Vamos a hablar de posverdad. La RAE la define así: f. Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. La Wikipedia le dedica un largo artículo en el que menciona su origen y desarrollo y explica que el término posverdad fue popularizado por las obras de los periodistas que escribieron libros que analizaban la situación sociopolítica del momento, especialmente tras las primeras elecciones de Donald Trump, en EE.UU., el Brexit, en el Reino Unido y tras las declaraciones falsas de G.W. Bush en relación a los atentados del 11S. Y todo ello está muy bien; pero yo, que me caracterizo por ser de los que quieren las cosas claras y el chocolate espeso, antes que posverdad prefiero hablar de bulos.
La palabra bulo, además, es muy antigua, y los bulos, lo sabemos, existen desde que los seres humanos nos establecimos en sociedades civilizadas. Tucídides, el gran historiador griego y padre de la politología, hace más de dos mil años dijo: “Los seres humanos prefieren, en vez de buscar la verdad, lo cual les es indiferente, adoptar opiniones que les vienen dadas”. Esta cita la recoge Marc Bloch en su artículo Metodología Histórica, y la acompaña del siguiente comentario: “La verificación necesita un esfuerzo, mientras que el simple hecho de creer no”.
Y aunque la posverdad puede que sea un fenómeno que haga referencia a la actualidad, la condición humana es la que es y ha sido siempre más o menos la misma. Steven Pinker, en su obra En defensa de la ilustración, nos dice al respecto: "No estamos en una era de la posverdad. La mendacidad, el ensombreciendo de la verdad, las teorías de la conspiración, los engaños populares extraordinarios y los delirios multitudinarios son tan viejos como nuestra especie, pero también lo es la convicción de que ciertas ideas son correctas y otras son incorrectas. La misma década que ha visto el ascenso del embustero Trump y sus seguidores incapaces de distinguir la realidad de la ficción, ha sido testigo del surgimiento de una nueva ética de comprobación de los hechos. Esta ética nos habría prestado un buen servicio en las décadas precedentes, cuando los falsos rumores provocaban con frecuencia pogromos, disturbios, linchamientos y guerras".
El problema es, en mi opinión, simple y llanamente, el desconocimiento unido a la pereza que da el conocimiento. Saber, estar informados, cotejar datos, contrastar fuentes y reflexionar de forma crítica sobre las narrativas al uso suponen demasiado trabajo, demasiado esfuerzo, demasiado tiempo. El ser humano, en todas las épocas, ha tenido demasiado trabajo, ha estado demasiado cansado y no ha tenido tiempo como para vacunarse contra los bulos. Volviendo a citar a Marc Bloch, historiador que escribió a principios del siglo XX sobre esta cuestión, nos pone de manifiesto que sus contemporáneos no eran distintos a nosotros en cuanto a esto de los bulos. En su artículo Reflexiones de un historiador acerca de los bulos surgidos durante la guerra, publicado en 1921, explica ampliamente el fenómeno de creación y difusión de la mentira hecha noticia, y nos dice: “El error solo se propaga, solo se amplifica, como consecuencia de una condición: que encuentre un caldo de cultivo favorable en la sociedad por la que se difunde. A través de él, y de modo totalmente inconsciente, los hombres expresan sus prejuicios, sus odios, sus lamentos, todas sus emociones fuertes”, y más adelante nos dice: “el bulo es el espejo en que la conciencia colectiva contempla sus propios rasgos”. Es Pinker, de nuevo, en su obra citada, quien explica, sin rodeos, a qué se debe esta máxima de Bloch sobre el bulo y se debe, ni más ni menos, que a la propia naturaleza humana. “Las personas son por naturaleza analfabetas e incompetentes en el cálculo; cuantifican el mundo contando 🙶uno, dos, muchos🙷 y con burdas estimaciones. Entienden las cosas físicas como dotadas de esencias ocultas que obedecen las leyes de la magia simpática o el vudú más que de la física y la biología [...]. Creen que las palabras y los pensamientos pueden influir en el mundo físico mediante las plegarias y las maldiciones. Subestiman la prevalencia de las coincidencias. Generalizan a partir de muestras insignificantes, especialmente de su propia experiencia, y razonan mediante estereotipos proyectando las características típicas de un grupo sobre cualquier individuo perteneciente a él. Infieren la causación a partir de la correlación. Piensan holísticamente, en blanco y negro, y físicamente, tratando las redes abstractas como cosas concretas. No son tanto científicos intuitivos cuanto abogados y políticos intuitivos, que presentan las evidencias que confirman sus convicciones al tiempo que desestiman aquellas que las contradicen. Sobreestiman su propio conocimiento, entendimiento, rectitud, competencia y suerte”.
No es de extrañar, pues, que los bulos, no solo campen a sus anchas entre nuestros entrecomillados conocimientos, sino que sean creados con tanta profusión. Marc Bloch nos explica que “todo bulo nace siempre como consecuencia de representaciones colectivas preexistentes a su propio nacimiento; el bulo solo es fortuito en apariencia o, más precisamente, todo lo que en él hay de fortuito se limita exclusivamente al incidente inicial, cualquiera que éste haya sido, que ponen en funcionamiento a la imaginación; sin embargo, esta puesta en marcha solo tiene lugar debido a que la imaginación ya había sido previamente dispuesta, de modo firme y callado, para ello”.
Nuestra naturaleza es, pues, la que se halla detrás de la creación de bulos y la fantasía es su herramienta. Cuanto más ingenioso sea su artífice, más creíble resultará el bulo y más se propagará, pero, eso sí, siempre y cuando refleje el sentir común de la comunidad, tanto en simpatía como en antipatía.
Posverdad, por tanto, es el nuevo término para definir a una sociedad que abraza los bulos, se recrea en ellos y los difunde sin contemplaciones. Pero no, no se trata de algo nuevo. Lo que sí está pintando un panorama distinto es la inmediatez y la inmensa difusión que reciben los bulos debido a las RRSS. Esta inmediatez e inmensa difusión produce desinformación masiva, o, lo que es lo mismo, infoxicación.
Imaginemos que queremos cocinar un pastel de posverdad. ¿Qué ingredientes necesitaríamos? En primer lugar, es importante señalar que sus ingredientes son de dos tipos, los de exceso y los de carencia.
Los ingredientes de exceso son:
1 cucharada de vanidad (muchos hablan de narcisismo, pero a
mi me gusta más hablar de vanidad)
1 cucharada de instinto básico (o emociones a flor de piel)
1 cucharada de hiper susceptibilidad
2 cucharaditas de pereza intelectual
Una pizca de arrogancia
Una pizca de ingenuidad (la creencia en que cualquier cosa
es posible, incluso la magia, es un ingrediente que le dará un toque especial)
3 cucharadas colmadas de ignorancia (de esto hay que ponerle
en abundancia)
Una pizca de espíritu de crítica (que contrarrestará el
ingrediente de carencia de juicio crítico) y, por último
mentiras, muchas mentiras, cuantas más le añadamos a nuestro pastel, más grande crecerá.
En cuanto a los ingredientes de carencia, son tan
importantes como los de exceso, pues será esta carencia la que le dé mayor
fuerza a los anteriores y permitirá que el pastel crezca y se haga esponjoso.
Necesitaremos,
1 cucharada de falta de sentido común (esto es básico, pues sin esta carencia el bollo entero se nos vendrá abajo)
1 cucharadita de carencia de integridad política
Una pizca de neopositivismo (cuidado aquí, advertencia a los jóvenes, no se trata del ingrediente que hace que todo lo veamos de manera positiva, sino de destacar la importancia del análisis del lenguaje y de la metodología científica; tiene que haber una carencia total de este ingrediente o de lo contrario, de nuevo, el pastel se nos viene abajo)
3 cucharadas de falta de juicio crítico (es este ingrediente, como decía más arriba, el que contrarresta el exceso de espíritu de crítica, porque si el pastel de la posverdad crece es debido, en gran parte, a ese exceso de espíritu de enfrentamiento a lo establecido y a los hechos, a la verdad.
Se comprenderá por qué si al pastel le echásemos la levadura del juicio crítico, todo ese espíritu se desinflaría por el proceso de fermentación del propio razonamiento. Así que, a la posverdad hay que echarle mucho espíritu y poco juicio. Y con esto terminamos la lista de los ingredientes.
Ahora bien, para que un pastel se cocine adecuadamente es necesario tener un buen horno y, tal vez, el escenario de la pandemia de la COVID19 fuera uno de los mejores. Era un momento en el que mantener la mente fría y la calma era imprescindible y, sin embargo, hubo periodistas que se dedicaron a alterar los hechos, inoculando, además, el terror y la histeria colectiva. En ese horno pandémico, el pastel de la posverdad se hizo bien grande, esponjoso y apetitoso –tanto que, quien más y quien menos, todos mordimos un pedacito para nosotros.
Los que operan el horno, subiendo la temperatura para alcanzar la más adecuada para la fermentación del pastel son los periodistas y los políticos. De nuevo Pinker a este respecto nos propone una descripción precisa y perspicaz, y es que tanto la política como la prensa son ajenas al método científico, por lo que con sus mensajes dejan a la sociedad inmersa en una laguna en la que “las preguntas con consecuencias extraordinarias para la vida y la muerte se responden mediante métodos que sabemos que conducen al error, tales como las anécdotas, los titulares, la retórica y la opinión de la persona mejor pagada”.
El periodista, a diferencia del científico, no busca la verdad sino el sensacionalismo. A mí me gusta dividir el sensacionalismo en dos grandes grupos, a saber, el de cuentos de hadas y el de cuentos de brujas. El primero, el de cuentos de hadas, son las noticias que hacen referencia a las bodas –o divorcios–, nacimiento de hijos, infidelidades, etc. de los famosos y miembros de las familias reales, así como avances tecnológicos sorprendentes. Son el sensacionalismo feliz. Por otro lado, el de cuentos de brujas es el tipo de noticia tremendista. Pinker nos dice que: “Sea cierto o no que el mundo esté empeorando, la naturaleza de las noticias interactuará con la naturaleza de la cognición para hacernos pensar que lo es”. A este fenómeno se lo conoce como heurística de disponibilidad, concepto que le debemos a los psicólogos Kahneman y Tversky. Se refiere concretamente al hecho de que tenemos un sentimiento triste acerca del mundo que se manifiesta de un modo catastrofista (el gusto por la distopía es una de sus facetas). Pinker nos señala que, aunque los accidentes de coches son por cientos de miles mucho más frecuentes que los accidentes de avión, casi nadie tiene miedo al coche y millones tienen miedo a volar; aunque el asma mate a más de 4 mil personas al año solo en EE.UU. y los tornados a menos de 50, consideramos más grave el tornado que el asma. Y los periodistas se aprovechan de esto. Ellos convierten en súper noticias los accidentes de aviones, pero no a los de coches; en sensación informativa a los tornados, pero no al asma. Las noticias hablan de las cosas que van mal, y aunque la mayoría de las cosas vayan bien, mientras haya una sola que vaya mal, los noticieros llenarán sus titulares de esa información negativa. Los periodistas no trabajan para reportarle al mundo las cosas que van bien sino para todo lo contrario.
Esto nos coloca ante un dilema: ¿Qué ocurre cuando no hay suficiente cantidad de cuentos de brujas o los que hay no son lo suficientemente impactantes? Es en estos casos cuando los periodistas, al igual que los políticos, cogen los datos y los manejan a su antojo, cortando y pegando la información, descontextualizando los hechos para así crear el escenario que necesitan, el escenario que les conviene.
Vale la pena hacer un pequeño paréntesis para hablar un poco más del pesimismo colectivo, un ingrediente que no he mencionado en la lista de ingredientes porque se trata de un aromatizador y no es indispensable. Ahora que, ¡sabemos bien lo importante que es el aroma para cualquier bizcocho que se precie!
El pesimismo colectivo se podría resumir en la sentencia milenaria de que todo tiempo pasado fue mejor. Se trata del convencimiento absoluto de que todo o casi todo va peor que antes, hasta el punto de que las risotadas saltan en cuanto a alguien se lo oye decir que las cosas van a ir mejor. En la obra En defensa de la ilustración, a la que ya hemos hecho referencia, Pinker lo explica con todo lujo de detalles, datos y gráficos, y es por ello una lectura obligada para toda persona que quiera estar preparada y ser crítica ante el mundo que nos rodea. Este autor nos muestra que la psicología ha demostrado que el deseo por lo bueno no es tan grande ni tan fuerte como el miedo a lo malo. Baumeister y Bratslavsky, entre otros, son los científicos que han desarrollado estas conclusiones. Lo malo es más fuerte que lo bueno. La preocupación por las pérdidas es más grande que el deseo de las ganancias, y nos sentimos siempre mucho más tristes por las cosas malas de lo que nos sentiremos bien por las cosas buenas. Es parte de la condición humana. Vean esto: Amabile, en 1983, demostró que, entre dos críticos, uno que ponga verde a un libro y otro que lo elogie, el primero será percibido por el público como mucho más serio y veraz que el segundo. Si lo destripa, es que sabe lo que dice; si lo alaba, es que quiere vendernos algo y no merece ni que lo escuchemos. Fíjense en este dato que nos proporciona Pinker: entre el año 2003 y el 2016 se publicaron decenas de libros sobre el progreso del mundo y un esperanzador futuro, escritos por eminentes científicos y pensadores y, sin embargo, los premios Pulitzer se entregaron a 4 libros sobre genocidio, a 3 sobre el terrorismo, a 2 sobre el cáncer, a otros 2 libros sobre el racismo y a 1 sobre la extinción.
Es lo que alimenta a las noticias, es de lo que viven los periodistas, y es lo que nos hacen fagocitar a las personas, aprovechándose de que nuestra naturaleza tenderá a esto: si hay sangre, sexo o morbo, venderá.
En cuanto a los políticos, calaña de la peor clase, además de aprovecharse como carroñeros de esta naturaleza catastrofista del ser humano –uno de sus mayores defectos–, en lugar de enseñar y educar a la sociedad, se inventa las noticias para hacerlas más favorables a su campaña electoral. El sistema democrático es, sin duda, el mejor sistema que ha desarrollado el ser humano para gobernar sus sociedades, y no seré yo quien lo ponga en duda. Pero desde luego no es un sistema perfecto ni anda escaso de defectos. De todos ellos, el peor defecto de los gobiernos democráticos son sus políticos. El diseño mismo del parlamento es el que hace aguas por todas partes y necesitaría, para empezar, de un buen filtro para evitar que cualquiera pueda sentarse en un escaño, y de una válvula de escape para evitar que estalle desde dentro y así no repetir casos como el de Mussoloni, por ejemplo. Pero otro gran fracaso del sistema parlamentario es el hecho de que reúne a personas de diferentes andaduras, con diferentes gustos y muy distinta preparación para resolver situaciones que en la mayoría de los casos ni han vivido ni conocerán jamás. Y eso no sería un problema si los informes que recibiesen no estuvieran sesgados por los colores partidistas, intenciones electoralistas e intereses privados y particulares de los mismos políticos.
Volviendo a nuestro pastel de la posverdad, cuando la mezcla entra en el horno –y siempre que lo hayamos preparado todo correctamente– es cuando esos cuentos de brujas se transforman en cientos de millones de mensajes de WhatsApp, Twitter o Facebook y ya las personas no somos capaces de distinguir entre lo que es real y lo que no lo es.
El pastel de la posverdad se presenta en múltiples sabores. Está el pastel Nopisamoslaluna, que es uno de mis favoritos, en el que el ingrediente de la expresión crítica le da gran textura y le aporta un aroma único; el pastel Vacunasautismo que, junto al Tierraplana, aunque no de mi gusto, son todo un éxito y reciben el cuerpo de pastosa esponjosidad gracias al ingrediente de la ignorancia. No hay que olvidarse de los pasteles Meofende y el Meidentifico que son, posiblemente, los que más de moda estén ahora mismo, y sus ingredientes estrella son la hiper susceptibilidad y la pereza intelectual.
Los lectores de este artículo de este mi humilde blog que
hayan llegado hasta aquí se sentirán, digo yo, bastante desesperanzados ante
este espectáculo del mundo que no dista mucho del que tantos y tantos autores
nos han descrito en sus novelas y obras de ficción. ¿Tiene remedio esto? ¿Hay
una solución? La respuesta es sí. Un sí rotundo. Saber saber y saberse
ignorante son las claves. En particular, y esto lo opino desde que era un
alumno de secundaria, el conocimiento de la historia, y más que el conocimiento
de los datos históricos su estudio, es el antídoto contra la posverdad, contra
los bulos. Vuelvo a Steven Pinker y su obra En defensa de la ilustración: “Ser
conscientes de nuestro país y de su historia, de la diversidad de costumbres y
creencias a lo largo y ancho del planeta y a través de las épocas, de los
errores garrafales y los triunfos de las civilizaciones pasadas, de los
microcosmos de las células y los átomos y los macrocosmos de los planetas y las
galaxias, de la realidad etérea del número, la lógica y el patrón: todo esto
nos eleva verdaderamente a un plano superior de la conciencia. Constituye un
don de la pertenencia a una especie inteligente con una larga historia”. Y
quiero dejar a los lectores de este mi humilde blog con esta reflexión con la
que terminó Marc Bloch su discurso en la Entrega solemne de Premios del Liceo
de Amiens, en el curso escolar de 1913-1914: “El individuo prevenido, que
conoce la extrañeza de los testimonios exactos, está menos dispuesto que el
ignorante a acusar de mentiroso al amigo que se equivoca. Y el día en que, en
público, ustedes tengan que tomar parte en cualquier gran debate, ya se trate
de someter a nuevo examen una causa juzgada con excesiva rapidez o debo votar
por un individuo o por una idea, no olviden nunca el método histórico. Es una
de las vías que conducen a la verdad”.