ya que muchos de ellos son más grandes que la mayoría de los países que participan, más ricos y más poblados. Pero no nos desviemos del tema y volvamos a la pregunta que me ronda la cabeza desde mi tierna época universitaria y que podría resumirse de la siguiente manera: ¿qué tienen los británicos que no tenemos el resto de las naciones para que su literatura sea lo que es? Y fue entonces cuando me acordé de mi profesor de Historia prerromana de la Península Ibérica y de su famosa sentencia respecto de Cartago. La respuesta me pareció, entonces, evidente: ¡un imperio!

    En mi opinión, es una conclusión interesante y, aunque mi padre siempre me decía que la historia no se escribe con el “y si”, esta reflexión me parece relevante. Creo que, de no haber habido Imperio Británico, ni Shakespeare ni Agatha Christie serían las figuras tan conocidas como son hoy en día en todos los rincones del mundo, ni Historia de dos ciudades de Dickens sería la segunda obra más vendida de la historia –lo creo a pesar de que sea ésta mi obra predilecta. Sin el Imperio Británico, autores de otras culturas habrían tenido una mayor prominencia internacional. Quizá estaríamos hablando de diferentes cánones literarios, más representativos de otras culturas que tuvieron menos alcance por no tener un imperio del mismo poderío. Hagamos, pues, un ejercicio de imaginación. Imaginemos que, en lugar de perder en Waterloo, Napoleón hubiese resultado vencedor. En lugar de Imperio Británico, habría habido Imperio Francés. Su influencia se hubiera expandido y mantenido durante dos siglos, la hegemonía cultural, lingüística y literaria del mundo hoy podría ser muy diferente. El francés, en lugar del inglés, seguiría siendo la lingua franca, lo que habría facilitado la difusión masiva de autores y obras del canon literario francés. Así, Baudelaire y Flaubert serían los nombres icónicos mundialmente conocidos, y las obras de teatro de Molière ocuparían el lugar que ocupan hoy en día las de Shakespeare. Obras francesas clásicas habrían sido enseñadas y celebradas con la misma reverencia global que hoy reciben muchas obras literarias británicas. El peso de la cultura popular, los valores y los ideales habrían estado impregnados de la influencia francesa, desde la moda hasta el pensamiento político, filosófico y artístico.

    Siguiendo con nuestro ejercicio de imaginación, vayamos más atrás en el tiempo e imaginemos que Felipe II no hubiera perdido contra Isabel I y que su Armada hubiese resultado realmente invencible. Imaginemos que, entonces, el Imperio Español hubiera mantenido su hegemonía a lo largo de los siglos. El impacto cultural y literario mundial sería radicalmente distinto. Miguel de Cervantes probablemente sería visto como el gran estandarte literario global, y la influencia de su obra y sus personajes, ya de por sí icónica, habría alcanzado una magnitud todavía mayor. Lope de Vega, con su vastísima producción teatral, habría sido elevado al mismo nivel que se le atribuye a Shakespeare, marcando el teatro y la narrativa global con una impronta profundamente hispánica. El idioma español sería mucho más predominante, quizás llegando a ser la lengua franca en todo el mundo.

    ¿Y si hubiese habido un predominio del Imperio Ruso? En lugar de Dickens y Agatha Christie, serían los nombres de Tolstoi y Dostoievski los que serían más reverenciados en todo el mundo, y Chéjov reemplazaría a la popularidad de Shakespeare.

    Esto, que responde a un razonamiento de lógica aplastante, me lleva a concluir que cualquier nación podría contar con el autor o los autores más grandes y reverenciados de la historia y del mundo de haberse convertido en grandes imperios mundiales. Si una nación pequeña como Rumanía o Líbano (por poner dos ejemplos de países cuya literatura no es precisamente famosa a nivel internacional) se hubieran convertido en un imperio mundial que se expandiera durante siglos, su literatura, autores y cultura habrían sido proyectados con un impacto global masivo. Así, en lugar de Shakespeare y Dickens, estaríamos celebrando a escritores rumanos como Mircea Eliade, Mihai Eminescu o Ion Creangă, o a autores libaneses cuya obra hubiera alcanzado una relevancia internacional gracias a la influencia imperial de sus países. El idioma de esas naciones habría sido extendido, la narrativa literaria y la cultura cotidiana habrían estado permeadas por las historias, mitologías, tradiciones y perspectivas únicas de estos pueblos. Conceptos culturales, formas de ver el mundo y estilos de vida específicos de esas naciones habrían sido la norma en vez de la excepción. Me parece fascinante imaginar cómo, a partir de un cambio histórico así, la literatura de autores aparentemente "locales" podría haber alcanzado un nivel de universalidad. Obras que para nosotros son desconocidas hoy, serían las grandes epopeyas, los dramas existenciales o las comedias con las que generaciones de todo el mundo crecerían.

    Tras esta reflexión, se revelan como auténticas maravillas de la literatura mundial Don Quijote de la Mancha y El principito puesto que a ninguna de ellas se les puede atribuir parte de su éxito mundial e histórico a un impulso imperial. Igual de asombroso es que, si bien desde los inicios del cine, se estima que se han realizado más de 1.800 adaptaciones cinematográficas de las obras de William Shakespeare, siendo la primera de 1899, los siguientes en el ranking sean las del noruego Ibsen y del ruso Chéjov, con alrededor de 100 y 50 adaptaciones cinematográficas respectivamente.

    Por último, se me antoja alucinante que un país pequeñito como Italia, que nunca ha sido una potencia mundial como los grandes imperios de larga duración, lograra producir figuras literarias y culturales de un renombre internacional impresionante. Figuras como Dante, Petrarca, Boccaccio y más tarde figuras como Machiavelli y Leopardi, no solo son ampliamente conocidos, sino que marcaron un antes y un después en la literatura occidental. Además, La Divina Comedia de Dante Alighieri sigue siendo, setecientos años después de haber sido escrita, una de las cumbres de la literatura universal. Esta obra ha sido traducida, editada y estudiada durante siglos, y ha inspirado numerosas versiones y adaptaciones en diferentes formatos artísticos. ¿Cómo, entonces, de una región tan diminuta como Florencia surge una obra de tal calado internacional e histórico sin que haya habido un poder político, militar y económico detrás para impulsar su fama? Es por esto, además de por su calidad literaria, por lo que, personalmente, siempre la consideraré mi obra preferida, cumbre de la literatura mundial, por encima de cualquier otra obra habida y por haber. Termino, pues, dándole las gracias más sinceras y desde lo más profundo de mi corazón a mi padre, de forma póstuma, por haberme inculcado el amor por esta gran obra. Grazie papà.


*Nota al pie: Por suerte para todos, uno no debe elegir para descartar, sino que se puede quedar con todas las obras que quiera. Con este artículo no pretendo insinuar que habría que sustituir a un autor por otro en el ranking de los más grandes del mundo -como se ha sugerido en alguna crítica que he recibido. Shakespeare, sobra decirlo, estará siempre entre los más grandes. La superioridad de un grande frente a otro es lo que cuestiono, así como el motivo de su popularidad o falta de popularidad.

¿Mercado a cualquier precio? La estrategia de expansión comercial agresiva del aceite de oliva

¿Fríes con aceite de oliva? Sí, ¿verdad? Eso es que las grandes corporativas están ganando la batalla frente a la verdad y a expensas de la salud pública. Sé que tienes muchos argumentos a favor de tu tesis en defensa del frito con aceite de oliva y, más aún, que los médicos lo aconsejan y que se lo vemos hacer a diario a nuestros grandes chefs. Aun así, las personas que lo hacen están equivocadas. Es un error. Te voy a explicar por qué.

Hace 26 años publiqué un artículo sobre esto (“Oliva vs Girasol.” El Telégrafo, nº 4, Marzo, 1998), y, por anodino que pudo ser mi artículo, el tema no lo es en absoluto.

Fue al ver al gran chef Dabiz Muñoz preparando una tortilla de patatas en la tele que pensé en que debía volver a abordar este tema. ¿Por qué? Pues porque usó aceite de oliva para freír las patatas primero y para hacer la tortilla de patatas después. Sobra decir que David Muñoz ha ganado reconocimientos tan prestigiosos como las tres estrellas Michelin por su restaurante DiverXO, en Madrid, el Premio Nacional de Gastronomía al Mejor Jefe de Cocina, en 2010, y que, además, su restaurante DiverXO fue nombrado el mejor restaurante de Europa en 2019 por Opinionated About Dining. Estos premios no solo resaltan su creatividad en la alta cocina, sino que lo posicionan en el podio de los mejores chefs del mundo, lugar que la página web The Best Chef Awatrds le ha otorgado consecutivamente en los años 2021, 2022 y 2023.


Quiero dejar claro antes que nada que no pretendo posicionarme en un lugar de conocimientos que no me corresponde ni, por supuesto, por encima del entendimiento de ningún chef. Respeto y admiro enormemente su profesión, y sé que su instrucción es vasta y multidisciplinar. Pero, como apunté en aquel diminuto artículo, mi padre era químico y es la química –y no la política empresarial de las multinacionales– la única que puede tener algo que decir al respecto de la verdad entre lo saludable de un aceite frente a otro.

¿Por qué usa Dabiz Muñoz aceite de oliva para freír? No lo puedo saber, pero me atrevería a aseverar que las respuestas se hallan en el oscuro mundo de la política, en el más oscuro mundo de las estrategias de marketing de las multinacionales, y en el aún más turbio mundo de la propaganda. Vayamos, pues, por partes.

El campo de batalla
En España se estilan tradiciones culinarias que son muy difíciles de desarraigar –como es lógico y como ocurre en todo país– y, una de ellas, es la de usar el aceite de oliva para todas las frituras del hogar. Así, también lo es el de emplearlo en las cocinas de los restaurante y bares que quieran captar la atención de los clientes. Existe en este país la creencia de que es más sano siempre y, por eso, también se lo usa para freír. Y tanto es así que aún hay quienes siguen eligiendo un restaurante frente a otro por el uso del aceite de oliva virgen en sus frituras: Me ocurrió una madrugada de Noche Vieja cuando todos estuvieron de acuerdo en que el mejor chocolate con churros de Madrid se tomaba en el restaurante de P.C. porque se sabía que sus frituras de porras y churros eran en aceite de oliva.

El error de conceptos
Esta creencia deriva del hecho irrefutable (tanto desde un punto de vista químico como desde el de la gastronomía) de que el aceite de oliva virgen extra es más sano que cualquier otro aceite. Pero ahí está la trampa. El aceite de oliva virgen extra no es lo mismo que el aceite de oliva virgen ni que el aceite de oliva. Además, que el aceite de oliva virgen extra sea el más sano de todos no quiere decir que lo sea también cuando se lo usa para freír. El aceite de oliva virgen extra es el más sano de todos en crudo, es decir, para ensaladas, mayonesas, gazpachos, salmorejos, etc. Sin embargo, cuando se lo usa para freír, resulta poco saludable. ¿Por qué? Es aquí donde necesitamos acudir a la química para comprenderlo.
 
La química de los aceites
Cuando se somete un aceite al calor y su temperatura se va elevando, se empiezan a producir cambios en su estructura molecular. Del mismo modo que un pedazo de plástico se derrite y se vuelve negro cuando lo quemamos; del mismo modo que al quemarla, la gasolina se convierte en dióxido de carbono y agua, monóxido de carbono, óxido de hidrógeno y partículas de hollín… elevar a altas temperaturas un aceite es un factor que deteriora su composición química y hace que vayan liberando compuestos tóxicos y radicales libres como las acrilamidas y esteres policíclicos. Ahora bien, cada aceite tiene una resistencia diferente y particular al calor. Al momento en el que un aceite empieza a descomponerse y comienza a liberar esos compuestos tóxicos se lo llama punto de humo. El punto de humo del aceite de oliva virgen extra es mucho más bajo que el punto de humo del aceite de girasol, lo cual quiere decir que es menos sano freír con el primero y más recomendable freír con el segundo.
 
Los puntos de humo
Cuando freímos, elevamos la temperatura de los aceites a más de 200 grados centígrados. Por tanto, nos interesará usar para la fritura un aceite que no se deteriore fácilmente. Hay más de 40 tipos de aceites para el uso culinario que van desde el aceite de aguacate (con un punto de humo de 270 grados) hasta el aceite de girasol sin refinar (con un punto de humo de 107 grados). El aceite de oliva virgen extra tiene un punto de humo de 160 grados, lo que quiere decir que se deteriora muy rápidamente. A la temperatura de 200 grados, el aceite de oliva virgen extra se ha deteriorado tanto que libera acrilamidas y esteres policíclicos que son tóxicos. Por tanto, debemos descartarlo para el uso de fritos. Las alternativas son los aceites que se quemen por encima de los 200 grados para estar seguros. El primero que puede venirnos a la mente es, claro está, el aceite de oliva virgen (NO el virgen extra). Éste tiene un punto de humo de 216 grados. Ahora bien, el aceite de oliva virgen no tiene los antioxidantes que tiene el virgen extra, por tanto, ya no se trata del aceite más sano de todos y, por ende, la pregunta legítima sería: viendo el precio al que se vende en el mercado, ¿merece la pena usarlo, cuando hay alternativas como el aceite de girasol refinado que tiene un punto de humo de más de 230 grados? Eso sin contar con el hecho de que la temperatura de las frituras puede superar los 215 grados, sobre todo en las cocinas industriales, con lo cual, volvemos a toparnos con el problema de la liberación de tóxicos. Otra cosa bien distinta es el aceite de orujo de oliva, que sí se presenta como la solución más saludable, puesto que su punto de humo es de casi 240 grados. No obstante, nos encontramos de nuevo con el mismo dilema del costo, ya que el litro de este tipo de aceite cuesta casi 6 euros, mientras que el de girasol refinado cuesta poco más de 2 euros. ¿Por qué, entonces, no se divulga esto?
 
La propaganda del colesterol
Lo venimos viendo desde los años 80. El nivel de colesterol alto es el gran causante de muertes en el mundo occidental siendo el principal culpable de las enfermedades cardíacas. Desde entonces, nos hemos visto bombardeados con toda una suerte de información (¿propaganda?) que nos ha convencido de que las grasas saturadas son un terrible peligro para la salud, y que el nivel de colesterol en sangre nunca puede superar los 200 mg/Dl. Hasta la saciedad hemos visto el anuncio de Danacol [https://www.danone.es/danacol-reduce-el-colesterol-naturalmente/] en el que se nos insta a no bromear con el asunto. La comunidad médica en peso, así como la farmacéutica, ha adoptado esta visión y nos “vigilan” para que nuestro nivel de colesterol en sangre nunca suba por encima de los 200. Sin embargo, la evidencia científica acerca de lo perjudicial del colesterol en sangre apunta en otra dirección. Uno de los datos científicos más críticos es que el colesterol en sangre no siempre se correlaciona directamente con el colesterol en la dieta y que otros factores, como la inflamación, el estrés oxidativo, y el tipo de partículas de colesterol, podrían jugar un papel más importante en los riesgos cardiovasculares. Investigadores como Uffe Ravnskov y Michel De Lorgeril han publicado trabajos que desafían la visión convencional sobre el colesterol y las grasas saturadas. ¿Por qué, entonces, esta campaña en contra del colesterol?
 
La industria farmacéutica
Son ya varios los científicos que han argumentado que los niveles de colesterol considerados altos podrían haber sido establecidos más bajos de lo necesario por la influencia de las compañías farmacéuticas que producen medicamentos como las estatinas. Algunos expertos, entre otros Ravnskov y De Lorgeril, sostienen que un nivel de colesterol total por encima de 200 no necesariamente representa un riesgo significativo para la salud, y van más allá afirmando que niveles en el rango de 200 a 250 miligramos por decilitro podrían ser perfectamente normales, especialmente en adultos mayores. El problema está en la confusión generada entre colesterol bueno (HDL) y colesterol malo (LDL). Hay estudios muy interesantes (realizados por científicos y médicos, no por periodistas o divulgadores como yo) que plantean que el enfoque en reducir el colesterol está impulsado por la industria alimenticia. Uno de estos estudios es La mentira del colesterol: desmontando engaños, de Walter Harternbach. El doctor Harterbach es médico cirujano especialista en el corazón y va tan lejos como para afirmar que no hay colesterol malo. Es más, en su libro nos explica que la reducción del colesterol es hasta perjudicial para la salud, especialmente para la salud del cerebro. Aporta datos científicos que demuestran que el colesterol, por sí solo, no tiene ninguna influencia en el origen de la arteriosclerosis ni en el del infarto de miocardio. ¿Por qué, entonces, existe la opinión contraria?
 
Business as usual
Estamos hablando de negocios que mueven cientos de miles de millones. Desde empresas farmacéuticas, hasta los propios médicos; desde la industria de los lácteos, hasta los productores de galletas; desde el invento de la margarina hasta el invento del concepto light, son negocios cuyo éxito depende de que la población esté convencida de que hay que consumir alimentos bajos en colesterol y de origen vegetal. Un buen ejemplo de esto es el problema de la mantequilla. En una charla dada por una experta nutricionista tuve que escuchar como se demonizaba a este maravilloso alimento durante más de una hora. Explicó con gran detalle que la mantequilla tiene un punto de humeo bajo, lo que significa que se descompone y produce compuestos tóxicos y radicales libres cuando se calienta demasiado. Además, apuntó que es rica en grasas saturadas lo cual acabará por afectar a la salud cardiovascular. Por eso, concluyó, muchos expertos recomiendan el uso de la margarina. Terminada la presentación me atreví a compartir con ella la siguiente reflexión: si consumar mantequilla es tan nocivo y peligroso, ¿cómo se explica que en Francia lleven siglos usando y abusando de ella y que su población no muestre altos índices de obesidad ni tenga mayores índices de muertes por enfermedades cardiovasculares? Si la mantequilla es tan mala, ¿no debería haberse notado hace tiempo ya en la población francesa? La respuesta que me dio fue que no se lo había planteado nunca. Tan simple y honesta. Sin embargo, no dejaría de demonizar a la mantequilla en lo sucesivo; ni ella, ni ningún otro nutricionista que se precie. Decidí buscar la respuesta yo mismo.
 
La paradoja francesa
Resulta que, a pesar del alto consumo de mantequilla, crema y otros productos grasos, la población francesa ha mantenido tradicionalmente una baja incidencia de enfermedades cardiovasculares. Tan sencillo como eso. Esta es, se me ocurre, la mejor demostración de que los datos sobre la relación entre ciertos tipos de grasas y las enfermedades cardiovasculares están sesgados por factores de mercado. Y esto nos lleva de vuelta al problema del aceite de oliva y el aceite de girasol.
 
Vuelta al campo de batalla de los aceites
La culpa de tanta confusión la tienen las empresas y nadie más que las empresas. Bastará un simple dato para ver a qué me refiero. España es el mayor productor de aceite de oliva con aproximadamente 1.356.411 toneladas por año. El siguiente en la lista es Túnez, con una producción de alrededor de 373.100 toneladas anualmente. Hay un millón de toneladas de distancia entre España y el siguiente mayor productor del mundo de aceite de oliva. Una industria tan imponente no puede permitirse el lujo de reducir sus beneficios anuales.

Resulta interesante notar que desde 1961 hasta 1982 las ventas de aceite de oliva en España, se mantuvieron dentro del rango de 300 mil a 400 mil toneladas anuales. En el resto del mundo, en ese mismo periodo, las ventas se mantuvieron por debajo de las 100 mil toneladas. Sería de esperar, según los defensores del aceite de oliva, que el resto del mundo tuviera una población enferma y poco saludable o que en España los casos de enfermedades cardiovasculares y arterosclerosis fueran mucho menores (pero mucho). Sin embargo, no es así. España, Italia, Francia, Alemania, y Estados Unidos tienen un índice muy semejante de muertes por enfermedades cardiovasculares, siendo Francia (con su mantequilla) el país con el menor índice de todos: 80 casos anuales frente a los más de 100 en España. 

También me resulta significativo notar que a partir de la década de los 80, la venta de aceite de oliva empieza a dispararse: en España, se llegan a superar las 700 mil toneladas de consumo anuales en el año 2000, y en Estados Unidos se produce un increíble incremento hasta superar las 230 mil toneladas anuales. Se trata de un aumento del 133% y del 667% respectivamente. Es cuando menos curioso que estos increíbles aumentos coincidan con la campaña iniciada en los años 80 en contra del colesterol. Más interesante aún es que desde el año 2000 hasta el año 2017 dicha industria sufrió una bajada del 30 por ciento en España. Y, de nuevo, coincidentemente, desde el 2018 hasta ahora, casualmente, hemos visto como vuelve la campaña promocionando "la vida saludable" de los aceites de oliva, el NO al colesterol alto y el rechazo de la mantequilla o del aceite de girasol. ¿Estrategias de expansión comercial agresiva? ¿Prácticas de penetración de mercado a toda costa? Lo dejo ahí.


¿Qué podemos pensar?
Quiero enfatizar que el propósito de este artículo no es en modo alguno ofender ni faltar al respeto a David Muñoz. De hecho, el objeto de este artículo ni siquiera es el de criticar al chef, puesto que estaría muy lejos de mis conocimientos y se excedería de mis competencias como divulgador. El único objetivo de este artículo es el de informar y analizar a la luz de los datos disponibles y nunca con la intención de insinuar acusaciones infundadas o juzgar injustamente. Si alguna expresión pudiera interpretarse de otro modo, deseo aclarar que no era mi intención y que mantengo el mayor respeto hacia Dabiz Muñoz. 

El arte de escribir


El arte de escribir, como cualquier otro arte, puede ser fuente tanto de la mayor sensación de plenitud y felicidad como de la más absoluta frustración y depresión para el autor. Normalmente, la diferencia pende del finísimo hilo de la sentencia de los demás. Digo normalmente porque los hay que no les afecta lo más mínimo la opinión de los demás para ser felices o estar deprimidos. Los hay que escriben para sí mismos, esto es, para satisfacer su propia necesidad y punto, y los hay que escriben para sus lectores, esto es, atendiendo a los gustos y demandas de su público exclusivamente.

En mi opinión, la sensación de plenitud y la felicidad derivan del perfecto compromiso entre el gusto propio y el del lector. Uno ha de serse fiel a sí mismo y disfrutar de lo que hace, por supuesto («El verdadero placer es escribir; ser leído no es más que un consuelo superficial». Virginia Woolf). Sin embargo, para sentirse pleno y feliz del todo es imprescindible recibir cierta aprobación y la estima de los lectores («El hombre que escribe oscuro no puede hacerse ilusiones: o se engaña, o trata de engañar a los demás». Stendhal). No quiero decir con ello que un escritor ha de sucumbir irreductiblemente a las exigencias de su público, pero sí que creo que es este un factor determinante en cierta medida.

No cabe duda de que muchos somos los escritores que bebemos de fuentes antiguas y está claro que las más grandes obras de la literatura están ahí para nuestro deleite y estudio. Sin embargo, rara vez un escritor de ahora buscará recursos estilísticos en El Quijote o en El lazarillo de Tormes. Ni siquiera las grandes obras de los siglos XIX y XX pueden servir ya de modelos a seguir. La pulcrísima narrativa de Tolstoi y de Flaubert, o la perfección léxica de Dickens y de Pérez Galdós, por poner solo cuatro ejemplos entre los centenares que iluminan el cielo de las estrellas literarias, son y serán siempre hitos en la literatura universal. Pero esa era una literatura producida por y para las personas que disponían de algo de lo que hoy muy pocos disponen ya: tiempo. Y no me refiero al tiempo libre, sino al tiempo para deleitarse con la lectura. Hoy en día, incluso los que disponen de tiempo libre no tienen todo el tiempo que les gustaría tener para poder leer todo lo que les gustaría leer. Eso nos ha obligado a modificar los hábitos, especialmente los de la lectura. En el pasado, los lectores podían dedicarle tardes enteras a una obra, repasando líneas, revisando el estilo o simplemente dejándose seducir por el uso que el autor hacía del lenguaje. Era esta, de hecho, una actividad que en muchas ocasiones se realizaba en familia o en grupo. Hoy buscamos información y disfrute inmediatos y, generalmente, de manera individual. Por tanto, los lectores hoy buscarán en las obras cosas muy distintas de las que se buscaban entonces. Es esto lo que realmente ha terminado por darle un carácter nuevo y diferente a la literatura del siglo XXI.

El escritor que quiera buscar ese matrimonio entre su proceso creativo y a quienes va dirigido su arte deberá tener en cuenta estas apreciaciones. Aun a riesgo de resultar demasiado reduccionista, he condensado estas preferencias de los lectores actuales en seis puntos:
1. Poca descripción. A un lector de hoy en día le es mucho más accesible la información de lo que les fuera a nuestros antepasados y, por término general, ha estado más expuesto a estímulos visuales, por lo que le bastará con los detalles más distintivos, aquellos que sean más imprescindibles, para hacerse con una imagen mental, de lo que se describe.
2. Frases cortas. Tal vez por influencia del mundo inglés, los lectores no disfrutan de las grandes parrafadas llenas de subordinadas unas dentro de la otra. No hay tiempo para eso.
3. Diálogo antes que narración. El lector preferirá conocer la personalidad de un personaje a través de lo que dice y de cómo lo dice antes que leyendo párrafos acerca de su psicología y emociones.
4. Lenguaje común. Esto no quiere decir que el lector de ahora quiere que se le trate como a un tonto, pero sí que preferirá no tener que acudir al diccionario cada dos o tras frases. Además, por norma general, prefiere leer un lenguaje con el que se pueda sentir identificado.
5. Uso de adjetivos sencillos pero evocadores. Es importante que el lector sea capaz de sentir lo que está leyendo y, para eso, nada mejor que un buen uso de los adjetivos.
6. Explicaciones enciclopédicas. Debido a la urgencia endémica de los tiempos que corren, el lector agradecerá que en el poco tiempo que le pueda llevar leer una obra, ésta, además de entretenerle, le aporte conocimientos nuevos.

En resumen, hoy prima la imagen sobre el lenguaje. De hecho, podrían sintetizarse estos seis puntos en la idea originada por un publicista del siglo XX de que una imagen vale más que mil palabras. Y así, como predijo Edgar Allan Poe, los autores de las grandes obras de finales del siglo XX y principios del siglo XXI son capaces de contar grandes historias, manteniéndose alejados de los estilismos del pasado, creando obras que resultan muy visuales. Lo que está aún por ver es si el efecto tan beneficioso para el cerebro que produce la lectura de aquellos es el mismo que el de la lectura de las obras actuales.

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